Kepa Uriberri / PSICODRAMA: Yo tuve que mostrar

El psicodrama ocasionalmente muestra, como una película, a quien evita buscar y analizar, por sí mismo, los traumas y errores recursivos y recurrentes en el comportamiento. El relato muestra el reflejo de la imagen necesaria, sin que el actor sea identificado como propio, de modo de permitir el desdoblamiento crítico, pero no siempre. No se considere infalibilidad alguna, ni tampoco garantía, sino sólo el proceso desnudo. Quizás, a veces, ni el instrumento merece su propio nombre.






En cuanto nació señaló el pecho ominoso de su madre. Ella, amorosa, la comprendió y la acercó a su pezón, también ansioso. A partir de entonces aprendió a indicar los ojos propios, cerrados, si deseaba dormir, su rosado potito si requería atención, sus cascabeles si deseaba jugar, o una manta cuando tenía frío y más. Nunca se la vio llorar, aunque sí triste, muchas veces, tal vez por su propia diferencia que la hacía singular. Cuando la premura era demasiada y la compulsión al llanto casi incontenible, golpeaba sus manitas con fuerza y atraía la atención deseada. Se dice que fue así que aprendió a golpear fuerte, para hacerse notoria.

Ya de niña, sin necesidad de hablar, pues sólo emitía gruñidos, con su mirada de gato que soba, daba a entender sus caricias malevas, aunque iba marcando territorio con polvo de tiza que arrojaba tras las puertas. Muchos creían que no oía, que no comprendía: Esa era su herramienta. Ella sólo señalaba. Su madre, para entenderla lo filmaba todo y lo iba pasando por un teloncito de cartulina con una maquinita de manivela. Cuando deseaba algo, se agazapaba inquieta, detenida al comienzo de un maullido frente al telón. Si la acción tardaba, azotaba, con el rabo, el polvo de tiza de los rincones, suavemente, para apresurar la escena, entonces la madre sabía que debía dar velocidad a la manivela. En el momento, por ejemplo, en que en la cartulina aparecía una serpiente que enroscaba un palo, saltaba felina con el índice presto, y señalaba perentoria. Entonces la madre debía detener la manija sin que se sobrepasara un sólo cuadro del significado que ella quería darle.

¡Ay! de quien, al proyectar sus deseos se detuviera tres cuadros más allá. ¡Ay! de quien, buscando hacia atrás devolviera dos imágenes más o tres menos. ¡Ay! de quien dudara. Su dedo casi joven, casi nudoso, casi caprichoso, señalador, acostumbrado al mando perentorio y obedecido no se apartaba del cartón, sin embargo sollozaba cínica y plañidera o refunfuñaba melosa según el grado de dominio sobre el dudoso. Su rabo, mientras, azotaba ágil, grácil, demorado, lento, la tiza tras la puerta que se extendía como su dominio del territorio.

Al cumplir la primera edad adolescente había arañado y marcado con tiza el corazón de tantos al llegar peinando rizos y volutas, maullando suave (no hablaba jamás y sólo a veces ronroneaba engañosa) y señalando elegidos: Ellos eran su corte y solían interpretar la imagen que detenía la manivela, o se peleaban por manipularla. Después hablaban por ella. Sólo a veces no, pero si lo hacían, el premio era salir rasguñado o a veces profundamente arañado y surcado hasta destrozarles el corazón, cautivo para siempre. Tenía, ya para esa época tres tarjetitas pequeñas, negras, escritas con primor en tizas de diversos colores: "Es que te amo" decía la primera sin signos de puntuación o admiración, otra decía "Me das tanto miedo" y la tercera en letras verde hígado decía simplemente "¡Te rompo la crisma, miserable!". Esta la usaba sólo en raras ocasiones, cuando no era obedecida o si la proyección del cartón se atrasaba o adelantaba más de cinco cuadritos, en señal que su caprichosa voluntad no estaba siendo comprendida. De las otras dos nadie conocía el significado: Tampoco ella misma.

Como sea y sin importar demasiado, al agitar su cola serpenteante barría las tizas de color de las tarjetitas en señal de amenaza o predilección, de falso amor o verdadero. No más. Todo ello dejaba marcas a su territorio mientras se iba o volvía con su andar salvaje y su aroma a madrugadas de bosque y frutas dulces. Al llegar a la edad de merecer, cuando calzó tacones por vez primera cuando descalzó prendas generosa, cuando regaló y poseyó, cuando otra vez y tantas otras fue regalada y nunca poseída salvo cuando echaba polvo de tizas de color en los bolsillos cautivos y detenía la manivela en esa escena que en modo alguno quería decir: "Te llevas algo mío en esos colores" sino "Estás marcado por el dedo que señala" pero inducía confusiones aún cuando todos habían llegado a saber que nada era de este modo claro, sino todo lo contrario, encontró esa voz que dijo: "Sígueme. ¡Alcánzame!" en absoluto silencio y sin decirlo. Entre ellos no hubo compromiso alguno pero ambos sabían. Ella sabía que sería su perdición, el sabía que no era motivo ni señal la tarjetita que esparcía colores que ronroneaban: "¡Siempre esperé amarte y que lo dijeras!". Es que ella no leía, sólo señalaba. Tampoco fue el caso ponerle, en vivos colores y redondas orlas, signos de interrogación. Ni sirvió el furioso vendaval que quería detener la manivela y dibujó erizadas admiraciones negras con sombras blancas y confusos alhelíes, o motas rojas. Entonces, en una nube de tiza de colores difuminados flotó al fin la tarjetita que decía "¡Te rompo la crisma y me la como con harina tostada!", pero la voz siguió cantando una añeja canción sobre la brisa que se lleva la espuma y la risa que canta en la niebla. Ella quería señalar con su dedo nudoso. En la colorida niebla se escuchaba una canción romántica y verdadera, que se alejaba de ella. Sacudiendo la cola corría desesperada tras la voz que canta. La luz de sol, poderoso, que entraba por celosías y losanges destacaba el polvo de tizas de mil colores inútiles que formaba su propia niebla al batir, sensual, el rabo. Por fin, la voz que canta se perdió en la bruma y ya no se oyó más.

Por aquel tiempo su madre, algunos viejos amores poseídos y otros desgarrados por la muestra de su dedo temieron perderla en la neblina persistente, entonces le ataron cintas y campanitas, pulseras y adornos, todos brillantes cuando la luz lograba estrellarlos; así fue como siempre sabían encontrarla por el tintinear de cascabeles en medio de su propia oscuridad.

Ella ya creyó que era reina.




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