Miroslav Holub / CUATRO POEMAS

Autor:
Miroslav Holub








VIAJE AL INTERIOR


Viajando a las fuentes del lenguaje
os perdisteis largo tiempo en el paraje de medianoche
donde en vez de piedras yacen ojos abiertos.
Luego, el camino se hundió como el hielo en el charco
y caísteis. Unos miles de años.

Os encontrabais
en una yerma bodega de telaraña sin
ventanas. En el techo se acurrucaban dos
tres palabritas tullidas
(yo...fuera...verde)
y por el suelo rodaba
un gañido.

e Disteis un portazo y ahuecasteis el ala.
El interior acaso, os dijisteis,
el interior quizá esté afuera.






BREVE REFLEXIÓN SOBRE UNA ANCIANA CON CARRITO


Dados una anciana y un carrito,
  es decir, el sistema de una anciana A y un carrito C,

el sistema se mueve del umbral U a la esquina E,
  de la esquina E a la piedra P, de la piedra P
  al bosque B, del bosque B al horizonte H.

El horizonte H lugar es donde termina la visión
  y empieza la memoria.

Sin embargo el sistema se mueve
  a velocidad constante v,
  por una vía constante,
  por un mundo constante y
  por un destino constante,
reanudando su impulso y su sentido
  por sí mismo.

Es un sistema relativamente independiente,
en los parajes de horizonte a horizonte,
siempre una anciana con carrito.

Y así se forma de una vez para siempre
  aquella unidad geodésica,
  unidad de la peregrinación de ida y vuelta,
  unidad del otoño,
  unidad del pan nuestro de cada día,
  unidad del viento y del bajo cielo,
  unidad del hogar en la distancia,
  unidad así como nosotros perdonamos,
  unidad del anochecer,
  unidad de las huellas y el polvo,
  unidad de la vida cumplida amén.






MOSCA


Posada en el tronco de un sauce
observaba
un trozo de la batalla de Crécy,
rugidos,
resuellos,
gemidos,
taconazos y caídas.

Durante la decimocuarta carga
de la caballería francesa
se apareó con un mosco ojopardo
de Vadincourt.

Se frotaba las patas
a los lomos de un caballo destripado,
reflexionando
sobre la inmortabilidad de las moscas.

Se posó, aliviada,
en la lengua azul
del duque de Clairvaux.

Cuando hubo caído el silencio
y sólo el susurro putrefacto
rodeaba los cuerpos
y un par de brazos y piernas,
respingando,
se fajaban aún bajo un haya,
comenzó a poner huevos
en el único ojo
de Johann Uhr,
armero del rey.

Y en esas
la devoró un vencejo
que huía
de Estrées en llamas






EL CABO QUE APUÑALÓ A ARQUÍMEDES


De intrépido impacto
mató la tangente, el círculo
y la intersección de líneas paralelas
en el infinito.

Bajo pena
de descuartizamiento
prohibió los números
del tres para arriba.

En Siracusa ahora
acaudilla una escuela de filósofos,
lleva dos milenios
sentado en la alabarda
y escribe:

un dos

un dos

un dos

un dos.



NOTA: de POEMAS. Traducción: Carlos Cid Abasolo y Šárka Grauová.
Edición: Cátedra /Poesía 1990.





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