Antonio Mengs / PRETENSIONES OCCIDENTALES, CARENCIAS ÁRABES, de Pedro Martínez Montávez

Autor:
Antonio Mengs

Pretensiones occidentales, carencias árabes
Pedro Martínez Montávez
Pesentación de C. Ruiz Bravo
Editorial Cantarabia / Vision Libros
Madrid, 2008
ISBN: 978-84-86514-43-2


Un gran poeta sirio fallecido hace pocos años, Nizar Kabbani, escribió: «Ningún árabe es superior a otro árabe, excepto en la desgracia». ¿Cómo harán para no seguir metidos —ni los sigamos metiendo— en esta macabra competencia? [¿La penúltima encrucijada árabe? p. 87]

El libro que comentamos no responde a priori a un planteamiento de carácter unitario, sobre tema específico, como su título podría dar a entender. Sin embargo, el acierto de este último es evidente: señala el aspecto en que se dan cita una y otra vez los artículos que lo componen. Recurrencia en el tiempo, tratándose de textos aparecidos en prensa entre 1995 y 2006. Recurrencia de un espacio enmarcado en la concepción geocéntrica y deliberada distancia con la que Occidente mira hacia los países de Oriente, proyectada y reflejada en los apelativos que la definen (Oriente próximo, medio, lejano). Frente a momentos y situaciones, con lucidez no exenta de mesurado apasionamiento, el especialista observa, revela, opina, acerca de cuestiones sociales y políticas del mundo árabe e islámico; como filólogo, las palabras de Martínez Montávez, en interlocución con sus lectores, resultan de inestimable ayuda para el crecimiento social y político de nuestra propia sociedad.

La principal ventaja del filólogo estriba tal vez en su capacidad para acudir a las fuentes y conocer así de primera mano la actividad de cultura y pensamiento que tiene lugar en los países por los que se interesa, lo cual ya de por sí justificaría la utilidad de su labor. En efecto, a nuestro medio cultural llegan pocas, poquísimas informaciones de fondo respecto de los países árabes y la inercia mediática se guarda de proponer alternativas. Producto de esa persistente escuela de pensamiento único en la que nuestra sociedad se halla inmersa, de un pensar que sólo se tiene en cuenta a sí mismo, que desde sí mismo dispone y sobre sí mismo vuelca razones y argumentos alejándose una y otra vez de la realidad: esto es —y aunque no sea muy políticamente correcto decirlo—, en lo fundamental ignorante, el ciudadano occidental se conforma con una visión sutilmente moldeada por los medios de comunicación, tan obvia en apariencia que nunca o casi nunca se pone en entredicho. Y la ignorancia, recuerda el autor, «…es peor que el odio, y de manera muy particular en sus consecuencias, en las inmediatas y en las duraderas. Porque la ignorancia es más falsa y engañosa, porque suele pasar inadvertida, porque es taimada y cobarde, aunque pueda estar disfrazada de coraje.» (Odio e Ignorancia. p. 79)

Recuerdo haberle escuchado decir —en parecidos términos y sin falsa modestia— tras ser elogiado por colegas y amigos, que todo el mérito que cabría atribuírsele, de haber alguno, es el de concederse a sí mismo la libertad de perseverar en aquello que uno ve, según lo siente. De hecho, el pensamiento del autor se aleja de los tópicos a tal punto que en determinadas ocasiones periódicos supuestamente progresistas se han negado a publicar sus artículos. Por el contrario, quizá la prevalencia de criterios no estrictamente políticos favorecen su aceptación en otros. Y es que el filólogo, en nuestra sociedad, es tal vez no una especie en extinción, como quieren hacernos creer, sino una de esas especies que le resultan profundamente incómodas al statu quo, empeñado en hacerlas extinguir.

El filólogo Martínez Montávez analiza las palabras, las expresiones, los discursos. Desde el discurso que se maneja en los medios respecto del mundo árabe-islámico, recorre el camino hacia el significado real de la expresión, de la palabra. Cuestiones del dominio público como el integrismo, el conflicto entre Israel y Palestina, la invasión de Irak, las relaciones que, en general, mantiene Occidente con los países del Magreb y el Maxreq (Oriente Medio), operan en un marco conceptual pasivamente asumido y reproducido, sujeto a la ley del mínimo esfuerzo. La observación de más cerca, sin embargo, demuestra que no resultando más compleja ni ajena a nuestra capacidad de comprensión, es tanto más ilustrativa como apasionante. Esto es lo que él, a partir de su profundo conocimiento de la lengua y de su formación como historiador, acercándonos las opiniones y el pensamiento de los autores en citas y comentarios, pone a nuestra disposición.

