Adolfo Vásquez Rocca / PARA HABLAR CON LOS MUERTOS
Georg Trakl
Para hablar con los muertos
“Para hablar con los muertos
hay que elegir palabras
que ellos reconozcan tan fácilmente
como sus manos
reconocían el pelaje de sus perros en la oscuridad.
Palabras claras y tranquilas
como el agua del torrente domesticada en la copa
o las sillas ordenadas por la madre
después que se han ido los invitados.
Palabras que la noche acoja
como los pantanos a los fuegos fatuos.
Para hablar con los muertos
hay que saber esperar:
ellos son miedosos
como los primeros pasos de un niño.
Pero si tenemos paciencia
un día nos responderán
con una hoja de álamo atrapada por un espejo roto,
con una llama de súbito reanimada en la chimenea
con un regreso oscuro de pájaros
frente a la mirada de una muchacha
que aguarda inmóvil en un umbral.”
[2]
Jorge Teillier
La poesía como nostalgia
La poesía de Georg Trakl, de estilo abrupto y violento, poseía una rara
densidad, en ella se une la nostalgia de la ternura y el presentimiento del
fin del mundo. Sus premoniciones de desolación no podían ser comprendidas
por sus coetáneos, confiados todavía en las apariencias del esplendor
finisecular. Tampoco se podía comprender la videncia del poeta ruso Andrés
Biely, el que escribía en 1921: “El mundo volará / por el estallido de una
Bomba Atómica / en gavillas de electrones. / Descarnada hecatombe!”. En
Trakl aparece un mundo de nostalgia y decadencia. Ya en 1917 Rilke escribía:
"la poesía de Trakl es para mí el más conmovedor de los lamentos ante un
mundo imperfecto".
La de Trakl es una poesía que alude con melancolía a la casa de sus
antepasados; a su ciudad natal, al paisaje de la comarca. Allí aparece
un mundo de nostalgia y decadencia, propio de una ciudad que durante la Edad
Media había tenido un gran esplendor, y que vivía de un pasado
irrecuperable. Por oposición a la ciudad, Trakl se vuelve a la naturaleza, a
la que ve exenta de la culpa de la caída
[3].
Así la ciudad de Trakl es imagen de la decadencia del mundo occidental que
está relacionado con la figura poética del forastero, el solitario, el
apátrida, cuya culpa radica sólo en el hecho, por lo demás inevitable, de
existir en este mundo donde sólo habitan exiliados.
En contraposición a este tipo de nostalgia, la obra del poeta Jorge Teillier
-el fundador de la tendencia conocida como poesía lárica, giro que
denomina un tipo de escritura que pone énfasis al recuerdo del "paraíso
perdido" de la edad primigenia, en la tierra ancestral, indagando los
orígenes primordiales del ser humano- hace alusión constante al
terruño, a la infancia, al hogar y al paisaje rural, pero como el lugar
idílico al qué volveremos, de allí su particular nostalgia, la nostalgia
del futuro. La forma de representación del mundo lárico es, en Teillier,
el idilio, que se despliega como representación estática de una particular
forma de vida -donde los habitantes de la aldea establecen relaciones de
cooperación, correspondencia y armonía consigo mismo, con la colectividad y
la naturaleza. Una unidad de vida y paisaje preservada sólo por
el poeta, por el guardián del mito.
Para Teillier “el poeta debe dar cuenta primero del mundo que lo rodea a
trueque de convertirse en un desarraigado". Este esfuerzo de arraigo
comporta una doble y simultánea operación: Por una parte una integración al
paisaje al cual el poeta pertenece y por otra, la comparecencia de los
antepasados que actúan en el proceso integrador como figuras míticas capaces
de revelar en la realidad invisible un rango más alto de realidad, y por
ello posibilitando reconocer lo que aún perdura en ella de auténtico a pesar
de la ruinosa y desoladora cotidianidad. Como indica Rilke. "Para nuestros
abuelos... cada cosa era un arca en la cual hallaban lo humano v en la cual
agregaban su ahorro de humano". En este sentido puede hablarse de lo lárico
teillieriano como una poesía genealógica que salva la paradoja entre la
aparente ahistoricidad del mito y la historicidad concreta de la existencia
humana, una realidad impregnada de trasfondos arquetípicos, que posibilitan
al lenguaje transfigurar la anécdota en mito
[4].
