Miguel Arnas Coronado / EL CONOCIMIENTO INÚTIL, de JEAN FRANÇOIS REVEL
en

El Conocimiento Inútil
Jean François Revel
Espasa-Calpe S.A., Colección Austral
12 x 19 cm. 450 Págs.
ISBN: 9788467023183
Primera cuestión: se echa de menos en el periodismo actual, y no sólo en España, aunque mi país es el que siento y de él son los periódicos que leo (o más bien hojeo), un Karl Kraus que criticase los hábitos periodísticos, los defectos de estilo, las deformaciones y atentados contra la información que hay en ellos. Un ejemplo. Lo extraigo de El País, quizá el mejor periódico nacional aunque Polanco era mucho Polanco, Cebrián, mucho Cebrián, y la herencia de ambos, mucha herencia. Portada de ese periódico de 15 de marzo de 2008, dos titulares: “El Parlamento vasco se prepara para desobedecer al Supremo”; “Camps agrava el boicoteo del PP a la asignatura de Ciudadanía”. ¿Por qué no “Camps se prepara para desobedecer al Ministerio de Educación con la asignatura de Ciudadanía”, y “El Parlamento vasco boicotea las decisiones del Gobierno y del Tribunal Supremo”?, pues porque no. Aclaremos, para los lectores no españoles de esta revista electrónica, que Camps es el presidente autonómico de la Comunidad Valenciana, miembro del partido de centroderecha que ahora está en la oposición al Gobierno central; el Parlamento Vasco, y el gobierno de esa Comunidad están compuestos mayoritariamente por miembros de un partido nacionalista moderado, también de derechas aunque no opuesto al partido que señorea la actual Administración, y que colabora con éste en un pacto de gobierno, pues el PSOE no está en mayoría; y que el diario El País pertenece al Grupo Prisa, bastante afecto (siempre lo ha sido) al partido de centroizquierda actualmente en el Gobierno. El problema, en El País, y en tantos otros periódicos, está en los titulares. Poca gente lee los artículos y mucha los titulares, de modo que el secreto del manejo de la opinión pública está en ellos. Sin embargo, los artículos de fondo y de opinión de ese periódico son extraordinarios, de una libertad y pluralismo inmensamente dignos, lo mismo que los artículos de fondo y de opinión de otros periódicos españoles. Pero, ¿quién se lee los artículos de fondo y de opinión? Casi nadie, por eso carecen de importancia. O si la tienen es para gente normalmente bien formada a quien será difícil manejar.
Segunda cuestión: ¿quién permanecerá impávido si un tercero, casi externo a la familia, le critica y señala los defectos de padre, madre, hermanos, cónyuge o hijos?, ¿quién escuchará con paciencia y reflexionará sobre esos defectos, primero para dilucidar si son verdaderos o no, y segundo para tratar de apañarlos, o cuanto menos, no caer uno mismo también en ellos?
Pues bien, ambas cuestiones aborda Jean François Revel en su libro El Conocimiento inútil, y ambas son dolorosas para quienes, por ascendencia de clase o simple y llanamente por ideología, nos sentimos de izquierdas, es decir adoradores del liberalismo en lo social y de lo social en lo económico.
La tesis de Revel es que el mucho conocimiento que los miembros de nuestras sociedades avanzadas estamos teniendo, la mucha, que no excesiva, información, no nos está sirviendo para mejorar nuestro sentido crítico, y la culpa se la echa a quienes han cargado las tintas sobre el engaño izquierdoso. Traducido, en la antigua querella entre Sartre y Camus, en la que aquél aseguraba que se debía disimular los defectos (¿los millones de muertos producidos por Stalin fueron un defecto o un genocidio, un crimen contra la humanidad?) del socialismo real, mientras éste argumentaba que la mentira no iba a beneficiar para nada a la lucha social, Revel toma radicalmente partido por Camus, y así lo dice en el último capítulo de este libro.
