Winston Morales Chavarro / Tres poemas del libro: MEMORIAS DE ALEXANDER DE BRUCCO
en
LA CANCIÓN DE LUCIFER
Mi ídolo de bronce es el abismo
El fuego, las cavernas.
La vida del maldito
-desterrado de la luz y las alturas-
Se péndula entre el mal, el bien, lo dionisiaco.
No maldigo de las sombras
No aspiro a las venganzas,
Continúo con mi vestidura satánica
Instruyéndome en el bien
Y solazándome en el mal.
Los más doctos dicen que fui expulsado del espejo,
Que mi imagen vagabundea por los laberintos y paradigmas de la muerte.
Pocos saben que conservo mi posición de ángel
Que aparezco majestuoso cuando miro mi belleza ante las nubes
Que mi sabiduría multiplica la ignominia de los justos
Y la nobleza de los desterrados
Contagia de belleza a los malditos.
Voy del ascenso al descenso
Como el viento que hila los caminos:
No creo en la maldad, en el bien,
En el pasado, en el futuro
Pues los cuatro están confinados en las sombras
Y las sombras
En el hades de un espejo orbicular.
No maldigo a las alturas
No me duele la caída
Hay un punto en que todo deja de ser contradictorio
Y nada en este punto se excluye sino que interacciona.
¿Quién ha dicho que el abismo no es la altura?
Qué la maldad,- producto de la belleza-,
No es el bien?
Que las sombras no son la luz?
Que el caído no es el levantado?
Pocos saben que sobrevuelo el infinito,
El paraíso, la manzana,
Que mi vestidura de Vampiro
Me da el elixir de la noche,
Que sustraigo del día los frutos del iluminado
Y que espero sabiamente el último camino
Para empezar mis andanazas
Por la otredad, por la vaguedad,
Por lo inmensurable,
Por lo indefinible.
BEELZEBUB DE PALESTINA
Sí, tú eres aquél
Príncipe de los infiernos
Noble ángel de los desterrados
Descifrador de paradigmas escritos en las noches
Y multiplicador de diluvios sobre las hogueras de la muerte.
Sí, tú eres aquél
Pero cuánto distas de ser
El de aureola destellante,
Cuánto distas de la luz
A pesar de sobrecogerte en otra luz
Y cuánto de la oscuridad
A pesar de instruirte en otra oscuridad.
Sí, tú eres aquél
Ángel o demonio
El que ahora se pasea por los intrincados laberintos
Miles de servidores ahora te coronan
Se deslizan por la orilla del vasto funeral
Sobre una muerte serena que te sobrecoge;
Una muerte que se ensancha
Como la curva, como los ángulos.
Sí, tú eres aquél
El del paraíso perdido y nunca recobrado
-sobran fuerzas paro no recobrarlo-
Tu delicia recae sobre el silencio que viene
Sobre la sabiduría humilde que centellea en la noche:
Pensamiento que se dibuja como una barca
En el océano de los afligidos.
Sí, tú eres aquél
-Gozas con este distintivo-
una estrella de hojas
reposa en tu frente de hiedra quemada
y vagas por el mundo
igual que otro iluminado
restituyendo el camino para los menos doctos
y provocando, a partir de tu imagen alucinante,
la animadversión a las olas ardientes de tu precipicio ,
a la tierra despreciable de los infiernos.
LA VISIÓN DE MOLOCH
¡Desgracia a los habitantes de la Terra!
Arremetió el maligno del infierno
Mientras veíamos discurrir
Las hondas guerras del desierto
Por los pasajes de la arena
Y sus cóleras inflamadas.
¡Desgracia! ¡Desgracia!
Los pájaros de fuego
-Encorvados por la cabellera elástica del cosmos-
surcaban los laberintos electromagnéticos del éter
y soltaban por doquier
su huevo de ira y uva venenosa
desvertebrando como un soplo
el país de los cedros y los pinos.
Por entre los montes de Armenia y el Golfo Pérsico
-En donde alguna vez se situó el paraíso-
vaga ahora, desde la época de las lunas crecientes,
el hijo de la noche.
Bañado por el Tigris, el Eufrates, el Nilo y el Pisón
-Revestido como lo que fue, antes de la rebelión y la caída-
el maligno del infierno
se pasea con sus tentáculos de muerte,
con sus hiedras vengativas y siniestras
destruyendo todo lo que aventure por el mundo.
¡Desgracia a los habitantes de esta Tierra!
Vocifera con la fuerza de los acantilados
Y las voces enhiestas de las rocas.
Una cohorte de fantasmas
Le secundan en el canto,
Un séquito de hombres
Le tributan con aceites.
Desde Aurán hasta California ,
Desde las torres reales de la gran Seleucia
hasta las bocas cerradas del Mississippi
se pasea el maligno del infierno
por las llanuras volátiles de Proserpina.
Sus principados y potestades
Se doblegan como ramas
Al paso majestuoso de los falsos evangelios.
Sus columnas de humo y fuego
Continúan tatuándose en la tierra
Como una señal de insólitos presagios
Mientras la noche se retuerce
Al florecer del hongo radioactivo
Y el hombre
Evocando la memoria de la Sodoma de los moabitas
Queda prendido al viento
Como la estatua del Apocalipsis,
La torre de sal de los últimos sepulcros.
