José Alaniz / MITOPOIESIS, METAHISTORIA Y 'EL SOL', DE ALEKSANDER SOKUROV
Aleksandr Sokurov da continuidad a su tetralogía del poder con El Sol, una
fantasía operística, visualmente atractiva, idealizada y en definitiva edificante,
acerca de los últimos días de la Segunda Guerra Mundial en Asia. El emperador
japonés Hirohito (Issei Ogata), considerado un dios desde el punto de vista de
la tradición y de las creencias, debe renunciar a su estatus divino para asegurar
la paz a su muy castigado pueblo. Durante una serie de encuentros con el comandante
supremo de las fuerzas invasoras americanas, el general Douglas MacArthur
(Robert Dawson), así como a través de un considerable proceso introspectivo (Sokurov ostenta un claro predominio, dentro del panorama cinematográfico mundial, en la representación de la soledad angustiada),
Hirohito llega a abandonar el papel celestial al que acostumbra y se embarca en
la vida como mortal —logrando el respeto de MacArthur durante el proceso.
Como sin duda apreciarán quienes estén familiarizados con la obra de Sokurov,
esta muy limitada exposición del argumento de El Sol se adecua poco a la fuerza
poética del film, el despliegue de su maestría visual, la compleja banda sonora
que amalgama diversas capas y a su esquema simbólico desalentador. Debería añadir
que considero esta película como la mejor, con diferencia, de la tetralogía del
poder. La seca sinopsis, sin embargo, apunta hacia un elemento importante que
relaciona este film y sus compañeros de travesía Moloch (Molokh, 1999) y
Taurus
(Telets, 2001): bajo ninguna circunstancia habrían de servir para sostener el
registro histórico. Simplemente florecen y se extinguen. Deberemos por tanto
dejar la cuestión de lo histórico al margen.
En su ensayo crítico Sight and Sound, Geoffrey Macnab dice de la serie del poder
que se trata de ‘un proyecto de perversidad inherente’. Centrándose en la caída
de grandes dictadores desde una perspectiva humanista y semi-trágica,
argumentarán algunos, elude el hecho inexcusable de las atrocidades cometidas a
su amparo, Hirohito incluido. El Sol no menciona, por ejemplo, la Violación de
Nanjing de 1937, cuando al menos 300.000 prisioneros de guerra chinos fueron
masacrados por el ejército japonés, presumiblemente por órdenes del emperador.
Más aún, si bien el que ha sido durante largo tiempo guionista de Sokurov, Iurii
Arabov, basó el guión en motivos históricos, advirtió que el director había
suavizado los aspectos más grotescos.
El historiador norteamericano David Lowenthal ha despotricado durante largo
tiempo contra la ‘industria patrimonial’, que subsume historias simplistas sobre
los Padres Fundadores (Washington y el cerezo)*, reconstrucciones de la Guerra
Civil tergiversadas y el robot animado de Lincoln en Disneyland, bajo una
rúbrica que no se distingue esencialmente del mito del bienestar. Estos
ejemplos, al igual que El sol, tienden a poner el acento en lo positivo y
adoptan una actitud de reverencia kitsch quasi-religiosa hacia su objeto, hasta
el punto de enmascarar un hecho histórico confuso. El patrimonio lo constituye
la versión popular y políticamente interesada de la historia, categoría en la
cual la tetralogía del poder de Sokurov o El Arca Rusa (Russkii kovcheg, 2002),
cualesquiera sean sus virtudes inherentes, encajarían con facilidad. Tat'iana
Moskvina, en su ensayo en Iskusstvo Kino, denomina a lo que realiza Sokurov
simplemente ‘metahistoria’ [1].
