Giulio Carlo Argan / LUCIO FONTANA - COMENTARIOS

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Autor:
Giulio Carlo Argan





        Durante más de treinta años Lucio Fontana ha asombrado al mundo por la inmediatez, la despreocupación, la extrema claridad y la simplicidad de su pintura/escultura, no habiendo admitido nunca una distinción categórica entre una y otra. Aunque de una evidente intensidad visual, su obra era totalmente conceptual, empeñada en establecer cuáles podían ser, en la realidad de su tiempo, la razón y la función del arte. Una cosa era incuestionable, sin embargo: que su nivel de actualidad no debía quedar, en ningún caso, por debajo de la ciencia y de la técnica más avanzadas. No evitaba la relación, que consideraba esencial, con aquella actividad: siendo también, como todos saben, un genial <<designer>>. El punto de tangencia y de divergencia entre arte y tecnología industrial era el concepto de invención. La invención había sido en otro tiempo la prerrogativa del arte; luego, la ciencia y la tecnología ser apropiaron de ella. Fontana rescataría de nuevo para el arte el arte el privilegio de la invención, aunque en otro plano: no se trataba ya de un producto de la imaginación, sino de un hecho de conocimiento que indudablemente suponía algo de arbitrario, pero que debía ser lúcido, esencial, definitivo como una proposición matemática. Su <<iter>> no era el pensamiento abstracto, sino la operación manual, que, sin embargo, debía ser clara y decisiva. Es evidente que no podía dejar de ser un factor casual; pero la fuerza de la mente humana radica precisamente en la capacidad de transformar en un instante lo casual y arbitrario en lógico y necesario. La gran novedad que aportó Fontana fue precisamente la invención de una forma de expresión a la vez arbitraria y lógica, gratuita y necesaria: los cortes o agujeros en la tela o en el papel no eran en absoluto proyectados o premeditados, sino que se producían siempre, al milímetro, en el lugar exacto y con su sola presencia eran susceptibles de crear espacio. Cualquier constelación sesual de signos se organizaba inmediatamente en un <<pattern>>, como un caos-caos, sin que nada se moviese, transformándose inmediatamente en un espacio que no era matemático, pero si preciso como si lo fuera. Naturalmente, no se trataba de todo el espacio, sino de un fragmento. El secreto del genio de Fontana consistía precisamente en crear fragmentos que encerraban en sí la estructura cristalina de la totalidad. Como los neoplatónicos florentinos del siglo XV, aunque sin sus premisas y fines espirituales Fontana asignaba al arte una finalidad teorética: debía ser una síntesis indisoluble de invención, calidad y espacio. Los tres términos se identificaban.

        Frente a la sociedad contemporánea adoptó una postura no precisamente polémica ni reformista: el arte, sencillamente, era su adversario dialéctico. Al mundo de la tecnología industrial, en el que dominaba la cantidad sin cualidad, se oponía el arte, que era calidad sin cantidad. La invención era calidad pura, porque suponía algo absolutamente nuevo, sin relación alguna con el acervo del patrimonio histórico, de los principios de autoridad, de la larga tradición. No había necesidad, sin embargo, de impugnar el pasado con las ideologías de las vanguardias históricas, simplemente lo ignoraba. Es cierto que las vanguardias habían dado un gran impulso a la evolución del arte, pero para Fontana la historia se producía sólo por saltos. La producción industrial era cuantitativa y por ello eliminaba al mismo tiempo la calidad y la invención; no sabía que, obrando así, habría eliminado también la idea del espacio y se habría encontrado viviendo en una informe e inerte extensión. Para Fontana la definición concreta del espacio era la verdadera finalidad teorética del arte. El espacio era su idea fija, aunque lúcida, no obsesiva, Así, estructuró su teoría del arte como una teoría del espacio, llamando <<Espacialismo>> al movimiento que, no siendo ya joven, había creado en 1947, siendo seguido por los más jóvenes y geniales artistas milaneses. Muchas de sus obras de aquel período llevan el título de <<Concepto espacial>>. El espacio del arte, en su concepto, debía ser adecuado al más moderno pensamiento científico, a Einstein sobre todo, aunque en otro orden muy distinto al no ser definible en números ni en fórmulas, sino realizable sólo por el arte en la intensidad plástica y colorista de sus fragmentos de materia intrínsicamente espacial. El espacio era para él la realidad en estado puro y absoluto, separada de la multiplicidad de las cosas mediante su grandeza, su peso, su fácil adaptación a la cuantitativa graduación de la luz. A su vez, la cantidad del espacio inventado era calidad pura; también el color, que en la realidad empírica era cantidad y relación, se convertía así en calidad absoluta. La tela coloreada era el espacio virtual que el gesto del artista, el corte o tajo transmutaba en invención o concepto espacial. La ciencia y la técnica ¿podían vanagloriarse de su infalible precisión? Fontana sí se vanagloriaba de la extraordinaria exactitud de su gesto. La precisión se podía conseguir con los instrumentos y las máquinas: la exactitud era una virtud que sólo el artista poseía. Este era precisamente el valor que con Fontana garantizaba el arte en un mundo que estaba perdiendo esos valores cualitativos para convertirse sólo en una monstruosa máquina de consumo.



Fuente: Catálogo de la exposición El espacio como exploración. Lucio Fontana
(Palacio de Velázquez, Madrid, 1982 – Ministerio de Cultura)





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