
La pelirroja me ha llamado esta noche. Media hora hablando. Le gusto, estoy convencido.
Era lo único interesante que había sacado de la larga tarea de ordenar el desván, un trabajo tedioso que le llevó casi todo el domingo. Lo cierto es que era necesario después de tantos años amontonando cajas, papeles y trastos. El descubrimiento fue una sorpresa muy agradable. Recordaba vagamente haber escrito un diario poco antes de los dieciocho, pero suponía que se perdió en casa de sus padres.
Nada me sale bien. Me gustaría estar muerto.
De esa época tan difícil había olvidado muchos detalles. Conforme leía las páginas brotaban recuerdos dulces y amargos al mismo ritmo desconcertado con que se expresaba el adolescente. Pasajes envueltos por la tristeza, soplos de alegría, sueños ingenuos, ecos de un ánimo enfermo de confusión. No encontraba un termino medio, se alternaban la euforia y la desesperanza, se sucedían arrebatos de júbilo y depresiones alarmantes por asuntos que ahora parecían nimios o ridículos. Al lector, antes autor, se le borró pronto la sonrisa compasiva, y terminó llenándole una sensación de melancolía que ya no le abandonó hasta la última hoja.
Muchas líneas parecían pertenecer a una carta en la que sin expresarlo se suplicaba respuesta. ¿Para qué se escribe un diario?, se preguntó. ¿Qué finalidad tiene abrirse el corazón y describirlo, expresar sentimientos íntimos, sueños y frustraciones si no hay más lector que uno mismo? Uno mismo transformado por el tiempo, por diez, veinte o treinta años, y a veces como en este caso sin voluntad expresa de serlo, empujado por un accidente o una ocurrencia, cuando se ordena un desván o se limpian unos cajones. El lector lee a un desconocido que va reconociendo poco a poco mientras ríe o siente lástima. A una distancia segura en el tiempo, a salvo ya en otro presente mucho más confortable, siente cierta culpa por tamaña superioridad. Todo se ve claro, como ahora, nítido, caminos rectos evidentes entre un laberinto de sendas llenas de curvas y retrocesos, agujeros que el mayor de los ciegos hubiera evitado, oasis que utilizó solo para mojarse los pies o por los que pasó de largo mientras atravesaba desiertos que le cuarteaban el alma. Y por desgracia ese conocimiento, esa sabiduría, ya no eran de ningún valor para quien escribió.
El diario comenzaba a finales de un verano y se detenía con brusquedad en una primavera dos años más tarde, dejando aún por delante muchas hojas en blanco. No recordaba porqué lo abandonó. Tal vez el cuaderno se perdiera y le disgustara continuar en otro nuevo, o terminara por aburrirle la disciplina que exige una obra como ésta. El lector volvió unas páginas hacia atrás porque le habían llamado la atención unos párrafos que escribió en la última nochevieja. En una síntesis de todo lo que aparecía hasta entonces hacía revisión del año, resumía los acontecimientos agradables y los que le disgustaron, y al final exponía sus preocupaciones y sus deseos para el siguiente. Cuántas cosas hubieran cambiado en tu vida, pensó ahora, si esa noche preclara un alma amiga te hubiera dado unos buenos consejos.
¿Para quién se escriben los diarios? Para uno mismo, en un futuro cercano o tardío. ¿Tardío? Siempre será tarde, el autor nunca escuchará la opinión de quien lee. Todo hubiera sido distinto si la noche siguiente aquel joven hubiera podido encontrarse con lo que ahora se disponía a escribir en la media hoja que quedó en blanco ese día.
Olvida a esa chica, deja de perder tiempo y sufrir, se volverá inaguantable. Se casará con un divorciado que le saca diez años y perderá su tipazo enseguida. Ahora está como un tonel. Inténtalo con la chata. Esa mujer merecía la pena.
Abandona esa obsesión ridícula por el fútbol, tu equipo no ganará nada en años, y todos esos profesionales que adoras acabarán en conjuntos rivales en menos de dos temporadas.
Los estudios te están quitando la vida y no te servirán para nada, te dejarás tus mejores esfuerzos y no tendrás ningún beneficio. Llama mañana mismo a tu primo, el del hotel. Será el único hombre de éxito en esta basura de familia. Acabarás forrado. Yo no le tuve en cuenta cuando debía y así me fue.
