Anuar Zúñiga Naime / CARSON McCULLERS

Autor:
Anuar Zúñiga Naime


Creadora de una literatura provocadora y sórdida, cargada de gran emoción y sentimientos, Carson McCullers es una escritora que plasma de una manera única y con un lenguaje fácil, todos sus anhelos y obsesiones. Ella es, a las letras estadounidenses, lo que Cristina Peri Rossi a las uruguayas. Las obras de McCullers, tienden a ser ricas en esqueletos y paisajes brumosos, capaces de hacerle frente a todas las miserias que encierra la rutina; en ellas prevalece un cielo gris y opaco donde la niebla, la lluvia y la nieve oscurecen el sol la mayor parte del tiempo y que inmediatamente nos hace sentir frío, como si en el mundo ficticio que ella misma creó, fuera invierno todo el tiempo, aun cuando narra los días calurosos de agosto, este viento opaco y cetrino se cuela por entre las palabras y los días de verano y se nos mete hasta el tuétano.

Todas las cosas que nos narra, nos dan la incomoda sensación de estar entrando a un pueblo fantasma con gentes de piel cenicienta y ojos de cansancio. Esta, sin embargo, no es la única constante en la literatura de McCullers, en ella está también el amor no correspondido, el amor con dificultades, el amor ilusorio y a grandes distancias; en resumidas cuentas: el amor real, sin adornos que lo hagan aparecer como algo fácil y matizado.


En Correspondencia, la protagonista: Henrietta Hill Evans, siente un amor platónico y utópico por un brasileño de nombre Manoel García al que nunca ha visto, del que no sabe nada mas allá de su nombre y su lugar de residencia y con el que hace el inútil intento de cartearse.

A lo largo de las cuatro cartas que ella le envía sin obtener respuesta, le narra sus inquietudes, sus teorías acerca de la vida, la cotidianeidad y los sinsabores que le quedan después de observar el comportamiento de sus compañeras del instituto, busca verdaderamente encontrar a un interlocutor de su nivel, comparte con él sus planes de futuro y le confiesa su presentimiento de tener con él una empatía especial con ciertos tintes infantiles de paranormalidad.

El amor que siente se va tornando gradualmente en un desprecio estudiado y en una decepción que se vuelve tangible para el lector, la seriedad con que se dirige a él se va haciendo más explicita en cada carta que no es respondida. La ilusión de Henky, de encontrarse con alguien que la escuche y la comprenda, ha sido abruptamente quebrada por el silencio incomprensible de Manoel y ella nunca volverá a ser la misma.


No se puede decir a ciencia cierta que los finales de las obras de McCullers tengan finales felices o dramáticos, simplemente que son finales realistas y cotidianos como en la vida de cualquier mortal (sea que pertenezca a los doce o no). Para dar un ejemplo de esto, tenemos “Un árbol. Una roca. Una nube” que mas que un cuento, da la sensación de ser un tratado filosófico, nos deja conocer un lado mas humano de McCullers y de sus ideas. En esta narración, un niño de doce años que trabaja como repartidor de periódicos, recibe una importante lección de vida a manos de un desconocido forastero que bebe cerveza en un café. En esta narración el amor puro y la crueldad gratuita que es representada por Leo, el dueño del lugar, conviven y se enfrentan sutilmente bajo el mismo techo. Las palabras: “Te quiero mucho”, adquieren un nuevo peso y recuperan un brillo que
la monotonía y el tedio les habían quitado.
Aquí es nuevamente el amor el ingrediente principal, pero no es este amor, solo el amor en bruto que se da entre un hombre y una mujer, es el amor universal y carente de pasión, ensayado y trabajado, el amor al prójimo y a todas las cosas -animadas e inanimadas- que nos rodean: “Un árbol. Una roca. Una nube.”

Es este el primer paso para después poder amar sin ataduras. Es también este amor, la melodía constante a lo largo de “Dilema doméstico”. Esta narración logra compenetrar al lector, (con una narrativa sencilla y ágil que nos hace avanzar página tras página sin darnos cuenta) en la historia de un hombre, Martin Maedows, que, en soledad, toma conciencia de la vida que le ha tocado en suerte, del alcoholismo de su esposa Emily y del infinito cariño que siente por sus hijos, Andy y Marianne.

La enfermedad de su Emily, les augura a todos, un futuro negro y un panorama desolador. Este descubrimiento lo arroba y lo exalta, se estremece con cada cosa que descubre y se auto engaña. Se hace conciente del peligro que corren sus hijos cuando él no está. Se sabe solo y esto lo asusta, un vaso de Jerez y una Emily borracha y tartajosa se vuelven una pesadilla recurrente en su vida. Busca en su interior la causa de este problema, lo busca en su memoria, en pretextos que el mismo se inventa, quiere dejar de estar solo, se imagina a sus hijos ahogados en un río, se imagina a si mismo bajo las humillaciones de un pueblo descorazonado y a su mujer vagabundeando borracha por las calles de la ciudad, se inventa un infierno personal a corto plazo, lo construye, trata de materializarlo. Lo sabe latente y a su pesar, próximo. Después intenta buscar soluciones y no las encuentra, trata de justificar a Emily y de hacer que las responsabilidades recaigan todas en si mismo, sabe inconscientemente que este problema escapa de sus manos.