Volviendo al título, podríamos decir que en la concomitancia de la pretensión está el prejuicio. «Trabajemos sobre juicios, sobre juicios que reflejen correctamente la realidad, y no sobre prejuicios», dice el autor (Islam y Occidente. Juicios y prejuicios. p. 101). Ciertamente, llama la atención la abundancia de prejuicios que pervive en un tema como éste de principal interés. Por ejemplo, la uniformidad del Islam, o de lo árabe; la presunta superioridad de la cultura occidental; la aceptación pasiva de un concepto como integrismo y su asimilación sin resquicios a sociedades enteras; etc. Martínez Montávez explica éstas y otras cuestiones sin animosidad, siempre educadamente convencido de la importancia de la palabra, medio fundamental del diálogo entre culturas y vehículo de la crítica. De ahí la fuerza que tienen estos textos, basados en el conocimiento, en el respeto, en la luz que el filólogo es capaz de aportar sobre las cuestiones que nos interesan. La crítica de la palabra de los medios, así entendida, hace que comprendamos que la filología no es sólo acaso jardín de la curiosidad, sino útil fundamental de pensamiento. Si de algo adolece el discurso del autor es, de hecho, de este tipo inusual de corrección humanística.

Como sabemos, la filología, en los tiempos que corren y en Occidente, es una actividad devaluada. Las causas por las que se ha llegado a esta situación son varias y obedecen a múltiples factores, pero la lectura del presente libro nos conduce a una reflexión inmediata: la filología, que no es sólo análisis lingüístico, no forma parte de los intereses que guían el devenir político ni su fundamental instrumento, ése que se ha dado en llamar corrientes de opinión. Como tampoco interesa el centro desprestigiado donde ejerce su actividad, el humanístico. Un humanismo que —recordemos la relativamente reciente y errada apreciación de Ratzinger acerca de la asimilación del logos en las culturas orientales—, tanto le debe al Islam Occidente, hasta el punto de que sin su contribución la cultura europea tal como la conocemos muy bien pudiera no haber llegado a ser en absoluto. Porque la filología nos recuerda sin cesar el origen, lo verdaderamente originario en la descripción del mundo que nos rodea.

El autor cuestiona el uso que se hace, por ejemplo, de la palabra ‘terrorismo’, o de lo que sean las ‘víctimas’ en función del bando de que se hable. Son representativas al respecto las palabras sobre Palestina e Israel (el conflicto palestino asoma repetidamente en estas páginas, como no podía ser de otra manera) y, digámoslo una vez más, sin acritud, deja al descubierto las artimañas de la hipocresía. Por ejemplo: «La aparición de Israel no puede recordarse ni evocarse sin la desaparición de Palestina. La presencia de aquél significa la ausencia de ésta. Es erigir un monumento de memoria sobre un escombro de olvido. Es una mención clara que surge de un silencio sombrío. Es tener la mirada tuerta. También el pensamiento, el sentimiento, y hasta quizá la conciencia.» (1948 – 1998: Palestina ausente. p. 47). Y también: «Hay que insistir una y otra vez en esto para contrarrestar la pertinaz tendencia a presentarla como producto reciente, sin raíces, sin historia, sin testimonios, sin memoria. Haciéndolo así, se la decapita, se la desarraiga, se le priva de la larga existencia, desvirtuándola en una falsa existencia corta.» (Palestina: pueblo e idea. p. 103).

El libro de Martínez Montávez es un libro liberador: libera conceptos, palabras, expresiones y las sitúa a la luz de la inteligencia. Tiene sin duda un atractivo específico para aquellos que se preocupan por las corrientes de cultura y pensamiento, por las cuestiones sociales y políticas del mundo árabe islámico, al acercarnos ese otro lado en su voz y en la de pensadores y poetas autóctonos, esto es, apoyándose en informaciones de primera mano. Su denuncia de la política neocolonial, de los medios empleados por occidente en la construcción del enemigo monolítico —el fundamentalismo—; su descripción pormenorizada de los movimientos de sociedades en verdadera ebullición, que el tópico nos presenta como aquejadas de un inmovilismo del que nunca conseguirán librarse (Argelia, Marruecos, Siria, Irán…); o la mera exposición del significado de palabras como yihad y cómo esas palabras se entienden en contexto, resultarán de gran interés.

Los países del Maxreq y el Magreb, a decir del autor, sostienen desde hace tiempo un deseo de relaciones justas y de respeto mutuo con Occidente del que éste no hace oídos porque, tras siglos de educación en la Historia, su capacidad para escuchar con atención aún no es un valor en alza. Para el lector curioso o accidental, el humanismo intercalado en los intersticios de la materia de que se trata y, a su través, la posibilidad de enriquecerse con una visión más nítida de ese mundo próximo y sin embargo alejado, constituirá toda una sorpresa.




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