Y sobre todo, márchate cuanto antes. En esa casa solo sufrirás disgustos cada vez mayores, hasta que la abandones. Márchate antes de que sea tarde.
Sonrió. Eso es lo que hubiera necesitado, buenos consejos en un momento decisivo, como pudo ser aquella noche. No de sí mismo desde el futuro, sino de amigos, de familiares, de su propia inteligencia.
Su mujer le llamó con una voz firme que siempre le reblandecía. Dejó el diario junto al ordenador, apagó la lámpara y al levantarse sintió un ligero vértigo, que supuso consecuencia de tantas horas de trabajo en el desván forzando espalda y cuello como si fueran gomas. Se tumbó en la cama, la besó en una mejilla y se dio la vuelta. Era cariñosa, pero poco comprensiva y muy fría desde que tuvieron a la niña. Aunque le resultaba injusto solo pensarlo, creía merecerse una compañera mejor.
Sufrían una noche calurosa, como todas las veraniegas en esta tierra que le vio nacer y de la que nunca consiguió salir. Pensó en el hueco que había aprovechado para escribirse a sí mismo. Parecía que el joven escritor lo reservó a propósito, como si aguardara respuestas. ¿Y si de algún modo llegara a leer esas frases? Déjate de bobadas. Modificar el pasado era un tema que ya aburría como argumento de películas de ciencia-ficción, siempre se llegaba a algún punto contradictorio o a algún absurdo que al final hundía la historia tras un inicio prometedor. Ahora se llevaba mucho lo de los universos paralelos, una teoría que daba cobijo a cualquier novela o guión de tres al cuarto.
Todo acontecimiento influye en los siguientes. Esto es trivial, como diría uno de sus antiguos profesores de universidad. Todo influye. El resto de su vida quizá dependa de si mañana escoge el metro en lugar del coche. O de si al despertar incita a su mujer hacia un acto de pasión y ella accede con la frescura de antaño. Llegaría al trabajo con cierto cansancio pero también algo más relajado, y sus operaciones tal vez fueran más afortunadas. Sus jefes y sus compañeros le sentirían menos antipático, más feliz.
Lo cierto es que los cambios serían mínimos. Sin embargo cuando uno es niño o joven puede ser un estúpido, como el que escribió el diario, pero sus decisiones dirigen su vida para siempre. Sí, aquel crío confuso era el culpable de que él estuviera ahí, en esa situación. Cuántos caminos habría perdido mejores que el senderillo gris que terminaba en esa cama. Y ya no había arreglo. Con los años las decisiones pierden relevancia porque el horizonte se estrecha, y si uno quiere abrirlo no caben sino actos traumáticos para las que habitualmente no queda ya energía, valor o ambas cosas: cambiarse de trabajo, marcharse de la ciudad, buscar otros amigos, abandonar a la familia.
Se preguntó qué sucedería si el joven leyera esas valiosísimas líneas al día siguiente, el día de Año Nuevo. ¿Era feliz ahora? En el fondo sí, razonablemente feliz. Podría sin duda haber disfrutado de una vida mejor, pero en ésta no lo había pasado tan mal. Si aquel imberbe siguiera sus consejos todo lo que él era ahora se desmoronaría. Parte de su pasado sería distinto, y por ello su vida sería también diferente, buena o mala, mejor o peor. Imposible calificarla sino conservaba algún tipo de consciencia que le sirviera para poder compararla con ésta. Distinta.
