Carlos Barbarito / SEIS POEMAS INÉDITOS
en
Hay un fino hilo de luz a través de la noche...
A Ricardo Nirenberg
Quién de nosotros podrá atar
con fino hilo de luz lo que anda suelto
pero aislado y vacío. Quién
irá de su propia casa a la casa donde llueve
aunque tenga techo, y allí
morder la pulpa que todo lo recubre,
cuando decimos hombre
o bestia, hasta el carozo. Es
niño que mendiga un limón,
de mesa en mesa, lo único que recordamos
luego de cada sueño. Y de la herida mana,
como entonces, sangre y agua,
la flor es de papel
y está sostenida por alambres,
el que taladra penetra el muro
para encontrarse con otro muro
donde está pintada la rudimentaria figura
de una divinidad boquiabierta y desnuda.
Virginia Woolf, South Hampton Road
Dónde buscar lo que imanta
a hombre y mujer sino en la gota
de agua de lluvia que resbala por el vidrio;
dónde encontrar el arriba y el abajo,
la sanidad o la locura, si cada cosa parece ser máscara:
los pájaros del jardín que hablan griego,
la puerta que se abre para que surja el tigre,
una flor que cae,
el frío seco y el cielo gris,
un perro que se convierte en hombre,
el espíritu orgulloso y burgués,
las mariposas nocturnas
que se posan sobre flores plateadas, en pleno día.
¿Y la muerte? En el vientre,
de pronto, un dolor de parto pero imposible,
cualquier rostro entre los rostros
se revela desnudo y se vuelve atroz;
cómo narrar esa falta de luz,
ese abismo todo gravedad
del que nada ni nadie escapa
y en cuyo centro arden, desfigurados,
espesor, prosa, relámpago.
Un perro piensa luego de leer un verso de Anne Sexton
¿Al final del asunto siempre es la muerte?
Anne, tiene que haber otra conclusión
para este interminable husmear por basurales,
por caminos cubiertos de hojas secas. ¿No la hay?
Tal vez tengas razón. Cada noche
debo yo aullar como lobo
aunque aquí no los haya
y yo jamás haya visto un lobo.
Se hará, entonces, la hora
y deberé enfilar el ladrido para nadie,
en lo oscuro. Ninguno
me oirá, no habrá ni la luz de un fósforo.
Entretanto, dormiré y despertaré,
como todos, y, como todos,
cada mediodía, morderé el hueso antes de tragarlo.
¿Hubo alguna vez un Oído,
una Claridad? ¿Y el paraíso
prometido a los cuadrúpedos,
los grandes árboles
dispuestos a ser eternamente orinados?
Al final, me pregunto,
¿ una rápida visión sin mucho detalle
del fondo y luego, casi de inmediato, nada?
Si es así, qué nos mate la perrera
un instante antes, ahora mismo.
¿Y por qué no entregar el poema..?
¿Y por qué no entregar el poema
a la más olvidada de las criaturas,
a ésa, que vive poco y apenas vuela,
procrea sobre hojas anchas y olorosas?
¿Por qué no ofrecerlo
a las bestias de paso torpe,
las que migran en enormes manadas,
mueren de a montones
y el hielo las sepulta?
¿Por qué no darlo apenas escrito,
con urgencia, sin corregir,
a esos que en el aire,
en bandadas se congregan
y unos con otros se aparean?
Música humana y de paramecio
Moho en la escayola, efímero
rastro de lo incierto
en la brutal certidumbre del tiempo;
eso vi. con mis humanos ojos
sin saber que, sin ojos, también lo veías
desde tu mínima condición
en la que hay más despojo que riqueza.
La lluvia lo borrará, mañana,
dentro de un rato. Y
entonces no quedará nada
capaz de contenernos vivos,
ambos en extremos opuestos,
sí, pero de un mismo y prolongado hilo.
6 de febrero de 2007
¿Puedo decir yo sin extraviarme,
sin plantar un abismo de lengua oscura,
sin espantar al árbol de los frutos como rayos,
respirado todo el éter, sellado el artificio,
sangrada la música y roído por el sol el colmillo?
¿Puedo decir yo, ahora, mañana,
ante tormentas y senos, oxidados edictos,
la sombra que simula ser carne,
un dios siempre singular, tan virgen como hambriento?