En la misma línea, los defensores de Sokurov se limitan a recordar a
la audiencia que están viendo una película. Acerca de Moloch y
Taurus, señala
Tat'iana Akindinova:
«Los films de Sokurov son obras de ficción, y aunque estén basados en un
escrupuloso estudio de material documental, una reproducción meticulosa de la
apariencia de personajes históricos y del medio en que se desenvolvían, de modo
tal que constituyen un acercamiento fidedigno al cine documental, ellas mismas
presentan, ciertamente como algo original de todo punto, interpretaciones
creativas de sucesos fatídicos en la historia rusa y alemana. Hitler y Lenin son
aquí retratos artísticos; extraer una tras otra correlaciones con respecto a las
personas reales a las que representan, no tiene mayor justificación que la de
comprobar una imagen pintada con respecto a una fotografía.»
Igualmente, una complicación adicional surge en el último film de Sokurov:
mientras la exigencia política de representar a Hirohito (con ‘fidelidad’ o no)
no es algo digno de cuestión para la mayoría de los occidentales, el director
ruso pisoteó un tabú japonés de décadas contrario a la representación artística
del último emperador, que murió en 1989. Sokurov tomó el asunto suficientemente
en serio como para mantener el nombre del actor principal, Ogata, en secreto
durante la producción —revelándolo sólo durante el debut de El sol en el
Festival de Cine de Berlín—, temiendo que se produjera un intento de asesinato
por parte de nacionalistas japoneses.
En cualquier caso, baste decir que una lectura ‘histórica’ es la menos
interesante y el modo menos satisfactorio de acercarse a esta obra, y
ciertamente alejada de los objetivos del propio Sokurov. Al mismo tiempo,
El Sol
es una fascinante meditación introspectiva acerca de la Historia, de la
Mitología y de cómo hemos llegado a comprender/edificar el pasado. Hace
progresar el tema ‘metahistórico’ hacia estrategias más convencionales, como la
obra de teatro formalista, la alusión literario/mitológica, metáforas del cuerpo
y referencias a otras obras de Sokurov, así como a asuntos más problemáticos,
como el estereotipo racial/étnico, el orientalismo y, como ya se ha mencionado,
la elisión de anti-narrativas (por ejemplo, ‘Hirohito el Criminal de Guerra’).
En su influyente ensayo de 1980 ‘El valor de lo narrativo en la representación
de la realidad’, Hayden White resalta el rol crítico de la narrativa en la
organización de una imagen coherente y ‘completa’ ―albeit fanciful― de la vida.
Los historiógrafos han asumido desde entonces el tema de lo narrativo en la
elaboración de la ‘historia’ del pasado. De manera tan penetrante destaca
Sokurov en El sol el papel que juega el esquema visual/auditivo —el ‘aspecto’ y
el ‘sonido’ del pasado— en la exposición cinemática de eventos temporalmente
remotos. La interpretación de Ogata y la manipulación formal de Sokurov
devuelven a Hirohito y su época mágicamente a la vida.
Contando como de costumbre con la pintura clásica como fuente de inspiración,
Sokurov baña el film en un tono sepia ocre-amarronado, que recuerda tanto a las
antiguas fotografías deterioradas como a la obra de Rembrandt. A resguardo de la
lluvia de bombas cayendo sobre Tokyo, Hirohito recorre su enorme complejo
subterráneo, un tenebroso espacio vertido en sombras del Expresionismo alemán,
gélido ladrillo y ásperas manchas de luz.
Pero un aspecto aún descuidado de la obra de Sokurov’s, el diseño sonoro, sirve
aquí sutilmente para potenciar el ambiente de ‘antigüedad’: a menudo puede oírse
un suave crujido, el equivalente auditivo al tono sepia —casi como si
estuviéramos escuchando un viejo disco de fonógrafo. Sokurov hace algo aún más
audaz. Muy al principio del film, cuando Hirohito habla, su diálogo parece
deplorablemente desincronizado con respecto a sus labios, que está moviendo constantemente
con extraños espasmos, flojos y horripilantes. Mas lo que parece un error
técnico de bulto pronto se revela como un tic mediante el que Sokurov, como si
fuera la marca del “Dios”, trata de mostrar la tensa y descompensada relación de
Hirohito con su propia fisiología
[2]. Es
éste el tema unificador en la serie del poder. Cada film muestra su héroe
‘caído’ en un estado de compromiso corporal demasiado humano: Hitler sufre de
estreñimiento y otras dolencias en Moloch, en tanto que un agonizante Lenin
delira, con los pantalones bajados, en Taurus. Un reseñador ruso, Anton
Kostylev, halla un símbolo aún más mórbido en el balbuceo de Hirohito: semeja al
de un pez fuera del agua, boqueando para respirar ante la proximidad de los
americanos. También podríamos comparar el incesante movimiento de la boca del
Emperador con el de un predicador que no para de recitar.
