Luis Palladares / BUSCAR O NO BUSCAR, de Miguel Arnas
Buscar o no Buscar
Miguel Arnas
Ediciones Irreverentes 2007
ISBN: 9788496115958
142 páginas.
Miguel vive en Granada y cuando nos comunicó la aparición de su última novela creímos escuchar, en realidad, varias voces: la del propio Miguel, la del recién nacido libro, la voz de la ciudad, que constituye un punto de referencia personal importante y la voz de la cueva, aquella cueva —dicho en sentido figurado— habitada por las palabras del escritor que tuvimos oportunidad de conocer in situ: un habitáculo oblongo en el piso bajo de la vivienda, a resguardo seguro de las interrupciones, atestado de libros, con una pequeña mesa camilla cuadrada sobre la que reposa el ordenador portátil, y una silla. Una cueva, una caverna; un cobijo, o un mar. Un mar, como todos los mares, simple, con su propia isla de escribir y su ventano de cristal esmerilado para dar suelta a la mirada y que se aleje al interior siempre que lo necesite: la cueva, de Miguel, donde pasan las horas las palabras.
Y en ese pasar las horas, las palabras se juntan con propósitos, unos íntimos, otros debidos. El ser o no ser de la novela se vincula en gran medida al entretenimiento del lector, como sabe cualquiera que haya incursionado en el Quijote, como lo sabían los cuentistas de las Mil y una Noches y todo escritor de best-sellers. Su trayectoria, tal como la entendemos en Occidente, abarca ya unos cuantos siglos a lo largo de los cuales los artistas le han ensayado innumerables variantes con distinta fortuna; en ningún caso, sin embargo, puede permitirse la novela abandonar al lector, privarle del entretenimiento,
tenerlo entre esto y lo otro: seduciéndolo, sacándolo fuera del ritmo cotidiano, haciéndose con sus emociones. La novela tiene que
enganchar: antes de nada, podríamos decir, la novela tiene que enganchar; y sólo después se la juzgará por el lugar a donde nos conduce o la manera de hacerlo.
Miguel ha escrito una novela de suspense que, sin dudarlo, engancha desde las primeras páginas. Una novela para entretener al lector y para tenerlo en vilo. Y lo consigue. ¿Cómo lo hace? Y ¿a dónde le lleva? Al compartir nuestras impresiones es preciso no olvidar que se trata de una novela que
engancha, una novela de suspense, en contra de lo que tal vez las palabras pudieran dar a entender en algún momento. Porque el hecho es que, con todo,
Buscar o no buscar le ofrece al lector algo más que suspense.
Por señalar algo en ese más, digamos que se trata de una novela en la que se mima el idioma, en la que el idioma castellano es puesto en práctica con una dedicación, un cuidado y un nivel de exigencia nada desdeñables. No son muchos los narradores que apuestan por la recreación y la revitalización del idioma; tal vez no lo hayan sido nunca, pero hoy en día la industria del entretenimiento parece relegarlos, más que
nunca, a una zona tan especializada como invisible. Quizás una de las más sorprendentes paradojas del momento que vivimos sea la de que, si bien tenemos acceso a un vasto panorama de medios culturales, no frecuentamos de él sino una pequeñísima parcela.
En la Edad Media no circulaban libros y la mayor parte de la población era incapaz de comprender las palabras del Evangelio. No porque le costara entenderlas, sino porque sólo existían copias de la Biblia en latín, se leía y se decía en latín, y muy pocos sabían latín, la lengua franca en Occidente por aquel entonces. En nuestros días, es cada vez más raro que alguien no sepa inglés, la lengua franca
de facto; y los medios para aprenderlo están a disposición de cualquiera. Además, el ser humano nunca ha tenido un acceso a la cultura propia y a las culturas de todas partes del mundo tan al alcance de la mano como sucede en la actualidad, de manera especialmente significativa desde la llegada de Internet. La diferencia es abismal.
Y sin embargo, como decíamos, nos contentamos con una pequeña parcela: la que menos exige para ser disfrutada, la de fácil y rápido consumo, la que suscita emociones que no alteren el estado de ánimo, y que cuando invite a pensar lo haga moderadamente, sin ir más allá del lugar común, sin crear inquietud, sin poner en peligro ideas que son, a menudo, poco más que una selectiva máscara auto-protectora de opiniones. Continuamos viendo películas y series de crímenes que repiten una y otra vez, con mínimas variantes, un reducido conjunto de argumentos; almacenamos la música descubierta en nuestra juventud y le asignamos el título de ‘la de siempre’ o ‘la de toda la vida’; leemos libros de estilo y contenido reconocible, es decir, aquellos que nos devolverán la imagen que más nos gusta de nosotros mismos. La lista de ejemplos se alargaría interminablemente.
