Miguel Arnas Coronado / MALDITAS SEAN LAS MENTIRAS Y SEAN CONDENADOS AL OLVIDO LOS EMBUSTEROS

Ajmátova, Mandelstam, Tsvietáieva





Hace tiempo me viene rondando la cabeza someter mi escasa capacidad como articulista, reseñista o llámesele como quiera, al reto de escribir algo sobre estos tres poetas rusos. El disparadero me vino cuando se me ocurrió llevar a clase (soy profesor de educación secundaria) un libro editado en bilingüe, concretamente Tres poemas mayores, de Marina Tsvieáieva, para que una alumna mía de 16 años, Kárpova de segundo apellido y de madre rusa como se puede colegir, me leyese en ruso alguno de esos versos para ver cómo sonaban en la lengua original. Natalie, cuya dulzura viene agigantada por unos rasgos ligerísimamente orientales, leyó en voz baja (échesele la culpa a su timidez). También a ella le impresionaron los poemas, aunque disintió de la traducción. A mí me impresionó escuchar aquella música en sus labios como si una Tsvietáieva resucitada y con 16 años hubiese vuelto para bendecirnos.

No es tan descabellado. Marina Tsvietáieva publicó su primer libro con 18. Pero no es cuestión de precocidad sino de genio, de música. En la Rusia de aquellos años nacieron artistas como setas tras chubasco. Poetas, novelistas, bailarines, pintores, coreógrafos, músicos son primero desilusionados y posteriormente masacrados por un Estado totalitario, por una burocracia estúpida, por una religión cuyo máximo profeta está en el Kremlin y a quien rodean profetillas que, con tal de no ser a su vez fusilados, serán capaces de mandar al paredón o al kulak a quien se le presente por delante, cosa que no les librará tampoco de ser fusilados. Ni siquiera Lunacharski les pareció suficiente en la represión de la intelectualidad y lo desplazaron hacia España como diplomático, muriendo en el viaje a Madrid. Stalin recurre a Gorki y éste aplica su rasero. Las consecuencias las tenemos claras, creo, pero continúan coleando las mentiras. A fin de cuentas, cambiar la historia es tan fácil como borrar a alguien de una fotografía, y en eso fue experto Stalin. Schostakovich siempre tuvo la maleta hecha, a punto de partir para Siberia. Osip Mandelstam decía que “en Rusia se respeta tanto la poesía que hasta se mata por ella”.

Marina Tsvietáieva emigró a Francia tras la revolución, en 1922. En 1938 volvió a la URSS. Su hija Alia fue internada en un campo de concentración (cierto que no eran, como los Lager alemanes, campos de exterminio, pero también es cierto que a Miguel Hernández no lo mató el franquismo: lo dejaron morir, que no es lo mismo); su marido, también prisionero, fue fusilado, y su hijo Mur, enviado al frente donde murió en combate. Marina se suicidó en 1942 con la misma cuerda, al parecer, con la que había atado la maleta que usó en su retorno. Conocida es la incapacidad soviética para dotar a los mercados de artículos de consumo, ni siquiera eran capaces de fabricar y vender cuerdas con las que ahorcarse.

Marina fue, de todos ellos, la única que no creyó de principio en la revolución, y su incredulidad no lo fue desde el conservadurismo. Marina profesaba algo semejante a la divina acracia y en seguida se percató de en qué horror de sangre y silencio se estaba convirtiendo aquello que tanto prometía.

Escribió: “El tambor de los dedos/ se acelera (el cadalso). / -Nos iremos.- Moriremos,/ esperaba, ¿no es más simple?”. Escribió: “Si a Rusia has ido, el otro mundo en éste/ has visto. ¡El umbral más seguro!”. (Traducciones de Severo Sarduy)

Osip Mandelshtam dijo del acmeísmo, movimiento poético al que pertenecieron todos menos Tsvietáieva, que iba por libre y no consiguió nadie catalogarla ni encasillarla, que era “nostalgia de una cultura mundial”. Paul Celan aseguró que su poesía no habría sido la que era sin la de Mandelshtam. Un poema satírico sobre Stalin desencadenó la tragedia. Primero le obligaron a escribir una oda al tipo aquel georgiano y con bigote (por suerte, Mussolini no llevaba bigote, de lo contrario, todos los que lo lucimos correríamos el riesgo de ser asimilados a la tiranía), pero esa escritura humillante no le libró de ser deportado a un campo cerca de Vladivostok, y él, que estaba enfermo del corazón no soportó, probablemente, ni siquiera el viaje. Tampoco el corazón de Max Jacob soportó ser detenido por los alemanes. Decidme ¿hay diferencia?

