Antonio Taboada / IN THE BEGINNING

Autor:
Antonio Taboada




Los razonamientos son vanos. Las palabras carecen del poder para describir los hechos. Sólo sabemos que un día, hace mucho, el Arquitecto forjó la Ciudad. Nadie sabe cómo ni cuando la construyó. Algunos aluden a cierta liturgia alquimista, otros, los más, improvisan intrincados silogismos. Abundan aquellos cuyo conocimiento está subordinado a la religión, para quienes basta el objeto de sus mantras. Su paz es entrañable. Alguna vez, lo confieso, he añorado esa clase de ignorancia. Ramla se llama el pueblo. Hasta acá ha llegado mi búsqueda desesperada de respuesta. Hace unos días descubrimos en una de las vetas el cuaderno de bitácora que dejara aquel famoso viajero Schweinfurth, de quien se dice que tuvo un encuentro con el Arquitecto. Ismael me alcanzó el documento. En mi mano puede estar la prueba concluyente, no pregunten porque hasta el día de hoy no la he revisado. Quienes me critiquen ignoran la terrible suerte de aquel que resguarda un secreto. No me opongo a que otro lo lea, por eso simulo la indiferencia, mientras el documento espera ahí a su avezado descubridor…

‘(…) Mi travesía empezó hace unos meses, desde el inicio el tiempo no nos ha sido favorable. La infatigable lluvia había borrado las huellas en la tierra negra. Empecé a dudar de que Abinadab conociera el camino; era más fácil no pensar. El rugir del cielo evocaba los peores auspicios. Antiguamente se creía que las tormentas eran nuncios del fin; el mar perpetuo parecía reiterar dicha inquietud. Semejante impresión me hizo ver por vez primera la Ciudad, atosigada de ornamentos inverosímiles y de misterio. Como todos, pasé del asombro a la causalidad, del temor a los principios, de una locura desaforada a la epistemología, nada hay que no pueda explicarse a partir de la razón. Los aldeanos atribuyen su factura a cierta entidad poco esclarecida, algunos especulan, como es de esperarse, de algún demiurgo que prodiga su poder en lo velado; algunos, de magia; algunos, los que tienen cierto grado de instrucción, apelan a la ciencia; todos, la llaman el Arquitecto. La estructura consiste en una convergencia de minerales que una efusión de alisios ha descubierto y que la erosión ha burilado. Los pormenores dan cuenta de la mano del hombre. Hay quienes afirman que en un día lejano el Arquitecto perpetró su obra con el poder de su palabra. Descreo esto último; sin excepción, todas las culturas formulan su propia teogonía, acaso para reafirmar su identidad en el mundo.

En las semanas siguientes otro fue mi interés, los restos de dicho artífice. Conocí a Abinadab en Eglón, él trabajaba como guía de los escasos visitantes que llegaban por error o por tedio al menesteroso poblado; era un hombre ambicioso, paradójicamente pobre de recursos. Una monstruosa verruga culminaba su pómulo derecho; narró que dicha excrescencia se la procuró, en la ribera de un río que remata un acantilado brioso, donde es fama que pululan seres fantásticos, una dríade o algo por el estilo, por entregarse a amoríos infames. Decía conocer cada vericueto del país, también (su leve dubitación de entonces cobra un nuevo significado ahora) dijo haberse entrevistado hasta en dos ocasiones con el Arquitecto. En circunstancias que no se tomó el trabajo de detallar. Sin embargo, al cabo de cinco centurias, aseguró que perduraba en algún paraje desierto; después señaló la cumbre de una montaña alta. Pensé en la invaluable posibilidad de hallar por lo menos algún vestigio; menos que en su cháchara creí en su cordura. Arreglé con él una expedición. Antes que mis palabras lo persuadieron mis dineros.

Nos alojamos en un viejo hostal para partir al día siguiente. A la hora de la cena traté inútilmente de explicarle mis hipótesis; al lado, comensales desdentados se burlaban de mi facha o de mi exposición. En otra mesa, tahúres debatían apasionadamente sobre la probidad de la última jugada. De repente, uno de ellos extrajo una espada damascena de su tahalí y surcó una diagonal en el rostro de otro hombre. El mesonero dijo que eran mercenarios contratados por cierta secta porque se había corrido la voz en el pueblo de que un forastero andaba buscando al Arquitecto. Dormí poco esa noche.