Y nos surge la duda. ¿No hay en todo ello una trampa? Si ser más rico significa despojarse: salir del lugar habitual, renunciar a la costumbre, deshacerse del prejuicio y acoger lo desconocido, captarlo, conocer, en un continuado proceso de aprendizaje —este comportamiento supone inevitablemente dejar fuera lo que de verdad enriquece. Conocer el idioma, por ejemplo. ¿Lo conocemos suficientemente?
El libro de Miguel es muy entretenido, sin ningún lugar a dudas, pero es también un libro de enriquecedora lectura en varios aspectos, entre los cuales el del idioma es tal vez uno de los que de inmediato se aprecia: ya tras la lectura de las primeras páginas el lector se dará cuenta de que se halla ante una más que notable obra literaria.
Pero leamos un párrafo:
«En el matorral que cierra la bocacha, una araña hacendosa ha elaborado su tela durante la noche, con la sola luz de la lluvia y a contra viento. Espera con sabiduría. Posiblemente él mismo, al entrar en la cueva ayer, casi al mediodía, rompió su antiguo nido y trampa. Como el de abajo destrozó sus cuadros o mató sus gallinas, con idénticos salvajismo e inconsciencia. Pero ella puede hacerlo, recuperar su vieja vida, la misma que llevó siempre. Con paciencia infinita y envidiable. Quizá porque no ha pensado hacerlo, ha construido de nuevo su tela y ahí está, como si no hubiera pasado nada. En cambio, él sí piensa y en un momento de su vida pensó cambiar, exiliarse. Ahora su vida está también sujeta por hilos desconsideradamente endebles. Hilos, además, que sostienen una vida que hasta hace muy pocos años no fue la suya. Como si esta araña, hoy, decidiese renunciar a la caza y entregarse a una dieta vegetariana, o construirse un nido de adobes. Pero la araña no toma decisiones, o las que toma son entre esto y aquello, ambas alternativas esperables. Esta es su fragilidad. Este es su exilio. Fragilidad y exilio que debe defender a bocados si es preciso. El sosiego suele sostenerse en postes inestables, en pilones corroídos.» (p. 92)
Baste observar que hay aquí una mirada nueva con motivo de esa tela de araña que secularmente ha fascinado a escritores y poetas, y a no escritores y no poetas.
Cuando estaba preparando estas líneas busqué el párrafo al azar; de pronto, me di cuenta de que en él se expresa de forma contenida lo que constituye el meollo del libro: cuál es el precio a pagar de quien quiere salirse de un camino que ha estado recorriendo gran parte de su vida, en qué sosiego de
postes inestables sostiene su decisión, sobre qué irremediables pilones corroídos; y cómo debe estar dispuesto a defender fragilidad y exilio,
a bocados si es preciso.
Hablábamos de lenguaje; si nos orientamos hacia coordenadas de espacio y tiempo, perspectiva tan clásica como nítidamente delineada en el texto, hallamos que el espacio en que se desarrolla la acción es la casa, una casa y sus inmediaciones; pero en el espacio narrativo la casa convive con una memoria en ruinas o, por mejor decir, en las inmediaciones de la ruina: la casa física, a medida que se desarrolla la novela, se mimetiza paulatinamente en el espacio de la memoria y cobra cierto aspecto ruinoso.
De manera similar, el tiempo en que transcurre la acción, un tiempo concreto, conciso y ordenado, pierde su estructura para convertirse en otro, que podríamos definir como ‘el instante de la memoria’: y este otro tiempo le viene como traje a medida a la percepción que los protagonistas tienen de sus propias vidas, de su pasado y de su presente.
En resumen, espacio y tiempo de la novela son objeto de transformación: no sólo la acción transcurre de manera que la situación creada se va desarrollando hasta el desenlace final; también el lugar que habitan los personajes y las horas que pasamos en su compañía, a la luz de un caos ambiental en el que se suceden la lluvia, el barro, los golpes en la casa y acompañados de sus emociones a veces inaudibles, tan a menudo violentas, se convierten en otra cosa durante la lectura: en cosa de reflexión, en cosa de memoria. En mostrar a la luz los pilones corroídos. En espejo; tal vez no nuestro espejo, el que nos refleja a nosotros mismos, tal vez sí. En cualquier caso, el espejo en que se reflejan otros que podríamos haber sido y que, por tanto, no nos son extraños, en el sentido más hondo del conocido verso de Terencio: ‘soy humano, nada de lo humano me es ajeno’. No nos son extraños, pero la forma de su
humanidad nos sorprende, porque se trata de la humanidad del terrorista.