La instalación del poeta en la patria de su infancia, en el
universo mítico de los ancestros, se cumple mediante las coordenadas
espaciales del viaje, en un caso en ferrocarril desde la capital al pueblo
sureño natal y en otro mediante el retorno poético al dominio perdido
del sujeto, la infancia tutelada por sus antepasados.
"La muerte
esa manzana llevada por la bruja
ahora golpea los muros
sin dejarnos dormir
La muerte será una hoguera junto
a la cual nos agruparemos
Quizás alguna vez he muerto. Y era otro
Todos seguimos alguna vez nuestro cortejo
y hemos resucitado tantas veces
en el moscardón que ronda las casas
[5].
Así, desde los primeros inmigrantes colonizadores de la frontera, van
compareciendo los seres y los objetos que poblaron ese dominio perdido de la
aldea con sus generaciones y sus pequeños acontecimientos locales (juegos,
amoríos, festejos, vendimias, paseos, etc.), que descuellan únicamente por
contraste con la cíclica repetición de siembras y cosechas que acontece
según el imperecedero orden agrario.
En Chile la palabra “agrario” no puede sino remitir al proyecto utópico-
socialista que el gobierno de Salvador Allende intentó implementar -la
reforma agraria [6]- pero curiosamente, en la
obra de Teillier no encontramos referencias de orden político. Su
inspiración -de carácter no ideológico- ligada más bien a experiencias
universales de la naturaleza, la infancia y la muerte; el carácter "arcaico"
del poeta como sobreviviente de un paraíso perdido, como testigo visionario
-hoy forzosamente marginal- de esa edad dorada de lo humano, y como
"guardián del mito y de la imagen hasta que lleguen tiempos mejores",
evoca más bien a Hölderlin y a cierto clima neorromántico propio del influjo
telúrico de Georg Tralkl. Los lares de Teillier, la Frontera
en cuestión parecen ser una trasposición de mundos eslavos y germánicos
sobre la experiencia nativa del sur de Chile.
En relación con lo anterior, la investigadora Carolyne Wright en "In
Order to Talk with the Dead: Selected Poems of Jorge Teillier"
[7] señala que
a diferencia de otros poetas latinoamericanos, en la obra de Jorge Teillier
hay una curiosa e interesante ausencia de tópicos políticos. La violencia
sobre el históricamente (re)fundado mundo de La Frontera - los conflictos
con las comunidades indígenas que habitaban esas tierras y que fueron
relegadas a territorios marginales, sintomáticamente llamados reducciones,
de manera análoga a la reducción de los restos humanos en las tumbas, para
hacer lugar a otros- no aparece en la poesía de Teillier. Esta ausencia no
puede atribuirse a un descuido del poeta - que era profesor de
historia- , sino a una condición poéticamente necesaria para hacer posible y
verosímil el ensueño de una comunidad en que estén conciliados la naturaleza
y la cultura, el pasado y el presente, el hombre y su prójimo.
Las preocupaciones políticas y sociales con las que se han comprometido
tantos escritores, no juegan, pues, en Teillier un papel relevante.
Aunque "Retrato de mi padre, militante comunista" revela la afinidad de
Teillier con el ideal revolucionario, él ha aclarado explícitamente que su
poesía no ha de ser plataforma para polémicas ideológicas (sintomáticamente,
aun en "Retrato" describe la utopía revolucionaria de su padre en términos
bucólicos). En el prólogo a Muertes y maravillas, que constituye su
ideario poético, escribe:
“... a mí me parece que la poesía no puede estar subordinada a ideología
alguna ... Ninguna poesía ha calmado el hambre o remediado una injusticia
social, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias”
[8].
Pese a todo, en su crítica a la modernidad -Teillier- rechaza las
valoraciones de la sociedad capitalista y sus consecuencias -el exacerbado
consumismo y la desigualdad social- y propone excluirse de la vida ciudadana
o, más bien, convertirse en “poeta residente” en la Provincia, en
"comunidades" que, en su caso, afirman una forma de vida generosa y de
aldea.
