MANILA*. Dos cartas de amor

por Fernando Marañón - Manila



narrativa4.jpg


Jamás una lágrima emborronará 
un correo electrónico
Saramago.


Primera carta:


            “Querido Robert.

            Manila nombra el color de un papel de carta que ha dejado de escribirse hace mucho tiempo, tanto como el que pasó sobre esas viejas fotografías de ciudad en las que el negro ya es sepia y el blanco ya es manila. Pero tú bien sabes que les tengo apego a ciertos rituales en desuso: traiciono sólo por amor, quemo mis papeles en lugar de triturarlos, enciendo los cigarrillos con fósforo y escribo cartas en Manila.
            Manila es a nuestro recuerdo forjado en la plata del viejo cine lo que la India en la memoria technicolor de los ingleses: el paraíso caluroso y detenido de los privilegiados que añoran por pura pose la metrópoli. Hombres de traje blanco (tirando a color manila) y cuello duro y bigotes frondosos y mujeres vestidas como las pioneras del tenis, que beben té aunque el negocio es el tabaco. Pequeños sirvientes atezados que visten como camareros de café, pero con la elegancia de un tigre dormido; sirvientes a los que dirigirse ante los invitados con el tono reservado a la autoridad paterna (cuando aquella era autoridad). Palacios coloniales y hermosos bungalows con grandes porches de madera desde los que uno puede ver llegar al amigo de Europa, apoyado en la baranda y con la pipa colgando de los labios (El amigo trae siempre tres mandados: cazar la fauna autóctona, agarrarse unas fiebres y gozar a tu mujer).
            La Manila soñada de los años treinta, nostalgia de velada aristocrática con un fondo sonoro de trópico selvático, Manila de papel viejo y estudios de la Universal.
            Ventiladores lentos, recepciones de hotel llenas de espías que leen el periódico y que saben doblarlo como nadie; palmeras y pamelas, mosquiteros e insomnios, hermosas pantorrillas europeas a la vista cuando el tobillo era aún la máxima aspiración de los mirones; isleñas bronceadas, con una orquídea encima de la oreja, que bailan a la luna de la playa la misma jota asiática que el director artístico de Hollywood impone a todas las indígenas de los mares del Sur; azotes del monzón (o lluvia equivalente) que se desencadenan con el drama o para el beso. Manila oculta, Manila en fuga.
            Llegué por el Pasig en una barcaza remota, engañado por el ruido aventurero de su viejo motor y comprendí de golpe que, aunque Heráclito jure que nadie se baña dos veces en el mismo río, en Manila sólo el río sigue siendo el mismo. La leyenda va enterrándose en hormigón y anuncios luminosos, tantos como zapatos tuvo Imelda. Apenas quedan barrios donde toparse con personajes de Melville o para Gary Cooper. Si acaso un puñado de calles que parecen conservadas para una escena exótica de James Bond. Y algún hotel añejo que agoniza a la espera del inversor americano o de la escavadora.
            He bebido despacio toda la tarde, en una de sus habitaciones, evocando aquel tiempo de sueños, cuando pensábamos recorrer el mundo con un baúl lleno de smokings y un revólver, enamorándonos de la misma mujer en cada puerto del Mar de la China. La vida era entonces -todavía- un plan novelesco de eterna juventud. Fue antes de que consiguieras ese cargo excelente en un banco y Helena se casara contigo y yo me marchara y fueseis infelices y tú buscases la rebeldía perdida en los brazos de una actriz de teatro alternativo. Antes de que empezases a enviarme dinero con el que invitar a tu mujer a algunas escalas de mis viajes, para poder entretanto disfrutar de tu amante en algún refugio de montaña idílicamente caro. Antes de que nos hiciésemos mayores también por carta.
            Cada vez resulta más difícil convencer a tu mujer de que estas separaciones esporádicas a las que la incitamos os convienen a los dos y refrescan vuestra relación inútil. Que mi ausencia, enmendada por sus visitas, y el hecho de contarme cómo os van las cosas me convierte en vuestro mejor vínculo y a ella en el único entre tú y yo. Conseguir que se crea que esta fórmula nos hace bien a los tres, a vuestra indiferencia y a mi desarraigo. No creo sin embargo que sospeche el motivo real de mis invitaciones. Acaso lo que piensa es que la amo y aunque no solicite sus favores (o precisamente por eso) esta falsa aventura la estimula lo justo para coger aviones y dejarte a tus anchas.
            De lo que si estoy seguro por completo es que tiene mejor cartel la traición en Manila. Que Manila, por mucho que te la desmitifique, me confiere a tus ojos un cierto hálito romántico, aunque me pagues. Las primeras impresiones de una ciudad, más aún cuando son fruto de la recreación personal a partir de ficciones ajenas, no se marchitan como el recuerdo verídico. Y tienes razón. También yo me siento de una casta más audaz aquí, en las Filipinas, que acompañando a tu mujer de tiendas por Madrid. Siempre fuimos demasiado mitómanos, pero tu renuncia y mi decisión de partir en busca de la Aventura , me han ido convirtiendo ante tus ojos en parte de ese mito y quizá por eso me financies la complicidad en tu adulterio. Nuestros héroes dejan de serlo cuando sabemos que se han vendido.
            Querido Robert, nunca he necesitado tu dinero para viajar desde que dejamos de ir al cine y pagabas tú las entradas. Te ayudo porque, desde aquí, también tú encarnas otro de nuestros mitos. Te veo como a un Gran Gatsby, como si fueses el último magnate o, simplemente, el único que conozco. Así que disfruta de tu actriz, que imagino parecida a la que querías amar como un bohemio antes de casarte con la hija del banquero; hazle el amor frente a la chimenea y las copas de brandy y prométele que vas a divorciarte. Yo me ocupo de la tercera en discordia de mil amores. Hoy en Manila, mañana en otra ciudad fantasma de nuestra memoria.
            Ahora sé cual es el momento exacto en que la juventud queda zanjada. Cuando dejamos de envidiar la vida de los otros.