La novela va paulatinamente convirtiendo un lugar tranquilo de un pequeño pueblo apartado en una jungla humana, demasiado humana, bajo la perversión de la mente. Y los terroristas, protagonistas de la novela, a la par que van destruyendo la casa, quieren protagonizar también la destrucción del tiempo, cada uno a su modo: uno en la vida retirada, acompañado de música y libros, alejado de los otros; otro en la acción, que supone no el distanciamiento sino la supresión de los otros. Diferentes modos de afirmar la individualidad y negar el entorno, de convertirse en dios de la destrucción en el escenario de la destrucción.
¿Qué puede suceder cuando un terrorista decide dar un rumbo nuevo a su vida y abandonar la vía que ha seguido hasta entonces? Que corre el riesgo de convertirse en víctima de su organización. La novela nos plantea exactamente esta circunstancia: y si estamos hablando de humanidad, de relaciones humanas, ¿qué podría ofrecer a su organización el terrorista que se retira? Probablemente varias cosas. De entrada, lo que se ofrece a sí mismo es el hijo, la posibilidad del hijo, la salvación del hijo. En cuanto a su compañero depredador, cara visible de la organización, lo que le ofrece es una retirada como la suya, discreta, anónima, con su dosis incierta de postes inestables y su amarga proporción de pilones corroídos. Pero el depredador no acepta: es más, le ofrece al otro a su vez el duelo; mejor aún, le reta y
le obliga al duelo.
La radiografía que el autor hace del duelo, la defensa a bocados, porque
es preciso, del exilio y la fragilidad, lo presenta como una versión adulta de los juegos de niños. De hecho, distintos momentos de la novela mencionan explícitamente los juegos de la infancia en referencia al juego de la vida: un juego de perseguidores y perseguidos, de atacantes y atacados, con todo lo que ello conlleva: la estrategia, las artes del acecho, la trampa, el engaño, etc. Un duelo, además, primordialmente masculino, representado por fuerzas en relación abrupta con la femineidad: la mujer es tan sólo motivo de comparaciones, envidias y disputas entre hombres, cuando no se la desprecia abiertamente —en lo tocante al sexo femenino, al terrorista se le retrata como un ser claramente misógino, a tal punto que puede provocar una cierta repulsa instintiva.
Todo ello, como es obvio, incide directamente sobre el lenguaje y delimita el campo semántico, destinado en gran parte a enriquecer la descripción y puesta en acto del recelar, el renegar, la provocación y el insulto. Junto a la provocación incesante y el riesgo de la provocación que proviene, según Gracián, del atrevimiento de marcarse un farol en un país implacable con los faroleros (se cita a Gracián no sólo en este contexto, sino en general como guía de entendimiento y aprendizaje de la vida), abunda el insulto.
La novela alberga un catálogo asombroso de insultos del castellano, una lengua ejemplar en este aspecto, proverbial incluso entre hablantes de otros idiomas, según dicen: aunque el catálogo no es exhaustivo, es de señalar la cantidad y variedad de los insultos que se dicen los protagonistas, y eso que el autor se atiene únicamente a los de procedencia española. La riqueza del idioma está aquí también muy bien representada y trabajada, cual corresponde a las exigencias de una escritura que intenta multiplicar la afrenta personal, el farol y la provocación llevada a extremos casi delirantes, esto es, a sacar a los personajes de sus casillas y en la medida de lo posible, acaso también a sacar de sus casillas estéticas al lector.
Mediante éste y otros procedimientos logra la novela meter al lector en la piel de los terroristas. No
se hace mención explícita de un grupo determinado, pesamos que intencionadamente;
como es obvio, siendo los protagonistas españoles surge de inmediato la puesta
en relación con ETA , pero creemos que ha sido voluntad del autor, y consideramos que acertada, escapar de
una identificación cualquiera para consignar cómo funciona la mente de quien ha elegido no abrirse, vivir su mundo cerrado, en ataque permanente contra el exterior, destruyendo al otro. Y de quien optó por desviarse del camino.
De este modo el problema del terrorista que quiere abandonar es el de cualquiera que quiera abandonar; el duelo al que se enfrenta con el terrorista depredador puede serlo
del lector, el duelo al que otros obligan, al que obliga la organización; su angustia puede ser la
propia; y, en definitiva, su humanidad no nos es ajena porque como decíamos antes, nada de lo humano nos es ajeno. Este paradigma, ejemplar y muy valiente, a nuestro modo de ver, es el que se alza sobre la trama, proyecta sentido en el título y acredita el auténtico valor a la novela.
Llegados aquí, y antes de finalizar, cabría preguntarse: ¿pero no se trataba de una novela de suspense? Lo es. Una novela de suspense que entretiene y engancha con altas dosis de irreverencia, con un lenguaje mimado, elaborado y ajustado a los hechos, y con una peripecia capaz de hacernos disfrutar, sentir, pensar y acaso ayudarnos a ver mundo, salir un poco de caminos trillados, construir de nuevo la tela o cuando menos percibirnos como seres en libertad de
buscar o no buscar.
