Miguel Arnas Coronado / LAS AVENTURAS DE AUGIE MARCH, de SAUL BELLOW

Autor:
Miguel Arnas Coronado
Las aventuras de Augie March
Saul Bellow
Ediciones Cátedra , 2007
ISBN: 9788437612294
800 pág.





Carácter es destino, dice Heráclito, y con esa cita se encabeza esa ficticia autobiografía juvenil de Augie March, novela con la que, si no debutó Saul Bellow, sí al menos logró su primer éxito considerable. Esa cita no es un crédito, situada antes del primer capítulo en página solitaria, sino que está integrada en el texto, si bien, eso sí, en el primer párrafo.

El carácter judío, o deberíamos decir la condición, de Bellow, le impone el destino de hacer judíos a sus personajes y, también a casi todos, oriundos de Chicago o relacionados con esta ciudad. Incluso en una novela como Mueren más por desamor, donde quizá por prudencia sitúa la acción en una ciudad sin nombre, esa Noname city puede identificarse tanto con Chicago que no nombrarla parece truco de principiante. Augie es un muchacho pobre. ¿Hay judíos pobres?, pues resulta que sí, aunque, y quizá eso es lo tradicionalmente envidiado, suelen ser tan espabilados, listos o inteligentes, que por una vía u otra acostumbran a dejar de serlo. Excepto en Israel, donde si todos los judíos fuesen ricos, no habría Estado. Augie es un muchacho cuyo carácter aventurero, amoroso, un tanto ilegal, amigo de sus amigos, incapaz de mantener demasiado tiempo una falacia, ese carácter le asigna asimismo un destino, destino al que quienes le rodean, la abuela Lausch, los amigos del barrio, su hermano, su más prolongada amante, Thea, tratan de modificar a su manera (no a su interés: todos velan por el buen interés de Augie, aunque se equivoquen) sin lograrlo. Es por eso que disiento profundamente de la opinión de la prologuista, según la cual Augie es un pícaro. ¿Habría asistido un pícaro a su amiga Mimi en trance de aborto voluntario y con una infección que a poco la lleva a la tumba? Considerando que Mimi no es su amante, a pesar de ser una preciosidad y una mujer cuya manera de comportarse sería, con toda probabilidad, la más capaz de atraer a Augie, y considerando por tanto que el feto ni siquiera es suyo (de ser un verdadero pícaro, ni siéndolo la ayudaría), y considerando que por causa de su voluntad de socorro pierde la relación con su novia rica, novia que metiéndolo en los negocios de la ciudad (negocios en los que sí se mete y triunfa su hermano) le habría sacado de su pobreza, si Augie fuese un pícaro, sería un pícaro bobo. Y Augie no tiene nada de bobo (por otra parte, los pícaros tontos dejan de ser pícaros por idéntico mecanismo que el erudito ignorante deja de ser erudito).

Tampoco es, exactamente, un idealista. Su relación con Thea, una extravagante niña rica de fortuna en declive, cuya manía por los negocios poco rentables y estrafalarios, como entrenar a un águila calva para cazar lagartos en México, les lleva a ambos a una aventura que por momentos se acerca a la del Cónsul Geoffrey Firmin en la novela de Malcolm Lowry, si bien no tan trágica, demuestra que Augie puede hacer muchas cosas por amor, incluso cuando ese amor consiste en sentirse querido; pero no entra en ese muchas, el hacer el tonto. Eso sin contar su inquebrantable voluntad de independencia y de ayuda a quien le necesite (sobre todo si es mujer y guapa, detalle en el que se intuye un carácter, no débil, y ni siquiera lujurioso; pero sí amoroso, tierno, carácter que marca su destino).

Destino también es carácter, nos dice Bellow, y el hecho de que a su juventud veinteañera le pille la entrada de su país en la segunda gran guerra, asunto puramente propio del destino, se le añada su carácter amoroso, incluso hacia su patria aun de adopción, (¿pero qué norteamericano, país lleno de patriotas, no lo es de adopción?), marca el final de sus aventuras al embarcarse, ya casado, en un mercante, ser torpedeado frente a las costas de Canarias y sobrevivir en una barca con un chiflado visionario.

Augie, más que un pícaro que interviene con una actividad casi violenta en su propia vida, se deja vivir, permite que le ocurran las cosas, no de manera absolutamente pasiva pero sí con cierto fatalismo en el que entra la consideración de que si sus hechos molestan a los demás, será porque los demás no son capaces de comprenderlos.