Con más palmaria evidencia, durante una de las escenas al inicio el sonido sirve
para comentar con ironía lo que de otro modo habría de constituir un episodio al
‘estilo patrimonial’. Mientras tiene lugar el encuentro del Emperador con su
primera línea de mando, que refiere patéticamente el fatigado patriotismo de las
tropas japonesas al cabo de numerosos reveses, escuchamos los lápices de los
escribas que lo van anotando todo con furia —el paso de la Historia, ya en
proceso, registrando al pie de la letra las palabras en las que habría de basarse
esta escena de El Sol, sesenta años después. Aquí el film pone de manifiesto el
suceso del que parte, mediante el guión que muestra (y nos permite oír) al
tiempo, escribiéndose. Sokurov ha señalado que sus films poseen el ritmo y el
sólido anclaje de lo literario; su trabajo aquí está literalmente basado en el
texto.
El tono sepia, junto con el sonido del tic-tac de un reloj, muestran además la
mutación de vida en Historia durante una escena en la cual Hirohito se ve
reflejado en unas fotografías antiguas: ya va camino de convertirse de carne y
huesos en ‘imagen en movimiento’. En una larga secuencia hacia el final del
film, el proceso parece completarse: el Emperador, habiendo renunciado a su
divinidad, aparece bajo el marco de una puerta, contemplado por un sirviente.
Mientras la cámara articula la panorámica, la figura permanece confinada en el
umbral, ya ‘enmarcada’ en tanto que Historia visual. En cualquier caso, como es
obvio, el film entero representa en su conjunto un marco estético en torno al
pasado.
Otra forma en la cual El Sol recrea mágicamente la Historia tiene que ver con la
elección de primeros planos; aunque Hirohito aparece la mayor parte de las veces
en plano medio (en ambientes privados) y en plano largo (en público), en
momentos puntuales Sokurov nos ofrece lo que podríamos denominar primer plano de
‘faktura’: del pelo y del sudor de la cabeza del sirviente, la tinta de un
ejercicio de caligrafía, unos guantes. Señalan éstos la rica textura y los
detalles mínimos de un mundo desaparecido hace tiempo, casi reanimado por vía de
lo sobrenatural. Lo que podríamos vincular a la ‘resurrección’ fantasmal de
Anton Chejov en Roca (Kamen, 1992) y a otras obras
[3].
El plano de ‘faktura’ se combina más sutilmente con el tema ‘histórico’ cuando el
aniñado Hirohito, que siente pasión por la biología marina, examina con
entusiasmo bajo un microscopio una rara especie de cangrejo. La Dorippe
granulata, que se encuentra sólo en lugares muy determinados de la costa
japonesa, posee un caparazón que recuerda mucho al rostro de un guerrero samurái
(Shokurov muestra amorosamente los detalles del caparazón en un extremo primer
plano). Pero sólo los medievalistas japoneses (o los fans del Cosmos de Carl Sagan, donde por primera vez me di cuenta de lo que sigue), sabrán que este
mismo cangrejo se vincula a otro importante episodio de la historia del Japón,
directamente relacionado con la apremiante situación del emperador actual. Los
pescadores de Japón hoy en día evitan comer el crustáceo, en parte a modo de
conmemoración de la Batalla de Danno-ura del 24 de abril de 1185. Durante esta
contienda, decisiva para el futuro de la isla, el samurai Gengi eliminó al clan
rival de los Heike. Para evitar ser detenido, el septuagenario emperador de los
Heike, de nombre Antoku, optó por suicidarse ahogándose en el océano junto con
muchos de sus guerreros. Surgió una leyenda según la cual los samuráis muertos
continúan deambulando por el océano bajo la forma de aquellos escarabajos en
cuyo estudio se deleitaba Hirohito.