A Ricardo Nirenberg
Quién de nosotros podrá atar
con fino hilo de luz lo que anda suelto
pero aislado y vacío. Quién
irá de su propia casa a la casa donde llueve
aunque tenga techo, y allí
morder la pulpa que todo lo recubre,
cuando decimos hombre
o bestia, hasta el carozo. Es
niño que mendiga un limón,
de mesa en mesa, lo único que recordamos
luego de cada sueño. Y de la herida mana,
como entonces, sangre y agua,
la flor es de papel
y está sostenida por alambres,
el que taladra penetra el muro
para encontrarse con otro muro
donde está pintada la rudimentaria figura
de una divinidad boquiabierta y desnuda.
Virginia Woolf, South Hampton Road
Dónde buscar lo que imanta
a hombre y mujer sino en la gota
de agua de lluvia que resbala por el vidrio;
dónde encontrar el arriba y el abajo,
la sanidad o la locura, si cada cosa parece ser máscara:
los pájaros del jardín que hablan griego,
la puerta que se abre para que surja el tigre,
una flor que cae,
el frío seco y el cielo gris,
un perro que se convierte en hombre,
el espíritu orgulloso y burgués,
las mariposas nocturnas
que se posan sobre flores plateadas, en pleno día.
¿Y la muerte? En el vientre,
de pronto, un dolor de parto pero imposible,
cualquier rostro entre los rostros
se revela desnudo y se vuelve atroz;
cómo narrar esa falta de luz,
ese abismo todo gravedad
del que nada ni nadie escapa
y en cuyo centro arden, desfigurados,
espesor, prosa, relámpago.
Un perro piensa luego de leer un verso de Anne Sexton
¿Al final del asunto siempre es la muerte?
Anne, tiene que haber otra conclusión
para este interminable husmear por basurales,
por caminos cubiertos de hojas secas. ¿No la hay?
Tal vez tengas razón. Cada noche
debo yo aullar como lobo
aunque aquí no los haya
y yo jamás haya visto un lobo.
Se hará, entonces, la hora
y deberé enfilar el ladrido para nadie,
en lo oscuro. Ninguno
me oirá, no habrá ni la luz de un fósforo.
Entretanto, dormiré y despertaré,
como todos, y, como todos,
cada mediodía, morderé el hueso antes de tragarlo.
¿Hubo alguna vez un Oído,
una Claridad? ¿Y el paraíso
prometido a los cuadrúpedos,
los grandes árboles
dispuestos a ser eternamente orinados?
Al final, me pregunto,
¿ una rápida visión sin mucho detalle
del fondo y luego, casi de inmediato, nada?
Si es así, qué nos mate la perrera
un instante antes, ahora mismo.
¿Y por qué no entregar el poema..?
¿Y por qué no entregar el poema
a la más olvidada de las criaturas,
a ésa, que vive poco y apenas vuela,
procrea sobre hojas anchas y olorosas?
¿Por qué no ofrecerlo
a las bestias de paso torpe,
las que migran en enormes manadas,
mueren de a montones
y el hielo las sepulta?
¿Por qué no darlo apenas escrito,
con urgencia, sin corregir,
a esos que en el aire,
en bandadas se congregan
y unos con otros se aparean?
Música humana y de paramecio
Moho en la escayola, efímero
rastro de lo incierto
en la brutal certidumbre del tiempo;
eso vi. con mis humanos ojos
sin saber que, sin ojos, también lo veías
desde tu mínima condición
en la que hay más despojo que riqueza.
La lluvia lo borrará, mañana,
dentro de un rato. Y
entonces no quedará nada
capaz de contenernos vivos,
ambos en extremos opuestos,
sí, pero de un mismo y prolongado hilo.
6 de febrero de 2007
¿Puedo decir yo sin extraviarme,
sin plantar un abismo de lengua oscura,
sin espantar al árbol de los frutos como rayos,
respirado todo el éter, sellado el artificio,
sangrada la música y roído por el sol el colmillo?
¿Puedo decir yo, ahora, mañana,
ante tormentas y senos, oxidados edictos,
la sombra que simula ser carne,
un dios siempre singular, tan virgen como hambriento?