Partimos por la mañana. El camino estaba plagado de minuciosas fábulas que Abinadab desentrañaba diligentemente. Influenciado quizás por la atmósfera, alguna vez, creo, concedí cierta credibilidad a sus narraciones. Tal es la necesidad del hombre de creer en lo que hace. Al mediodía, cuando parecía que el temporal nos daba una tregua, nubes grises desplazaron la luz apasionada del sol. Por la tarde arribamos a una ciudad cuya apariencia se asemejaba más a la civilización que recordaba. Tan acostumbrado estaba a la rudimentaria vida de la región que me conmovió sobremanera el sólo hecho de ver gente afeitada. También las casas y las calles tenían otro aspecto. Una anciana con un ojo nos vendió por unas monedas cierta bebida. Mi sed era tanta que me dispuse a beber de la botella sin dudarlo un momento. Sin embargo, Abinadab me contuvo alegando su procedencia dudosa. Dio de beber un poco a un quiltro que yacía a la sombra de una vieja columna de un santuario. Espuma verde comenzó a brotar de las fauces del animal y luego, tras severas convulsiones, expiró. Pronto retomamos la marcha con la consigna de salir de aquella ciudad; pero la lluvia nos obligó a hacer parada en casa de un viejo conocido de Abinadab (cuyo nombre nunca pude pronunciar –menos escribirlo). El hombre de mesurada estatura nos dio una cálida bienvenida (tanta que empecé a sospechar de él), nos guió a través de un pasadizo estrecho hasta el comedor y sin escatimar cuidados ordenó a uno de sus empleados que dispusiera la mesa para el banquete. Bastaron unas palmadas para que su esclava acudiera a nuestro servicio. (La que en realidad era su esposa. Abinadab lo aclaró después). Recuerdo su hablar erudito durante la sobremesa. Con elocuencia se refirió al Arquitecto como el compendio de todas nuestras ingenuidades; dijo que la ciencia es el fruto prohibido a los insensatos. Abinadab frunció el ceño. Aún continuó, habló de Protágoras; dijo que el mayor don del hombre es su capacidad para justificar lo absurdo. Así, cualquier razonamiento es válido; ninguno es lo suficientemente necio. No hay en la historia una posición que carezca de fundamento; no hay quien defienda algo que no cree. Dilucidó con destreza algunos pasajes de la Ética, donde el autor vindica la infalibilidad del razonamiento, no así de la percepción. Una tos brusca forzó la pausa. En un dialecto indescifrable (yo me jactaba de un conocimiento preciso del idioma), la mujer interrumpió el diálogo para dirigirse a nuestro anfitrión. Él nos invitó al salón posterior. Era costumbre por estas tierras compartir el narguile con los invitados. Miniaturas de porcelana y cristal contrastaban el fondo rojo de la habitación. Proseguimos nuestra conversación. Que la Ciudad hubiera sido erigida por un sólo hombre le parecía una idea irracional y acusó de nefasto el rumor que había proliferado procedente de los arrabales. Abinadab cuestionó la veracidad de sus palabras. Intuí cierto recelo en él. En cambio, nuestro hospedador, muy cortésmente no se molestó en defender su punto, por el contrario, le concedió la razón y añadió que la verdad es una instancia independiente de la razón. Nada más dijimos, no por falta de ganas sino por falta de fuerzas, habíamos caminado por horas. Un cuarto estrecho, probablemente el más modesto de toda la casa, le fue deparado a nuestro sueño. Abinadab se durmió casi al instante. En cambio a mí, el canto de una abubilla me privaba del descanso. Tan cansado estaba que opté por la más sencilla de las soluciones: cogí mi revolver y disparé. Imprevistamente un pájaro más se asentó en la ventana. Atribuí a la fatiga dicha incongruencia. Disparé de nuevo; tres eran las abubillas que veía ahora. Comprendí que tal despropósito sólo podía corresponder al sueño. Vi la luz tenue de las estrellas; vi un coleóptero caminar sobre la cara de mi compañero; vi mi cuerpo tendido sobre unos cueros. En Ludhiana he oído que tal experiencia es llamada premonición. No pensé más en el sueño. Al día siguiente nos levantamos al alba. Agradecimos la hospitalidad de nuestro anfitrión y luego nos despedimos.