Esta ceguera emocional lo lleva a refugiarse en la autocompasión y a debatirse, entre el amor y el odio que siente por su esposa y a refugiarse en un pasado donde él sabe o recuerda que no estaba solo. Piensa en sus hijos que probablemente se verán obligados a madurar rápidamente (Esto se ve reflejado en el cuento cuando los niños están para acostarse y él se dirige al mayor como “Andy-Grande”) y en las secuelas que se enraizaran en sus mentes debido a las escenas que Emily hace cuando está ebria.

Finalmente el amor se impone a la soledad y la desolación y nada queda resuelto. Esta formula alcanza su cúspide en “La balada del café triste” una narración que está marcada por un realismo descarnado y lírico a un tiempo, explícito, tierno en ocasiones y brutal en otras, abundante en tonalidades bajas y pleno de un blues ácido y desencantado donde la desolación de la rutina y el tedio de la cotidianeidad van marcando el paso. Este sentimiento es la estampa de la gente de un pequeño pueblo árido y olvidado de la mano de dios, un pueblo que se rodea a si mismo una y otra vez, con calles polvorientas sobre las cuales transitan como si flotaran personas que de pronto dan la idea de fantasmas, personas que son como caricaturas crueles y viñetas realistas de los sureños de los Estados Unidos en la década de los cincuenta.

Con la miseria contenida y el aburrimiento agazapado, avanzan tristes por las calles polvorientas y cetrinas de un pueblo en medio de ningún lado que a duras penas alcanza esta categoría por encima de la de aldea. En este sitio, la mayor diversión de la gente es ir a observar a la cuerda de presos que trabaja en la carretera de Forks Falls a tres millas de ahí. Saben que pierden la vida a pedazos cada día que pasa y que lo único que les queda para matar el tiempo son los recuerdos y las historias. Las historias en este lugar sientan precedentes y sus habitantes no las olvidan con facilidad. En lo más profundo del espíritu humano se encuentra una serie infinita de posibilidades que explorar, caminos que no han sido recorridos y que ofrecen una oportunidad de renovación desde la esfera de lo emocional.

Este es el caso de Miss Amelia Evans, una mujer desmesuradamente grande y de facciones toscas, con el pelo muy corto y rasgos masculinos quien en un pasado no muy lejano, fue la persona más rica de la localidad. Poseía una destilería que daba el mejor whisky de la región y plantaciones de caña de azúcar. Era una mujer decidida, fuerte y solitaria que no gustaba mucho de la compañía de sus semejantes. Esto se ve trastornado con la llegada al pueblo de un jorobado de nombre Lymon, que dice ser primo de Miss Amelia. Ella, busca en el jorobado, esa felicidad automática que emerge como de una caja de sorpresas, la catarsis de miedos, sueños inquietudes y recuerdos. Se va prendando de él poco a poco hasta que se vuelve evidente que está enamorada. Aquí comienza ella a desvivirse por atenderlo y convierte el almacén de su propiedad en un café. Este sitio se vuelve el punto de reunión para todos los habitantes del pueblo. Esto hace que el mismo, adquiera un matiz nunca antes visto por sus pobladores y esta alegría se prolonga por seis años.

Desde aquí empezamos a intuir que esta paz y alegría no pueden durar. Una mañana, regresa al pueblo el que alguna vez fuera el marido de Miss Amelia; un ex presidiario llamado Marvin Macy, un tipo de maldad enorme y ávido de vengarse de la humillación que le infringiera Miss Amelia durante los diez días que duró su matrimonio. La suerte se pone del lado de Macy cuando conoce a Lymon. Desde el primer encuentro, el jorobado se siente atraído por él a tal punto que lo sigue a todos lados y soporta de buen talante las humillaciones de que Marvin Macy lo hace objeto. Aquí conocemos a una Miss Amelia errática y titubeante, sumergida en un mundo que conjuga el dolor y la conciencia de lo irrevocable. Transitando por caminos que se andan y se desandan y que a final de cuentas no llevan a ninguna parte. Finalmente todo se resuelve en un pelea en la que Miss Amelia se ve asediada por el ex marido que ha esperado mucho tiempo para vengarse de ella y por el jorobado que no conoce el significado de la palabra gratitud. Así, queda derrotada y humillada frente de todos los habitantes del pueblo.

Solo queda el consuelo de ir a ver la cuerda de presos a la carretera Forks Falls, donde los doce mortales, siete muchachos negros y cinco muchachos blancos, hacen una música desgarradora, una descorazonadora parábola que encierra en si misma lo sublime y lo miserable.


Al leer la obra de McCullers entiendo que, además de las letras existen otros símbolos obsesivos y recurrentes: música e imágenes. En ella se amalgaman sueños, recuerdos, vivencias, temores y obsesiones; se trata de una obra llena de arquetipos, que refleja al mismo tiempo la búsqueda y el conocimiento, y el viaje a través de la vida y lo espiritual.


Pese a que abundan las figuras sombrías, también en ella se entreve una luz inextinguible, la luz del espíritu humano.



Fuente: Blog del autor




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