XV PREMIO NACIONAL DE POESÍA UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA por su obra: MEMORIAS DE ALEXANDER DE BRUCCO
Mi ídolo de bronce es el abismo
El fuego, las cavernas.
La vida del maldito
-desterrado de la luz y las alturas-
Se péndula entre el mal, el bien, lo dionisiaco.
No maldigo de las sombras
No aspiro a las venganzas,
Continúo con mi vestidura satánica
Instruyéndome en el bien
Y solazándome en el mal.
Los más doctos dicen que fui expulsado del espejo,
Que mi imagen vagabundea por los laberintos y paradigmas de la muerte.
Pocos saben que conservo mi posición de ángel
Que aparezco majestuoso cuando miro mi belleza ante las nubes
Que mi sabiduría multiplica la ignominia de los justos
Y la nobleza de los desterrados
Contagia de belleza a los malditos.
Voy del ascenso al descenso
Como el viento que hila los caminos:
No creo en la maldad, en el bien,
En el pasado, en el futuro
Pues los cuatro están confinados en las sombras
Y las sombras
En el hades de un espejo orbicular.
No maldigo a las alturas
No me duele la caída
Hay un punto en que todo deja de ser contradictorio
Y nada en este punto se excluye sino que interacciona.
¿Quién ha dicho que el abismo no es la altura?
Qué la maldad,- producto de la belleza-,
No es el bien?
Que las sombras no son la luz?
Que el caído no es el levantado?
Pocos saben que sobrevuelo el infinito,
El paraíso, la manzana,
Que mi vestidura de Vampiro
Me da el elixir de la noche,
Que sustraigo del día los frutos del iluminado
Y que espero sabiamente el último camino
Para empezar mis andanazas
Por la otredad, por la vaguedad,
Por lo inmensurable,
Por lo indefinible.
BEELZEBUB DE PALESTINA
Sí, tú eres aquél
Príncipe de los infiernos
Noble ángel de los desterrados
Descifrador de paradigmas escritos en las noches
Y multiplicador de diluvios sobre las hogueras de la muerte.
Sí, tú eres aquél
Pero cuánto distas de ser
El de aureola destellante,
Cuánto distas de la luz
A pesar de sobrecogerte en otra luz
Y cuánto de la oscuridad
A pesar de instruirte en otra oscuridad.
Sí, tú eres aquél
Ángel o demonio
El que ahora se pasea por los intrincados laberintos
Miles de servidores ahora te coronan
Se deslizan por la orilla del vasto funeral
Sobre una muerte serena que te sobrecoge;
Una muerte que se ensancha
Como la curva, como los ángulos.
Sí, tú eres aquél
El del paraíso perdido y nunca recobrado
-sobran fuerzas paro no recobrarlo-
Tu delicia recae sobre el silencio que viene
Sobre la sabiduría humilde que centellea en la noche:
Pensamiento que se dibuja como una barca
En el océano de los afligidos.
Sí, tú eres aquél
-Gozas con este distintivo-
una estrella de hojas
reposa en tu frente de hiedra quemada
y vagas por el mundo
igual que otro iluminado
restituyendo el camino para los menos doctos
y provocando, a partir de tu imagen alucinante,
la animadversión a las olas ardientes de tu precipicio ,
a la tierra despreciable de los infiernos.
LA VISIÓN DE MOLOCH
¡Desgracia a los habitantes de la Terra!
Arremetió el maligno del infierno
Mientras veíamos discurrir
Las hondas guerras del desierto
Por los pasajes de la arena
Y sus cóleras inflamadas.
¡Desgracia! ¡Desgracia!
Los pájaros de fuego
-Encorvados por la cabellera elástica del cosmos-
surcaban los laberintos electromagnéticos del éter
y soltaban por doquier
su huevo de ira y uva venenosa
desvertebrando como un soplo
el país de los cedros y los pinos.
Por entre los montes de Armenia y el Golfo Pérsico
-En donde alguna vez se situó el paraíso-
vaga ahora, desde la época de las lunas crecientes,
el hijo de la noche.
Bañado por el Tigris, el Eufrates, el Nilo y el Pisón
-Revestido como lo que fue, antes de la rebelión y la caída-
el maligno del infierno
se pasea con sus tentáculos de muerte,
con sus hiedras vengativas y siniestras
destruyendo todo lo que aventure por el mundo.
¡Desgracia a los habitantes de esta Tierra!
Vocifera con la fuerza de los acantilados
Y las voces enhiestas de las rocas.
Una cohorte de fantasmas
Le secundan en el canto,
Un séquito de hombres
Le tributan con aceites.
Desde Aurán hasta California ,
Desde las torres reales de la gran Seleucia
hasta las bocas cerradas del Mississippi
se pasea el maligno del infierno
por las llanuras volátiles de Proserpina.
Sus principados y potestades
Se doblegan como ramas
Al paso majestuoso de los falsos evangelios.
Sus columnas de humo y fuego
Continúan tatuándose en la tierra
Como una señal de insólitos presagios
Mientras la noche se retuerce
Al florecer del hongo radioactivo
Y el hombre
Evocando la memoria de la Sodoma de los moabitas
Queda prendido al viento
Como la estatua del Apocalipsis,
La torre de sal de los últimos sepulcros.
XV PREMIO NACIONAL DE POESÍA UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA por su obra: MEMORIAS DE ALEXANDER DE BRUCCO