Pero el conocimiento no lo hace proceder Revel tan solo de los medios de comunicación. La escuela es una vía de conocimiento, secundaria, sí, pero considerable, y la crítica demoledora que hace del sistema educativo francés, entonces en vigor y en vigor hoy en España (o al menos un sistema basado en parejos principios), es digna de ser tomada en consideración.
Revel fue profesor de filosofía en Latinoamérica, profesor de periodismo en Francia y director de la revista L’Express de la mano de un gran liberal como Raymond Aron. Murió en 2006 y acabó de escribir este libro en el 88, es decir en plena glassnost y antes del derribo del muro de Berlín y de la caída estrepitosa del régimen soviético, de su último dirigente, Gorbachov y del ascenso de Yeltisn mientras se enriquecían los antiguos miembros del aparato del Estado y la KGB se convertía en pleno, como si se hubieran caído del caballo caminito de Damasco, en eficaz mafia, que es el peor estado del capitalismo, confirmando que el régimen había logrado el máximo objetivo del marxismo: la creación del “hombre nuevo”. Hay que considerar este libro, pues, como un libro de historia porque habla de tiempos y situaciones que apenas ya existen. ¿No existen? No sólo la Cuba castrista continúa con su propaganda falsa, sino que los nuevos populistas latinoamericanos insisten en ello. En España se le llama fascista a todo aquel que disiente de las imposiciones nacionalistas (¿no fue el fascismo un derivado esperable del nacionalismo?) o de algunas maneras de la izquierda, y antidemocrático o irresponsable a todo aquel que disiente de determinados estilos de derecha. Vamos bien.
Además, ¿no es el conocimiento de la historia el sistema más eficaz contra la manía humana de repetir los errores pasados, de tropezar trescientas veces en idéntica piedra? Esa función tiene el libro de Jean François Revel, y su lectura será apasionante si uno, además de ponerse las gafas de ver, se limpia de legañas los ojos. Porque hay que ser muy valiente para enfrentarse a esta lectura. Y muy lúcido. Es, pues, un reto del que uno saldrá ganador si, en lugar de enfadarse con el mensajero, se mira dentro y mira a sus congéneres. Se agradecen los libros que incrementan la lucidez. Se agradecen los libros que te dicen la verdad de tu familia, aunque duela.
Jean François Revel
Espasa-Calpe S.A., Colección Austral
12 x 19 cm. 450 Págs.
ISBN: 9788467023183
Primera cuestión: se echa de menos en el periodismo actual, y no sólo en España, aunque mi país es el que siento y de él son los periódicos que leo (o más bien hojeo), un Karl Kraus que criticase los hábitos periodísticos, los defectos de estilo, las deformaciones y atentados contra la información que hay en ellos. Un ejemplo. Lo extraigo de El País, quizá el mejor periódico nacional aunque Polanco era mucho Polanco, Cebrián, mucho Cebrián, y la herencia de ambos, mucha herencia. Portada de ese periódico de 15 de marzo de 2008, dos titulares: “El Parlamento vasco se prepara para desobedecer al Supremo”; “Camps agrava el boicoteo del PP a la asignatura de Ciudadanía”. ¿Por qué no “Camps se prepara para desobedecer al Ministerio de Educación con la asignatura de Ciudadanía”, y “El Parlamento vasco boicotea las decisiones del Gobierno y del Tribunal Supremo”?, pues porque no. Aclaremos, para los lectores no españoles de esta revista electrónica, que Camps es el presidente autonómico de la Comunidad Valenciana, miembro del partido de centroderecha que ahora está en la oposición al Gobierno central; el Parlamento Vasco, y el gobierno de esa Comunidad están compuestos mayoritariamente por miembros de un partido nacionalista moderado, también de derechas aunque no opuesto al partido que señorea la actual Administración, y que colabora con éste en un pacto de gobierno, pues el PSOE no está en mayoría; y que el diario El País pertenece al Grupo Prisa, bastante afecto (siempre lo ha sido) al partido de centroizquierda actualmente en el Gobierno. El problema, en El País, y en tantos otros periódicos, está en los titulares. Poca gente lee los artículos y mucha los titulares, de modo que el secreto del manejo de la opinión pública está en ellos. Sin embargo, los artículos de fondo y de opinión de ese periódico son extraordinarios, de una libertad y pluralismo inmensamente dignos, lo mismo que los artículos de fondo y de opinión de otros periódicos españoles. Pero, ¿quién se lee los artículos de fondo y de opinión? Casi nadie, por eso carecen de importancia. O si la tienen es para gente normalmente bien formada a quien será difícil manejar.