La historia de Antoku, según la Leyenda de Heike, representa el destino de un
‘niño del poder’, claramente similar al de Hitler en Moloch y Lenin en
Taurus:
quienes ejercen el poder sobre otros lo pierden eventualmente, de forma
ignominiosa, a menudo junto con la vida. El que continúen siendo recordados
(como fantasmas, monstruos, escarabajo) constituye tan sólo un tibio consuelo.
Hirohito escapará de esa trampa: él renunciará a sus poderes pacíficamente, por
voluntad propia, continuará viviendo como hombre (no como Dios), e incluso
gobernará de manera simbólica durante otros cuarenta y cuatro años. Es el
comienzo de esa ‘mejor’ solución lo que nosotros, espectadores de El Sol,
observamos desplegarse.
Al igual que en otros films, Sokurov confía también en modelos literarios para
su reelaboración metahistórica del pasado. La muerte de Iván Illich, de Leon
Tolstoi parece ser la fuente clave: en una escena humorística que muestra
al Emperador con un nervioso invitado resuena el episodio de las desavenencias a
propósito de los muebles de la novela, en el que Petr Ivanovich y Praskovia
Fedorovna discuten de dinero mientras duerme el protagonista; Hirohito alude
varias veces a un ‘regusto desagradable’ u ‘olor’ en su boca, como Iván Illich.
Más aún, el film comparte con la novela la desconcertante representación del
proceso de la muerte mediante la imaginería del nacimiento/excremento. El
complejo bunker subterráneo del Emperador, que induce a la claustrofobia y le
vemos atravesar en esas tomas sin fin (de modo no muy distinto a como en
El Arca
Rusa), llega a recordar un esófago, los intestinos o el canal del nacimiento a
través del cual le hacen ‘pasar’. Atraviesa una puerta tras otra, guiado hacia
esquinas que revelan a su vez aún más túneles, y en un momento dado llega a un
punto muerto (¿estreñimiento?). Su cuarto incluso se parece a los estrechos
corredores, debido a la inclinación del techo. Cada vez que el emperador emerge
desde este ‘corredor del nacimiento’ a la superficie, a través de un ventanuco,
encarna en una nueva persona: científico de blanco; niño precoz que se dirige a
ver a MacArthur; ‘Charlie Chaplin’ (como ha sido bautizado por los fotógrafos
americanos).
La imaginería del ‘canal del nacimiento’ enlaza con otra de las estrategias del
film para representar el pasado: la mitopoieis clásica. Hirohito debe siempre
ascender para alcanzar la libertad; su rol de Emperador es una prisión soterrada
y se retrata como tal, con tintes infernales. Así como cada uno de sus
movimientos y palabras se rigen por un ritual atrofiante , el espacio ‘celeste’
por encima está lleno de espontaneidad, malentendidos y errores (como cuando los
soldados americanos lo confunden con un sirviente).
El Sol hace una interesante pareja con la pieza de Martin Scorsese
Kundun
(1997), que retrata la vida del XIV Dalai Lama (el actual): ambos films se
inspiran en la vida de Buda. El aniñado Hirohito, después de todo, transita de
una vida de ignorancia y lujo protector al mundo ‘real’ del sufrimiento y la
muerte, representado por el Tokyo devastado que contempla mientras se desplaza
para encontrarse con el general. Como el príncipe Siddharta, aventurándose más
allá del palacio paterno, presencia lo que nunca habría imaginado. Por supuesto,
en su camino hacia la iluminación, el Buda abandona mujer e hijos, en tanto que
al final de El Sol la ‘recompensa’ personal de Hirohito por su renuncia al poder
es la reunión con su esposa y su familia, como en otros mitos.