Mandelshtam sí confió en la revolución, pero sólo en sus albores: no es tan fácil engañar a una persona inteligente. Lo que ocurre es que ni siquiera él pudo prever hasta dónde llegaría el asunto con alguien como el camarada Iosip Dzhugachvili, alias el georgiano y tocayo del poeta.

Escribió: “Sólo me queda una preocupación en la vida: la preciosa preocupación/ de desprenderme del peso del tiempo”. Escribió: “Hay mujeres que nacieron en una húmeda tierra./ Cada uno de sus pasos es un sollozo sonoro,/ y su vocación, acompañar a los muertos/ y ser las primeras en saludar a los que resucitan./ Pedirles caricias es un crimen/ y separarse de ellas, imposible/ Hoy ángel, mañana gusano en la tumba/ y pasado mañana sólo un difuso contorno”. (Traducciones de Jesús García Gabaldón)

Anna Ajmátova: su marido, Nikolái Gumiliev, fundador del acmeísmo, fue fusilado a poco de comenzar la revolución por antirrevolucionario. Ya se habían divorciado, pero el dolor no fue menor, además, ser la viuda, porque sutilezas del tipo ex-viuda no cuadran a la brutalidad del burócrata-represor, le representó más de un disgusto porque su condición le hizo sospechosa de todo lo habido y por haber; también esos burócratas-represores conocían y aplicaban el muy conservador y burgués refrán de que dos que duermen en el mismo colchón, son de la misma opinión. Con todo, el mérito de la Ajmátova no fue de su marido sino propio. De ella dijo Georges Adamovitch: “No era una belleza, era más que eso, era mejor que eso”.

Llegó la revolución, a la que apoyó en principio, y empezaron los problemas: era sospechosa. A Mayakovski no le gustaba, era poesía pequeño burguesa, y eso entre poetas ya sabemos lo que quiere decir: viviendo en democracia, que el pope te critique querrá decir que ya no vuelvas a publicar; viviendo en dictadura tampoco volverás a publicar, te harán la vida imposible si no te fusilan, y te obligarán a expatriarte si es que puedes o te meterán de cabeza en algún campo de “reeducación”. Algo antes de la guerra del 41-45, escribe a Stalin para conseguir la liberación de su hijo Lev, cuyo delito era llamarse Gumiliev de apellido, y la de su marido, Punine; logró su liberación. Durante esa guerra se moviliza para apoyar a la Unión Soviética contra la invasión alemana, compone poemas patrióticos, hace lecturas poéticas a las tropas, a los habitantes de las ciudades bombardeadas. En agradecimiento, Zhdánov, creador del Kominform, en su afán por criticar (léase reprimir) las desviaciones pequeñoburguesas de la literatura y de las artes, la califica de monja-puta, asegurando que en sus poemas mezcla la fornicación con la plegaria y que corrompe a la juventud. De nuevo su hijo y su marido son encarcelados y a ella se le veta cualquier publicación. Escribe una oda a Stalin para congraciarse con el gobierno. Al mismo tiempo va componiendo su colección de poemas Réquiem, dedicado a las mujeres que hacen cola frente a las cárceles para hacer llegar un paquete o algo de consuelo a los prisioneros políticos. Poema a poema va leyéndoselos a 6 ó 7 personas amigas que los memorizan en reuniones para tomar el té, al final de las cuales ella quema los escritos para evitar comprometerse. Nadie la traiciona. Sus poemas circulan en samizdat, es decir en copias manuales, por toda Rusia como más tarde circuló el Doctor Zhivago, de Pasternak. Tarda 18 años en conseguir la liberación de su hijo Lev. Su marido muere en prisión. Sólo Khruschev inicia una leve rehabilitación y permite que se publiquen algunos poemas censurados y modificados, a veces, palabra a palabra. Incluso al final se le permitió viajar al extranjero: Italia, Francia, Inglaterra. Años antes había sido propuesta al premio Nóbel; aterrorizada porque no fuera a pasarle igual que a Pasternak, que tras la concesión del premio no tuvo más que problemas y no pudo ir a recogerlo, sintió un gran alivio cuando la petición fue desestimada.

