Miguel Arnas Coronado / ESPEJOS DE AGUA, de CLARA JANÉS

Autor:
Miguel Arnas Coronado
Espejos de agua
Clara Janés
Basarai ediciones
ISBN: 84-921282-7-5
134 pág. PVP 9 €



Quien es poeta, continúa en la senda indefectiblemente, marcada a fuego y luz.

Una poeta que haga prosa continuará escribiendo en poesía porque, ¿cuál es la frontera entre la prosa poética y la narración corta?, ¿acaso la inevitabilidad de contar una historia?, ¿se me negará que las prosas poéticas de Baudelaire, Valente o Cernuda cuentan una historia? Siguiendo ese destino inexorable, Clara Janés ha construido para nosotros un libro de relatos situado en ese mismo interregno donde la poesía continúa siendo poesía y la prosa es exquisita y grandiosa como una blanca ciudad mediterránea.

Cuentos escritos, o al menos publicados, entre 1963 y 1996, aunque la mayoría desde 1989 hasta esta última fecha, tienen algunos hilos conductores que, por momentos, hacen creer al lector que son fragmentos de un gran cuento cuya continuidad tiene algo de fuga musical con variaciones.

Uno de esos hilos, en la torpe opinión de este reseñista, es el paralelismo, o más bien se diría la simultaneidad temporal y armónica (como en una fuga) de amores y viajes (que no turismo). Todo viaje es efímero, Ulises está emplazado a volver a Ítaca. Por muy feliz que sea en una ciudad, deberé volver a casa y salir de nuevo de ella para viajar a otra ciudad. Según Clara, o según los personajes de Clara, en amores pasa lo mismo porque la vida es demasiado amplia, fuerte e inmensa y obliga a abandonar el amor para encontrar otro o el mismo, empuja a reencontrarlo como en la fuga se retoma el tema en la coda. El mundo es demasiado ancho para quedarse en una sola ciudad, en un solo paisaje, en un sólo aroma. “Siempre ese deseo de estar donde no estábamos, pero también donde estábamos, rebasando asombro”. Es una ley inexorable como la de la gravedad: amarse significa separarse: “En aquel punto de origen hay unión. Luego todo se distribuye por distintas pendientes, resbala como las notas”, o bien “todo resbalará como el agua, todo será olvidado de inmediato, integrado en otra cosa, como la lluvia”.

Los amores de estos personajes suelen situarse y consistir en las ciudades mediterráneas o del próximo oriente. Lisboa, con todo y ser ciudad atlántica, no se salva de esa pasión: ciudad azul, la califica. Londres, sin embargo, o las pequeñas ciudades inglesas, son lugar de desencuentro: en Winchester busca esa protagonista, que parece la de la mayoría de los cuentos, un número desaparecido de una calle, y lo mismo que el número desaparecido, ha desaparecido el amor que se perdió y ya no se reencontrará.

He aquí otro de los hilos: la sensualidad espiritual o la espiritualidad sensual, tal vez prima segunda del Tantra o de la inteligencia sintiente de Zubiri: “el movimiento de los hombres apaciguado por el narguile”, la interiorización oriental que mantiene al humano en precario equilibrio sobre una cuerda, ayudado por una barra de funámbulo cuyos contrapesos son el espíritu y lo sensual. Continuamente hay danzas, sones, texturas, fragancias, sabores, colores que impulsan a sentir al espíritu como una elevación, cuyo estribo del que se ayudan los personajes (esencialmente mujeres, sólo hay un par de cuentos con protagonistas masculinos) es cualquiera de los sentidos o los cinco a la vez. Es en esta oposición o contradicción que le exigía Blanchot a la poesía (el momento eterno, la interioridad exterior, el silencio sonoro) que Janés construye estas prosas de una belleza explosiva: “...era un ir al lugar donde la muerte no entra: la propia ausencia”.

Otro de los hilos será quizá un romanticismo excéntrico. Sí es cierto que utiliza lo exótico, alguna ruina y mucha sensualidad para enmarcar las pasiones y las estancias, pero los amores imposibles lo son, no por el dramatismo de enfrentamiento social, sino por ese impulso vital del que hablaba antes y que obliga a los protagonistas a vivir y por tanto a moverse. Es un romanticismo realista, si cabe el oxímoron: “Ella: te amo. No, amo el hecho de estar contigo”.

Una prosa tan cercana a la poesía debe utilizar, y utiliza, los símbolos. Pueden identificarse de continuo alusiones a la mística sufí o cristiana, a la simbología oriental y medieval e incluso a otras más extrañas: el principio de El caballo alado parece ser ilustración del alfabeto de los árboles de Robert Graves.

Una colectánea de bellísimas prosas en las que abismarse, sumergirse hasta las “cinco brazas”, de las que degustar como se hace con una bandeja de pastelillos de Damasco.




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