Sintió un intenso hormigueo en los dedos de los pies y se encogió para frotarlos. Su mujer gruñó en tono mimoso y susurró su nombre con dulzura. No le pareció su voz. Le atravesó un calambre que le hizo temblar de frío, se irguió aterrado y la miró solo un instante. Su silueta se recortaba contra la ventana. Creyó reconocerla, pero la forma de su cabello le sacudió el corazón. De un salto silencioso alcanzó la puerta del dormitorio y puso la mano en el lugar del interruptor. Allí no había nada. Tanteó deprisa la pared alrededor del marco y encontró un botón rectangular que podía servirle. Giró entonces la cabeza, pero no se atrevió a encender. La cama parecía haberse alejado, la ventana era mas grande. En el pasillo dio dos zancadas en busca del cuarto del ordenador, de la mesa en la que había dejado el diario. Faltaba la mínima penumbra del dormitorio y tropezó con algo que no debía estar ahí, una silla de madera que a su vez golpeó otro mueble. Su pasillo era diáfano, podía ir al lavabo con los ojos cerrados sin toparse con nada. Tocó con los dedos la puerta del dormitorio de la niña. Siempre solía oírse el suave murmullo asmático de sus delicados pulmones, pero acercó la cabeza y no la escuchó respirar. No quiso abrir, no quiso soltar el grito que crecía en su garganta. El diario. El diario. Sus manos caminaban por delante y dibujaron dos puertas más donde sólo debía haber pared. Se acarició el vientre, el pánico había hecho que se deshinchara su incipiente barriga, sus brazos parecían más rápidos, más fibrosos, sus piernas aparecían duras como las de un atleta. El pasillo no terminaba en el cuarto del ordenador, era mucho mas largo que el suyo, giraba hacia la derecha y llevaba a una puerta entreabierta por la que surgía un atisbo de luz. Sintió un aviso de vómito y buscó la seguridad del suelo. ¿Qué vida le aguardaba? La suya no había sido maravillosa, pero no quería perder a su hija, ni a su mujer, ni a sus amigos. Ni sus recuerdos. Qué espanto. Todo perdido, todo... muerto. Gateó sobre una alfombra desconocida y llegó a la puerta. Al ponerse en pie distinguió una sombra moviéndose ante él. El escalofrío le dejó rígido. También la figura se paralizó, acechante o asustada. Esperó una palabra, un gesto. En vano. La luz difusa que dejaba pasar una cortina no era suficiente más que para intuir la silueta de un hombre. Hasta que el susurro de una gota al romperse delató un simple lavabo. Abrió un poco más y pudo descubrir que la sombra era la suya sobre un espejo enorme. Pero su silueta era distinta, casi irreconocible. Bajó la mirada con un lamento, dio varios pasos atrás y al volverse apareció ante otra habitación. La tenue luz del lavabo se deslizaba sobre él y se extinguía en un escritorio, sobre el contorno de una pantalla. Se lanzó hacia allí, buscó a manotazos una lámpara por todo el tablero sin lograrlo, se arrodilló, buscó cables, encontró unos cuantos, y al tirar de ellos un objeto pesado y metálico le golpeó el antebrazo. Se levantó y lo apoyó sobre una esquina. Siguió su forma con las yemas de los dedos hasta sentir un interruptor. Intentó tranquilizar la respiración, cerró los ojos, los volvió a abrir. Y pidió un deseo con todas sus fuerzas.
El fogonazo casi le deja ciego. No era la primera vez que tiraba la lámpara. Debía buscar una con más cuerpo, o con una sujeción adecuada para el escritorio. El susto le había acelerado el corazón. Y le había hecho olvidar lo que venía a hacer aquí. Ah, sí, el diario. Hoy no había cumplido. Desde muchos años atrás mantenía la costumbre de escribir unas líneas antes de dormir. Unas frases escuetas con algo reseñable del día que se apagaba, en ocasiones con el adorno de un breve pensamiento. Su diario lo componían decenas de cuadernos de diferentes formas, tanto mas parecidos cuanto mas recientes. De los tiempos lejanos del primero recordaba que en algún momento le hizo ver las cosas claras y tomar decisiones importantes. Ahora el hábito solo lo sustentaba el mismo sentido del deber que aplicaba a algunas otras tareas repetitivas en su vida. Era una tradición que debía continuar, cada noche se sentía obligado con el chaval inspirado que escribió la primera palabra en la primera hoja.
En cuanto terminó la labor visitó el lavabo, y regresó al dormitorio por el pasillo. Se detuvo un instante ante el cuarto de su hijo, vacío desde que marchó a estudiar al otro lado del mar. Le quedaba poco para acabar la carrera. Quizá le llamara mañana para disculparse de corazón. Era ridículo mantenerse tanto tiempo en silencio por una tontería. Al tumbarse, su mujer le apoyó la cabeza en el hombro, él la abrazó y se besaron dos veces. Qué hermosa es. Y qué piel tiene. Con la mano que tenía libre escogió una hora mas exigente en el despertador. Mañana no debía pegarse a las sábanas, esperaba la reunión general con los empleados en el salón de actos. El agua golpeaba con fuerza contra el cristal. No dejaba de llover en esta tierra. Qué poco se parecía a la de su infancia, tan calurosa, tan soleada.
¿Para quién escribe uno un diario?