Segunda cuestión: ¿quién permanecerá impávido si un tercero, casi externo a la familia, le critica y señala los defectos de padre, madre, hermanos, cónyuge o hijos?, ¿quién escuchará con paciencia y reflexionará sobre esos defectos, primero para dilucidar si son verdaderos o no, y segundo para tratar de apañarlos, o cuanto menos, no caer uno mismo también en ellos?
Pues bien, ambas cuestiones aborda Jean François Revel en su libro El Conocimiento inútil, y ambas son dolorosas para quienes, por ascendencia de clase o simple y llanamente por ideología, nos sentimos de izquierdas, es decir adoradores del liberalismo en lo social y de lo social en lo económico.
La tesis de Revel es que el mucho conocimiento que los miembros de nuestras sociedades avanzadas estamos teniendo, la mucha, que no excesiva, información, no nos está sirviendo para mejorar nuestro sentido crítico, y la culpa se la echa a quienes han cargado las tintas sobre el engaño izquierdoso. Traducido, en la antigua querella entre Sartre y Camus, en la que aquél aseguraba que se debía disimular los defectos (¿los millones de muertos producidos por Stalin fueron un defecto o un genocidio, un crimen contra la humanidad?) del socialismo real, mientras éste argumentaba que la mentira no iba a beneficiar para nada a la lucha social, Revel toma radicalmente partido por Camus, y así lo dice en el último capítulo de este libro.
Pero el conocimiento no lo hace proceder Revel tan solo de los medios de comunicación. La escuela es una vía de conocimiento, secundaria, sí, pero considerable, y la crítica demoledora que hace del sistema educativo francés, entonces en vigor y en vigor hoy en España (o al menos un sistema basado en parejos principios), es digna de ser tomada en consideración.
Revel fue profesor de filosofía en Latinoamérica, profesor de periodismo en Francia y director de la revista L’Express de la mano de un gran liberal como Raymond Aron. Murió en 2006 y acabó de escribir este libro en el 88, es decir en plena glassnost y antes del derribo del muro de Berlín y de la caída estrepitosa del régimen soviético, de su último dirigente, Gorbachov y del ascenso de Yeltisn mientras se enriquecían los antiguos miembros del aparato del Estado y la KGB se convertía en pleno, como si se hubieran caído del caballo caminito de Damasco, en eficaz mafia, que es el peor estado del capitalismo, confirmando que el régimen había logrado el máximo objetivo del marxismo: la creación del “hombre nuevo”. Hay que considerar este libro, pues, como un libro de historia porque habla de tiempos y situaciones que apenas ya existen. ¿No existen? No sólo la Cuba castrista continúa con su propaganda falsa, sino que los nuevos populistas latinoamericanos insisten en ello. En España se le llama fascista a todo aquel que disiente de las imposiciones nacionalistas (¿no fue el fascismo un derivado esperable del nacionalismo?) o de algunas maneras de la izquierda, y antidemocrático o irresponsable a todo aquel que disiente de determinados estilos de derecha. Vamos bien.
Además, ¿no es el conocimiento de la historia el sistema más eficaz contra la manía humana de repetir los errores pasados, de tropezar trescientas veces en idéntica piedra? Esa función tiene el libro de Jean François Revel, y su lectura será apasionante si uno, además de ponerse las gafas de ver, se limpia de legañas los ojos. Porque hay que ser muy valiente para enfrentarse a esta lectura. Y muy lúcido. Es, pues, un reto del que uno saldrá ganador si, en lugar de enfadarse con el mensajero, se mira dentro y mira a sus congéneres. Se agradecen los libros que incrementan la lucidez. Se agradecen los libros que te dicen la verdad de tu familia, aunque duela.