Tsvietáieva dijo de ella: “¡Musa del llanto, la más hermosa!/ ¡espectro alocado de la blanca noche!/ Tus remolinos de negra nieve sobre Rusia caen,/ -tus gritos- flechas que hieren”. ¿No recuerda esa “negra nieve” a la “negra leche del alba” de Celan?, ¿será que eran lo mismo unos que otros y no nos habíamos dado cuenta? Ajmátova dijo de Tsvietáieva: “Hoy he vuelto a casa./ Mirad, campos maternos,/ lo que por ello ha sucedido./ La tierra se ha tragado a los que amo,/ y la casa paterna está arrasada”. (Traducción de Lola Díaz y Elizabeth Burgos)

Escribió: “Me suspendéis como a una fiera muerta/ en un garfio ensangrentado,/ para que, burlonamente y sin fe,/ los forasteros deambulen alrededor/ y escriban en los venerables diarios/ que mi incomparable don se ha extinguido,/ que fui poeta entre poetas/ pero mi decimotercera hora ha llegado”. (Traducción de Belén Ojeda).

En el año 88, un amigo muy querido me trajo de Rusia, donde había sido becado para licenciarse en lengua y literatura rusas, un libro antología de Poesía Soviética, de la Biblioteca de Literatura Universal, de Editorial Arte y Literatura de La Habana, 1987. El libro estaba infernalmente traducido, desde luego sin los poemas originales, por un sin fin de personas, me imagino que la mayoría cubanos. Algunos poemas habían sido traducidos manteniendo la rima, que por arte de estupidez se había convertido en ripio. Es un fallo que puede tener cualquiera, a fin de cuentas hay diversas escuelas de traducción. Lo curioso, de veras, del libro, son las diminutas reseñas biográficas de cada uno de los poetas, a menudo tan ripiosos como las traducciones. Si eso fuera sólo así, la cosa se quedaría en anécdota y el libro, al revés de la amistad con mi amigo, se llenaría de polvo en un estante, indigno de ser siquiera consultado. Pero cuando la mentira entra de lleno en la historia, es peor que cuando un indeseable se cuela de rondón en una comunidad. No voy a hacer ningún comentario porque los textos hablan por sí mismos.




“Tsvetáieva, Marina (1892-1941). Notable poetisa rusa soviética, hija del conocido filólogo ruso Iván Tsvetáev, fundador del Museo de las Artes de Moscú. Tsvetáeva comenzó su actividad literaria a los dieciocho años como participante en el concurso «A Puskin». Desde entonces su vida estuvo dedicada a la poesía. Su interés por los motivos folclóricos fue uno de los principales rasgos de su obra, junto con el motivo del amor no correspondido. En los años que precedieron la Segunda Guerra Mundial sonó con fuerza su voz en los poemas Lectores de periódicos y El poema del final, en los que ataca los apocalípticos deseos revanchistas y el mundo burgués carente de sentido. Sus libros: Versos a Blok (1922) Despedida (1923) y Después de Rusia (1928)”.




“Mandelshtam, Osip (1891-1936). Poeta ruso soviético. Cursó estudios en la Universidad de Petersburgo. Se inicia como poeta en 1910, fuertemente influido por los simbolistas rusos. Fue uno de los principales representantes de la corriente acmeísta. Su poesía está saturada de motivos e imágenes de la historia y la cultura universal. Sus más importantes colecciones de poemas son La piedra (1913), Tristia (1922) y el ciclo Los cuadernos de Voronezh, publicado en 1966 (¡sic!). Escribió además prosa autobiográfica, artículos y el libro Conversación sobre Dante, publicado póstumamente (¡sic!)”.




“Ajmátova, Anna (1889-1966). Poetisa y traductora rusa soviética. Estudió derecho e historia de la literatura. Debutó con la colección de versos líricos La noche (1912). Escribió también composiciones mayores, como el poema El año novecientos trece (1940-1966) (¡en realidad, ella escribió un libro llamado Anno domini MCMXXI!), pero la forma fundamental de su creación es la miniatura lírica que recuerda fragmentos de conversaciones o de confesiones, captados en el momento culminante del estado espiritual del hombre. Recorrió un largo camino de búsquedas para llegar a la esencia de la realidad postrevolucionaria, expresando finalmente sus experiencias en el ciclo Sauce (1940) y en la colección De seis libros (1940). Durante la guerra aborda en sus poemas el tema patriótico y escribe versos en defensa de la paz”.




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