Y entremos en el asunto de fondo de esta reseña. De Bellow, como de tantos consagrados por el premio Nobel, está todo dicho. Lo dificultoso son sus traducciones y sus ediciones. Cátedra siempre ha tenido el carácter de publicar clásicos de una forma exquisitamente seria, casi profesional, si es que la lectura, excepto para quienes cobran por sus críticas o reseñas, puede ser profesional. En cambio, con este libro se ha lucido para mal. Lleno de errores, más que de traducción, que alguno hay porque pueden hallarse frases españolas retorcidas como un cable eléctrico antiguo, de edición. ¿No se leyeron las galeradas?, ¿tan mal anda el presupuesto que pueden permitir esa abundancia de equivocaciones (mutaciones radiactivas de palabras, faltas de concordancia porque aquí o allá se olvidaron de una ese o la pusieron de más, etc.) sin que alguien las señale con un lápiz rojo? En ese aspecto, la edición da una sensación de dejadez impropia del “destino” y del “carácter” de Cátedra. Dos ejemplos: en la página 770 cita unas palabras en francés hablando de París, y asegura que no hay nadie que “no mencione su calme, ordre, lure et volupté”, cita que a pie de página traduce correctamente como “sosiego, orden, lujo y sensualidad”; ¿lure?, ¿no será luxe?, ¿o bien será lire, leer, y entonces los parisinos deberían venir a España a darnos clases, conocidas como son las encuestas donde se nos sitúa a la cola de países lectores?; y un fallo de traducción que se habría reparado con facilidad de haber habido un simple repaso de galeradas: en la página 785 dice “Giramos en torno a l’Étoile y surgimos hacia Ruán”; ¿surgimos?, ¿en un submarino?, ¿es una traducción tan literal que no habría resistido una segunda lectura?: francamente, creo que sí porque la traducción no parece estar mal hecha.

Otro detalle negativo es la proliferación de notas al pie, algunas de las cuales no aportan casi nada (sí aportan, por ejemplo, las aclaraciones sobre nombres de personas famosas en el Chicago de la época gangsteril), lo que convierte en farragosa la lectura, y otras son simplemente erróneas. Dos ejemplos de esto último: en la nota a pie nº 69 confunde el Almanaque de Gotha, anuario genealógico y diplomático que aparece desde 1763 en francés y alemán, que es a lo que realmente se refiere el texto de Bellow, con el programa de Gotha, elaborado en el congreso de esa ciudad en 1875 y que señaló la creación del ¡Partido socialdemócrata alemán! ¡Mire usted por dónde, va a resultar que todos aquellos señorones, que tan bien caricaturizó George Grosz, eran unos socialistas de tomo y lomo, con sus berlinas enguatadas, sus levitas y sombreros de copa, y sus queridas con anillos de diamantes y ropa interior de satén! Segundo ejemplo: en la nota a pie nº 78 ¡asegura que el libro de Tobit, o de Tobías (en ambos, se le nombre a Tobit como se le nombre, se cuenta la misma historia) es un apócrifo del Viejo Testamento!, es decir, que mi Biblia de Jerusalén, con un nihil obstat del Dr. Lorenzo Turrado como un cerro de grande, por no decir la Nácar-Colunga, están hechas en realidad por herejones que introdujeron subrepticiamente en los textos canónicos, otros apócrifos en donde se induce a creer pendejadas como que la Virgen no era virgen, el Espíritu Santo no era un espíritu o que en realidad, el Paráclito creó la luz y las tinieblas, quedándose para su uso y disfrute la luz y dejándonos a sus criaturas sin Endesa.

En fin, una lástima. En Andalucía diríamos que esa desidia no le “pega” a Cátedra. No sé ustedes, pero yo esperaba más de una edición como esta, y es deplorable porque Bellow es un interesantísimo escritor norteamericano, en aquella tradición tan suya de contarnos hábilmente historias a las cuales cada uno puede poner moraleja, si es que así se le encarta (“Fácilmente o nada: ésa es la verdad del arte”, nos dice en su artículo sobre Mozart para la revista Bostonia y recogido en Todo cuenta, ed. DeBolsillo). A pesar de todo, la lectura es aconsejable, en el bien entendido que se salva Bellow y condenamos a Cátedra.




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