Durante la escena del encuentro con su primera línea, el Emperador aparece en el
centro de un plano compuesto en homenaje a La última cena de Leonardo, con la
diferencia de que él se sienta más lejos de los otros, señalando de este modo la
soledad del poder. Una vez se ha marchado Hirohito, Sokurov muestra el trono
vacío desde una perspectiva opuesta 180 grados, —lo que da al impresionante
asiento de la divinidad una amplitud mucho mayor que la del grupo de gente
reunida ante él. Una alusión adicional de índole cristiana (siendo Cristo otro
Dios que en última instancia se ‘despojó’ de su divinidad para yacer entre los
hombres) aparece bajo la forma de una reproducción de Los cuatro jinetes del
Apocalipsis de Durero que, mediante un truco óptico de Sokurov, aumenta
espantosamente de tamaño de una toma a la siguiente. Finalmente, el parecido del
Emperador con Charlie Chaplin —subrayado por la actuación impresionante y llena
de elegancia de Ogata, conocido en Japón como actor cómico— le induce por vía
intertextual hacia un panteón moderno de inmortales cinemáticos.
Al mismo tiempo, la manera como Sokurov construye el mito a brochazos parece
asunto trillado e innecesariamente simplista. En un momento dado, el Emperador
da la vuelta a un busto de Napoleón —¡Napoleón!— para no verle el rostro. ¿Y se
comportaron todos los americanos como bestias irrespetuosas (soldados,
fotógrafos) o arrogantes conquistadores del mundo? MacArthur dice en un
determinado momento: ‘Podemos comprar de otras naciones lo que necesitemos. No
necesitamos pescar. ¿Qué puedes comprar?’ En una escena de simbolismo
especialmente sobrecargado, se muestra a las tropas americanas maltratando a una
garza real en las tierras del Emperador; uno de los soldados parece casi
estimularse sexualmente con ello. Los americanos son también gigantes,
literalmente: una toma los muestra de pie, las cabezas cortadas por el extremo
superior de la imagen, en tanto los japoneses, de menor estatura, permanecen en
el encuadre. Esto recuerda a una toma de El segundo círculo (1990), en el que
médicos como torres, sus cabezas sumidas en sombra impenetrable, le indican con
displicencia a Malianov a dónde llevar el cuerpo de su padre muerto. Y, por
supuesto, los americanos siempre andan apresurados: ‘Vamos, de prisa’; ‘Salgamos
ahora mismo de aquí’.
Pero si alguien puede encontrar complejo el occidentalismo de Sokurov, su
primitivo aunque buen intencionado orientalismo impacta en otros como simple
racismo. Como Moskvina ha mencionado, ésta no es en modo alguno una visión
japonesa de Japón, sino una visión sokuroviana idealizada: ‘El Emperador es en
todos los sentidos hijo de la increíble cultura de su isla: reservado, juguetón,
aniñado, ceremonial, magnificente, complejo, refinado; el Japón de Sokurov es un
Japón del alma, que ha anudado el soplo del milagro en una misteriosa isla …’
(29)
Este tipo de representaciones simplificadoras, como ya se ha mencionado, sólo
sirven para ocultar hechos más complejos, entre ellos el imperialismo
expansionista japonés, el racismo de sus guerras en Asia, que llevaron a la
muerte de millones de personas entre 1930-1940. Sokurov no muestra al
‘milagroso’ Hirohito en el centro de estas políticas. Moloch y
Taurus retratan a
sus (blancos) sujetos de un modo más complejo, dado que el espectador se mueve
constantemente de la simpatía ante el declive físico común a Hitler y Lenin, a
la repulsión que le producen tanto sus físicos como sus crímenes. No así en
El
Sol; en el ‘positivo’ vis a vis del film, Hirohito nunca es puesto en cuestión
—Sokurov parece prácticamente ampararlo. Comparemos, por ejemplo, los planos de
Hitler y Lenin en la cama con los de Hirohito: los primeros parecen más
grotescos, más atormentados, más presionados bajo las pesadas mantas que el
dúctil, aniñado, inofensivo emperador cuyo cuerpo yace, soñando, a la vista. Los
otros (el Hitler de oscuras ojeras, el cráneo cupular de Lenin —es interesante
notar que ambos son encarnados por el frecuente colaborador de Sokurov Leonid
Mozgovoi—) son puros Bosch o Breugel, mientras que el torpe pero encantador
Hirohito recuerda a Walt Disney. Pero esto le convierte en nada menos que en una
caricatura inhumana.