Jorge Teillier
Trakl: Profeta de Occidente
También la poesía de Trakl alude profusamente a la melancólica casa de sus
padres, donde era un niño que al claro de luna salía a dar de comer a
las ratas. El paisaje decadente del otoño, la infancia, la muerte, serán los
grandes temas de su poesía.
Trakl, se sabe, fue un alumno mediocre, y al llegar la adolescencia se tornó
poco sociable, hablaba corrientemente del suicidio y se aficionó al uso de
las drogas. Algunos de sus biógrafos sugieren que pudo aficionarse a éstas
por influencia de su madre, la cual era opiómana.
Probablemente estudió farmacia a fin de tener un más fácil acceso a las
drogas. Estudió dos años en la Universidad de Viena y de este entonces
parece datar su repulsión a las grandes ciudades.
En 1953, en su estudio sobre Georg Trakl, Martin Heidegger lo llama "poeta
del occidente aún oculto, de una nueva generación renegada que sucederá a la
actual" [9], considerándolo el sucesor de Hölderlin. En su
análisis de Trakl, Heidegger señala que el destino histórico de occidente es
también el destino del linaje humano. Para Heidegger, es el habla
la que habla a través de nosotros. Habría un recíproco destino entre
humanidad y lenguaje. Es allí donde la noción de lugar es también la de
reunión. Pues tanto como existe en lo humano una extrañeza del mundo, existe
en el mundo una extrañeza del hombre, del cual el lenguaje guardaría un
residuo inasible.
Heidegger, en este texto, vuelve la mirada a un idílico estado
preindustrial, mirada que se corresponde con la sensibilidad neorromántica
de los poetas láricos como Trakl, quienes están constantemente intentando
regresar a la aldea –al pueblo natal– como muestra de rechazo (velado o
inconsciente) de la ciudad moderna, creando un mundo imaginario en el cual
declara verdaderamente habitar, y en donde se da el verdadero arraigo, la
vuelta al mundo de la infancia y la confianza en la memoria y la leyenda. La
memoria como dimensión del inconsciente de la modernidad, el momento en que
acontecimiento y experiencia se singularizan en un momento único y a la vez
fundante.
En la obra de Heidegger se está constantemente buscando retornar al origen,
ya sea por el camino hermenéutico, ya por las señales de ruta dejadas en el
devenir etimológico de las palabras o mediante la reconstrucción de sentidos
primigenios a través de ejemplos tomados de una vida de aldea, en la cual se
puede percibir una gran nostalgia, la misma que él –Heidegger –reconoce en
la poesía de Trakl. Una nostalgia por aquel mundo del orden inmemorial de
las aldeas y de los campos, en donde siempre se produce la misma segura
rotación de las siembras y las cosechas, de sepultación y resurrección, tan
similares a la gestación de los dioses propios de la poesía de Hölderlin. En
las obras de Heidegger vemos las cosas dotadas de vida, las cosas vividas,
el trato con las cosas cotidianas, con las cosas admitidas en nuestra
confianza, esto es lo que Heidegger entenderá como el ser de lo útil.
Martin Heidegger
Poesía, naturaleza e historicidad
Los poetas son fundadores del ser; son, por lo mismo, los depositarios de
los mitos fundacionales de un linaje, de una familia y más tarde de un
pueblo, son los únicos capaces de revelarnos el origen y la esencia en cuya
pérdida andamos arrojados en una existencia que nos vela su manifestación.
La poesía es el nombrar fundacional del ser y de la esencia de todas las
cosas, un decir por el cual sale a lo abierto por primera vez todo aquello
con lo cual luego tratamos en el lenguaje cotidiano. Por eso la poesía nunca
toma el lenguaje como una materia prima preexistente, sino que es la poesía
misma la que posibilita el lenguaje
[10]. La poesía es
fundación del ser por la palabra. La poesía es el lenguaje prístino de un
pueblo histórico. Un pueblo al que el poeta, como sobreviviente de un
paraíso perdido, quisiera regresar, como testigo visionario –hoy
forzosamente marginal– de esa edad dorada de lo humano. El mundo del
verdadero arraigo, donde “la jornada de trabajo en el molino y el lugar de
residencia del campesino reciben el saludo (…) Donde el molino prepara el
grano que sirve para la preparación del pan”
[11]. En
atención al pan piensa el poeta en ese lugar de trabajo; el lugar del trato
cotidiano con las cosas, donde acontece el cuidado de lo humano.
