Miguel Arnás Coronado / COMÚN PRESENCIA, de RENÉ CHAR

René Char. Común Presencia.
Común Presencia
René Char
Edición Bilingüe
Traducción de Alicia Bleiberg
Alianza Literaria
Madrid, 2007





Si el panteísmo consiste en creer que Dios está en todo, o que Dios es todo o que todo es Dios, Char sabe que él está en todo o que él es todo o que todo es él. No ha engullido al mundo sino que nació con él dentro y el mundo era tan grande que se vio precisado de extraérselo. Para eso eligió la poesía. Y lo fue sacando no sin antes moldearlo, rehacerlo. No recrearlo. Él no recrea nada. No hace un mundo a imitación. Lo modela. No lo alucina, ni mucho menos, su remodelación no es un sueño. Ni dos sueños. Su mundo moldeado es un mundo otro. Modela un mundo con palabras y lo hace diferente del común. Por eso lo tiene dentro. Lo que ve lo regurgita, nos lo devuelve trasmutado. Y no sólo lo que ve sino también lo que piensa, lo que siente.

Por desgracia no está todo Char editado en español, pero sí hay dos traducciones que, si bien serán todo lo discutibles que pueda ser cualquier traducción, tienen ambas la virtud de haber sido publicadas en bilingüe, que es, creo, la única forma que debería estar admitida de publicar poesía. La otra es Furor y misterio, en Visor. Digo por desgracia porque cuando el goce es mucho, nunca es suficiente.

Este libro que nos presenta Alianza es una antología temática elaborada por el mismo Char a partir de varios libros (entre los que, curiosamente, no hay nada de los reunidos bajo el nombre de Furor y misterio ) publicados a partir de 1934, aunque haya algún poema anterior, y que fue editada en primera versión en 1964 y en segunda, que es la recogida aquí, en 1978.

De nuevo en estas páginas iluminadas y electrónicas de Adamar, nos encontramos con una poesía hermética. Pero el hermetismo de Char es consecuencia y no principio, según afirma uno de sus críticos más importantes, Georges Mounin, como ocurre en los grandes poetas a los que se puede tildar de tales, consecuencia de lo oculto mismo de aquello que se pretende expresar. Char se mira dentro y, como cualquiera de nosotros, intuye sus vísceras, su corazón, su alma, pero no los ve, ve no más que palabras, formas y se permite, en lugar de excretarlas tal cual, moldearlas, no a su antojo, sino según la necesidad. En reflejar esto, Alicia Bleiberg, la traductora, ha sido exquisita. Y no hablo de sus hallazgos sino de la fidelidad, no al texto, sino a la intención del texto.

Volviendo al tema de la absorción del mundo por Char, en una entrevista en 1972 admitía que le interesaba el mundo existente “antes del antes” y cuyos límites “retroceden y retrocederán a medida que crezcan nuestros conocimientos”. En efecto, en cierta forma y trasgrediendo las fronteras de eso que parece tan sagrado sin serlo, la objetividad, creamos el mundo conforme lo vamos conociendo. Nuestra vista, todos nuestros sentidos lo modifican. Y eso es tan así que incluso los científicos admiten que el hecho mismo de observar un fenómeno lo altera en su normal desarrollo.

De vez en cuando puede leerse en esta antología un hayku, mas un hayku sin normas, sin diecisiete sílabas, es sólo un momento aunque Char escribe, que no describe, un momento detrás de otro, los encadena, hasta componer un hayku enorme que podría abarcar todo un año de acontecimientos exteriores e interiores.

Char estuvo en el maquis pero eso es irrelevante. Lo es porque su poesía está ahí antes y después y no hay un terremoto en esa experiencia que la mute completamente, hay sólo una experiencia más. Muy posiblemente, su participación en esa guerra de guerrillas, siempre más emocionante que la guerra en sí, que las trincheras, los avances, la instrucción o los mandos sempiternamente estúpidos, siempre más infantil, alteró a la persona Char. Su poesía no hace más que mirar ese fenómeno con la misma pasión con la cual mira un arroyo o la alondra en el bosque. Y a pesar de ese pasar por la guerra como pasó por todo, incluida su ideología, de vez en vez puede verse la consecuencia, aunque repito, no con mayor fuerza que cualquier otra experiencia (ocurre lo mismo en Furor y misterio, el conjunto de libros de poemas que escribió siendo maquisard, donde esa vivencia terrible no lo es más que el siempre sorpresivo amanecer): “La violencia era mágica/ El hombre moría a veces,/ Pero en el instante de la agonía,/ Un trazo de ámbar sellaba sus ojos”. ¿Puede alguien asegurarme que habla del tiempo heroico en el cual los hombres morían por algo, para librar al país de la invasión o para luchar contra la grandiosa injusticia del nazismo, por igual el alemán que el mismo francés, o por el contrario puede alguien demostrarme que añora los tiempos en que los hombres fallecían tranquilamente en sus lechos rodeados de los suyos?

Char escribe sin medida, y no quiero decir con eso que lo hace sin limitarse sino que lo hace, a menudo, en una prosa poética tan exquisita que no se echa a faltar la subdivisión en versos. Ese es su estilo: un poner las cosas en claro. De idéntica manera en que a la narrativa la modificó decisivamente el periodismo, la modernidad quebró esa univalencia de la poesía como rima y medida. Char es, así, uno de los paradigmas de la poesía del siglo XX, uno de esos paradigmas que pocos consideran tal.

Como última demostración de ese su modelar el mundo, de ese tenerlo dentro, no como la amante tiene dentro a su amado sino a la inversa, como el amado tiene dentro a su amada, una muestra un tanto extraña porque no hay en ella paisaje, y cuando Char hace a un lado el paisaje, es que algo raro sucede: “...cómo podría yo olvidarte nunca si no tengo que recordarte: tú eres el presente que se acumula”. Eso lo dice en un poema llamado Marthe. Tal vez es esa la crítica que debería hacerse a este libro de Alianza, que al revés que en Furor y misterio, donde el editor y traductor tuvo a bien añadir algunas notas sobre ciertos poemas, notas recogidas de cartas o comentarios hechos por el mismo Char y que aclaran algún entresijo pedestre pero auxiliador de unos cuantos poemas, en este no hay comentario ninguno, por lo que quedamos con las ganas de saber quién fue la tal Marthe y qué papel (seguramente secundario e infantil) tuvo en la vida de René Char.







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