[4]
Muchos espectadores de El Sol de Sokurov retendrán particularmente dos escenas
de este defectivo, valientemente operístico y finalmente absorbente film. Una
de ellas muestra a Hirohito horrorizado al recordar una pesadilla: las bombas
explotan sobre la ciudad de Tokyo, toda ella un clamor, arrojadas por el avance
surrealista de un pez a través de la noche infernal. Esta es la guerra, vista en
los términos en que la imaginación pueril de Hirohito puede fantasearlos: desde
El sacrificio (1986), de Tarkovski, no había sido testigo de una visión tan
perturbadora del Apocalipsis. La otra escena tiene lugar al final mismo de la
película, cuando el ahora mortal Hirohito, reunido junto a su esposa, recita un
poema [sakura] que ha compuesto: ‘La nieve en verano es como el cerezo en marzo,
/ el tiempo indiferente borra el uno y el otro’.
Un verso simple, ciertamente, que resume con claridad el tema de la Historia y
sus naderías en el rostro del tiempo. Señala también la aceptación por parte de
Hirohito de su propia finitud, que al menos en este caso condujo a una buena
salida para sí mismo y para su país. Sokurov ha dicho que todo el mal del mundo
proviene del rechazo del hombre a su propia mortalidad; aquí provee un contra
ejemplo. Mas el poema, finalmente, contiene el núcleo de otro de los aspectos de
la poética de Sokurov más pasados por alto: su sentido del humor. Pues los
versos de Hirohito parecen hechos para contener tan sólo la palabra ‘árbol’,
sakura. Difícilmente pudiéramos ver en ello una mera coincidencia homofónica —es
más bien como un guiño hacia la audiencia desde un auteur cuya reputación de
taciturno y melancólico parece haber alcanzado estatura mundial.
¿Insertar tu propio nombre en un poema japonés? ¿Hacer un juego de palabras
multilingüe como parte de un final feliz? Aleksandr Nikolaevich, eso es
casi Nabokoviano.
Ficha técnica
El Sol Rusia, Italia, Francia, Suiza, 2004
Color, 110 minutos
Director: Aleksandr Skurov
Guión: Iurii Arabov
Cámara: Aleksandr Sokurov
Sonido: Sergei Moskhov
Director artístico: Elena Zhukova
Reparto: Issei Ogata, Robert Dawson, Kaori Momoi, Shiro Sano, Shinmei Tsuji,
Taijiro Tamura, Georgy Pitskhelauri
Productores: Igor' Kalenov, Andre Sigle, Marco Muller
Producción: Rusia (Nikola Film, Proline Film), Italia (Downtown Pictures),
Francia (Mact Productions), Suiza (Reforma Film); con la participación de CTC
Television and Lenfilm y laayudad de la Agencia Federal para la Cultura y la
Cinematografía (Rusia), RAI Cinema e Instituto Luce (Italy), y el Centre
National de la Cinématografie (Francia)
Obras citadas
Akindinova, Tat'iana. “Moral' i politika v sovremennom iskusstve: razmyshliaia
nad fil'mami A. Sokurova Molokh i Telets.” Aleksandr Sokurov na filosofskom
fakul'tete. Ed. Elena Ustiugova. St. Petersburg: St. Petersburg State University
Philosophy Department, 2001. 60-63.