Es así como el dominio de la poesía es el de las palabras fundacionales de
lo humano, palabras que preservan una forma de vida. La poesía es, pues, una
ocupación. Su labor, como guardiana del mito, es instalar constantemente al
hombre en su origen, en su pertenencia a la tierra, entendida ésta como la
provincia, en oposición a la vida de la urbe, donde con el advenimiento de
la técnica ha acontecido el oscurecimiento del ser (Ge-stell).
Ese ver la tierra como el lugar del origen, primer y último reducto de la
lucidez, implica una reverencia religiosa ante el mundo, un temblor, una
sensación de —para decirlo con Rudolf Otto, que ejerció cierta influencia
sobre Heidegger— estar bajo la dependencia absoluta de lo sagrado.
Aquí pues, la tierra es entendida como aprendizaje. Aprendizaje que tiene
lugar en el trato con las cosas mismas en su cotidianidad y el mundo es
comprendido como la resolución de la “intimidad”. La intimidad se resuelve
en el lenguaje, en el lenguaje sentido a la vez como amenaza y como
inocencia. La amenaza a través de la posibilidad del ocultamiento (pseudos);
la inocencia, a su vez, como la descuidada apertura al natural transcurrir
de los días corrientes, en el uso del mundo del lenguaje, y de las palabras
como instrumentos. Ese particular arraigo y sentido de pertenencia hace del
hombre un ser histórico. “El hombre –como dirá Ortega
[12]–
no tiene naturaleza sino que tiene historia”. El hombre es lo que conserva
en sí, lo que acumula. “El hombre tiene la edad de su primer recuerdo”
[13].
El hombre es quien hace que dentro de él, eso que fue, siga siendo en la
forma de haberlo sido [14].
El habla es pues, un acontecer que funda, que coloca un mundo, que “pone” el
ser del hombre. Este ser, es un ser dialogante, un ser que porta la
existencia como diálogo porque éste es la unidad del ser histórico, que
reúne lo que permanece con lo que se ha ido [15]. Existir en
el tiempo es pues sentir nostalgia; una gran nostalgia, no sólo del pasado
sino también del futuro. Es así como el poeta no es el que escribe poesía,
sino el que habita poéticamente el mundo. El morar fundante del poeta
consagra un modo de vida ya ido, pero que el reproduce y recrea
constantemente, todo esto en la esperanza de que algún día seremos
leyenda16.
1 Publicado originalmente bajo el título
Para
hablar con los muertos. Poética de la memoria: Tralk, Heidegger, Teillier
Vásquez Rocca, Adolfo, En
DU & P: revista de diseño urbano y paisaje,Universidad Central de Chile
2 TEILLIER, Jorge, “Para hablar con los muertos”, en Muertes y
maravillas , Ed. Universitaria 1971
3 TEILLIER, Jorge, “Georg Trakl, el profeta de occidente”, En El Mercurio,
Santiago (11.02.1962), p.12.