           

            Un abrazo de tu amigo


Manila, a diez del corriente
de Mil novecientos noventa y...”


Segunda carta:


            “Querida Helena.
            ¡Reúnete conmigo en Manila!
            Aquí todavía puede oírse el zumbido de las palmeras y el calor es tan intenso que hay que dormir desnudos y aún así no se puede. Cuando regreses laxa y ojerosa, después de amarnos todo lo posible, podrás decir que contrajiste unas fiebres y en cierto modo no será mentira.
            Manila conserva encantos suficientes, como una mujer hermosa a los cuarenta. He encontrado un hotel que aún tiene el aire de las viejas películas amadas. Sube hasta la ventana olor de especias y el ruido de un mercado callejero que resiste a los centros comerciales. ¡Coge el primer avión a Filipinas! Ya he convencido a Robert de que os vendrá muy bien dejar de veros por unos pocos días y él sabe que estos viajes te alivian las tensiones de la vida ordenada. Debo de parecer tu masajista, aunque él no sospecha hasta qué punto.
            No se para a pensar. Si así lo hiciera, comprendería por fin que cada viaje que él mismo te propone y que a menudo cree idea suya, va siempre precedido por tus cambios de humor premeditados y de una carta mía demasiado oportuna. Somos unos canallas, desde luego, pero tú y yo sabemos que la mala conciencia enardece no poco. Y también que en Manila sabe mucho mejor el adulterio.
            Te espero, bella Helena, y te anticipo besos y sudores mientras desgarras nuestro mosquitero con uñas ciegas y recién pintadas.
            Con mi amor intacto


Manila, a diez del corriente
de Mil novecientos noventa y...


*Relato perteneciente al libro inédito: Ciudades en tinta china