Lowenthal, David. Possessed by the Past: The Heritage Crusade and the Spoils of
History. NY: Free Press, 1996.
Maliukova, Larisa. “Solntse, ustydivsheesia svoikh piaten.”
Novaia
Gazeta (21 February 2005).
Mcnab, Geoffrey. “Aleksandr Sokurov’s new film is an upbeat character study of
the Japanese emperor Hirohito.”
Sight and Sound
15.9 (September 2005): 12-14.
Moskvina, Tat'iana. “Odinochestvo sovershenstva.” Iskusstvo kino 5 (2005):
27-31.
Ustiugova, Elena, ed. Aleksandr Sokurov na filosofskom fakul'tete. St.
Petersburg: St. Petersburg State University Philosophy Department, 2001.
White, Hayden. “The Value of Narrativity in the Representation of Reality.”
Critical Inquiry 7.1 (Autumn 1980): 5-27.
Notas
* ‘Existe un famoso mito sobre su juventud: Una vez, taló un cerezo de su padre.
Cuando este le preguntó quién lo había hecho, Washington le dio su famosa
respuesta: «No puedo decir una mentira; fui yo, papá». Según algunas versiones,
su padre no le castigó a causa de su honradez; según otras, su padre admiraba su
honradez, pero le castigó de todas formas. En cualquier caso es probable que sea
un mito, pero aún es importante dentro de la cultura estadounidense, y la frase
«I cannot tell a lie» («No puedo mentir») es ya un cliché, un símbolo de
Washington y la honradez con la que actuaron los que fundaron Estados Unidos de
América’. (Extraído de
Wikipedia, N. del T.)
[1] Maliukova. Sokurov mismo, con declaraciones como las siguientes, sólo ha
conseguido atraerse críticas respecto de su aproximación a la Historia: "Cuando
estuve en Japón, no podía imaginar que aquella gente hubiera sido capaz de
cometer todas esas [atrocidades]. Puedo comprender por qué los kamikaze, que se
arrojaban a sí mismos a los portaviones del enemigo, existieran en Japón. Pero
¿cómo podrían los japoneses, suprimiendo toda su delicadeza, su tradición de
suave voz, sonrisas, reverencias, ―cómo podrían haber llevado a cabo todo lo que
hicieron?" (Ustiugova 15). En algún punto del ensayo abordo brevemente la
construcción orientalista de Japón que hace Sokurov.
[2] “Todos los niños saben que el Emperador es el hijo del Sol”, le dicen. “Pero
mi cuerpo,” replica, “―es como el tuyo.”
[3] Pues en ello estamos, deberíamos al menos mencionar al menos algunas de las
auto-refencias de Sokurov en El Sol. El plano con el que concluye, que
representa una especie de alba brumosa al estilo de Turner en la que el sol sale
sobre un Tokyo devastado mientras pasan los pájaros, recuerda el ‘estudio del
natural’ de 30 minutos en la Primera Parte de Voces espirituales (Dukhovnie
golosa, 1995); la radio de Hirohito parece sintonizar los mismos ruidos extraños
que la de Malianov en El segundo círculo (Krug vtoroi, 1990); en determinados
casos el material pseudo documental recuerda imágenes de La solitaria voz del
hombre (Odinokii golos cheloveka, 1980; estrenada en 1987); escuchamos el mismo
zumbido de moscas que en Madre e hijo (Mat' i syn, 1997).
[4] Moskvina sencillamente denomina a la imagen de Hirohito en El sol un
‘jeroglífico’. Para una más profunda, si no menos cariñosa, visión de Japón
sokuroviana ver su maravilloso documental Una vida humilde (Smirennaia zhizn',
1997).
Imágenes cortesía de Artificial Eye, UK
Nuestro agradecimiento al autor, Joge Alaniz, de la
Universidad Washington, Seattle, por facilitar amablemente la
reproducción de este ensayo.
Traducción: Antonio Mengs