4 DE NORDENFLYCHT, A., En AA.VV. El Descenso. Centro de Estudios Elénicos.UMCE. Colección Itex. Ensayos. Santiago, 1995.
5 TEILLIER, Jorge, Crónica del forastero, Santiago: Imprenta
Arancibia Hermanos,1968
6 En las primeras décadas del siglo XX la sociedad rural chilena mantuvo la
agraria tradicional, fundada en el predomino del gran latifundio y una
jerarquía social rígida, autoritaria y paternalista. En vista de esta
situación las demandas por una reforma agraria fueron desde comienzos de
siglo una propuesta permanente de los sectores progresistas del país, como
fue en el caso de la campaña presidencial del Frente Popular en 1938. Sin
embargo, una vez en el poder los gobiernos radicales decidieron privilegiar
la industrialización en el mundo urbano, postergando al rural. Como
consecuencia, cientos de miles de campesinos emigraron a las ciudades en
busca de un mejor futuro, mientras que la economía agraria comenzó a
experimentar una crisis profunda caracterizada por su incapacidad
productiva, siendo necesaria la importación de alimentos en los años
cincuenta. A mediados de la década de 1960 con la llegada al poder de la
Democracia Cristiana, a través de la Presidencia de Eduardo Frei Montalva,
el proceso de reforma agraria alcanzó un impulso vertiginoso. Bajo el lema
“la tierra para el que la trabaja” el programa reformista del nuevo gobierno
buscó la modernización del mundo agrario mediante la redistribución de la
tierra y la sindicalización campesina. El nuevo gobierno Socialista de
Salvador Allende continuó el proceso de reforma agraria, utilizando los
instrumentos legales promulgados por el anterior gobierno, con el fin de
expropiar todos los latifundios y traspasarlos a la administración estatal,
cooperativas agrícolas o asentamientos campesinos. Este proceso también
estuvo acompañado de una gran efervescencia campesina que se expresó en la
ocupación o tomas masivas de predios, desatándose en el mundo rural un clima
de violencia y enfrentamiento. Al producirse el Golpe de Estado del 11 de
septiembre de 1973 la Unidad Popular había expropiado cerca de 4.400 predios
agrícolas, que sumaron más de 6,4 millones de hectáreas. El viejo orden
latifundista que había prevalecido por más de 400 años había llegado a su
fin. En las dos décadas siguientes el modelo neoliberal irrumpió en el mundo
rural, produciéndose el traspaso de la tierra a nuevos capitalistas, quienes
modernizaron la producción agrícola y convirtieron en proletarios a los
campesinos del campo.
7 WRIGHT, Carolyne, In order to talk with the Dead, -Para
hablar con los muertos- University of Texas Press, 1993
8 TEILLIER, Jorge, Muertes y maravillas: Poemas 1953-1954. Santiago, Chile,
Editorial Universitaria, 1971, p. 13.
9 HEIDEGGER, Martín, Interpretaciones de la poesía de Hölderlin,
Barcelona, Ariel, 1983.
10 HEIDEGGER, M., Interpretaciones sobre la Poesía de Hölderlin, Ed. Ariel,
S. A., Barcelona, 1983,p. 63.
11 HÖLDERLIN, Recuerdo, Poema (IV, 61 ss.), aparecido por primera
vez en el Almanaque de las Musas de Seckendorft, el año 1808.
12 ORTEGA Y GASSET, Historia como sistema, VI, p. 40, Revista de
Occidente, Madrid, 1958.
13 BARQUERO, Efraín, En artículo “Los Poetas de los Lares” escrito por Teillier y Compilado por Ed. Sudamericana como “Jorge Teillier, Prosa”,
Santiago, 2001.
14 Aquí, ante el peligro de concebir al hombre como un ser constituido
fundamentalmente de pasado - “el hombre es lo que ha sido”-, cabe aclarar
que en el marco de la concepción existencialista, tanto de Ortega como de
Sartre, el hombre aparece también como proyecto y porvenir. En este sentido
son clarificadoras las afirmaciones de Sartre en El Ser y la Nada, “Soy el
ser por el que el pasado viene al mundo, pues para que ‘tengamos’ un pasado
es preciso que lo mantengamos en la existencia gracias a nuestro proyecto
hacia el futuro” (L’etre et le néat, p. 580), de modo que es el futuro el
que decide si el pasado esta vivo o muerto. Aquí queda abierta otra
reflexión, la de los “no lugares” y su relación con la absoluta
simultaneidad –lo que en otro apartado llamo La era de la llegada
generalizada-. Al respecto cabe decir, de manera sucinta (dado que el paso
de lo real a lo virtual nos sitúa en otro imaginario), que “en la realidad
virtual, la transparencia absoluta converge con la absoluta simultaneidad.
Esta instantaneidad de todas las cosas en la información global es lo que
–con Baudrillard –llama ‘tiempo real’. El tiempo real puede verse como el
Crimen Perfecto (Baudrillard, J. Barcelona 2000) cometido contra el mismo
tiempo: porque con la ubicuidad y la disponibilidad instantánea de la
totalidad de la información, el tiempo alcanza su punto de perfección, que
es también su punto de desaparición.” Y, esto por supuesto, porque un tiempo
perfecto no tiene memoria ni futuro.
15 BAUDRILLARD, Jean, La Ilusión Vital, Pág. 57, Ed. Siglo
veintiuno, Madrid, 2002.
16 TELLIER, J. “Noreste”(Periódico de poesía, Santiago, 1989):'Tener
nostalgia es tener patria en el tiempo'.