Caminamos cincuenta kilómetros al oriente. La lluvia había cesado. Un río de voraz fauna nos impidió el paso. Abinadab improvisó una precaria embarcación con restos de gigantes eucaliptos. Con más vehemencia que pericia logró eludir a los temibles caimanes que nos acechaban. Del otro lado se levantaba el campamento de una tribu de beduinos que, a juzgar por la expresión en su rostro, Abinadab desconocía. El calor de la fogata (y el instinto de supervivencia) nos infundió el valor necesario para irrumpir en su círculo. Tres hombres se acercaron a nosotros y nos auscultaron cuidadosamente; uno de ellos dijo algo en un lenguaje que jamás había oído, preví cierta cadencia similar al urdú o quizás al lituano. No me moví, apenas respiré; recordé aquella vieja historia del hombre que se fingió muerto para no ser atacado por una bestia. No tema, dijo Abinadab, sólo quieren cerciorarse de que no representamos ningún peligro. Me percaté de que él entendía su lengua. Al principio, se conformó con un eventual gesto amigable; poco tiempo después se animó a intercambiar algunas frases. Nos llevaron con su gente. Las mujeres, alrededor de la fogata, preparaban un brebaje repugnante. Peor fue cuando, terminado el procedimiento, vinieron hacia nosotros y nos invitaron a participar de la bebida. Mejor será que beba sin chistar, susurró Abinadab, si se llega a ofender esta gente, créame, no viviremos para contarlo. Cerré los ojos para beber; en mi interior sólo veía la inconclusa sonrisa de aquellas mujeres. Al abrirlos pude sentir cierta alegría inexplicable; luego me di cuenta que estaba drogado. Una voz potente hizo el silencio. Todos en el campamento se reunieron en torno al que parecía ser una especie de sacerdote. Nosotros los seguimos. Abinadab dijo que hablaba del Arquitecto. Fácil fue notar que estábamos a puertas de un ritual. Inauguró la ceremonia un pequeño holocausto de aves. Luego el sacerdote alzó sus manos al ídolo de piedra. Sus invocaciones rezaban que el Arquitecto (1), cansado de su soledad, había confeccionado la trama del universo a partir de la nada; que ahí, en esa masa informe, determinó los límites y la vastedad y la vida. Exaltaban la preeminencia de cierta verdad que sólo podía ser entendida con ojos espirituales. Dicha verdad excluía toda posible comprensión intelectual. Más cosas se dijeron, cosas que Abinadab omitió intencionalmente. A una mujer le cortaron la mano para ofrecer su sangre al ídolo. La exultación de la gente era propicia para el escape.

He querido dejar constancia de lo arduo de nuestra aventura; por ende, dar una idea del tamaño de mi obsesión. Pasaron otras cosas, pero no quiero hacer un catálogo de mis vicisitudes sino contar la conclusión de mi experiencia. Dije que dudaba de que Abinadab conociera el camino, lo cual no es cierto; cuando las cosas andan mal es preciso encontrar un culpable. Mencioné también que la lluvia había borrado ciertas huellas, las cuales pertenecían a los peregrinos que nos precedieron. En este punto la tormenta se había agravado; apenas podíamos caminar. Tuve la impresión de ver el fósil atroz de una hipotética especie. Pensé que su sólo hallazgo asolaría los fundamentos de nuestra civilización. Aristóteles, Lamarck, Huxley, Darwin, generaciones de preclaras mentes que llevaron al hombre a aceptar su preponderancia en el mundo. Un terror muy íntimo me persuadió de mi equivocación; culpé a la tormenta; culpé al hambre y al cansancio. Vanamente pensé que, al fin y al cabo, el hecho sería del todo intrascendente, pues tarde o temprano hallaríamos un fundamento adecuado. A duras penas ascendimos la pendiente. Inclemente, el sol, relumbraba unos metros más arriba. No podíamos ver el extremo opuesto de la cordillera. En una cuenca hallamos una vegetación jamás vista; vimos murciélagos en pleno día; peces deambulando en la tierra; felinos alados; centauros y grifos. Me es imposible enumerar todo lo que vi esa tarde. Por un momento me sentí como aquel párvulo que apenas empieza a comprender el mundo. Lo peor ha pasado, dijo Abinadab.

Busco las palabras para explicar lo que pasó después, es difícil. Un prólogo sería del todo ineficaz para aclarar paso por paso los hechos, corro el riesgo de invalidar todo lo que he registrado en esta agenda. Mejor será anotar lo que vi, como lo vi.

Una luz fuerte nos tiró al suelo, nada pude ver sino sombras que se alzaban al sonido de una voz como el estruendo de muchas aguas. Temí quedarme ciego, luego temí perder la cordura. No sé cuánto tiempo estuvimos ahí, protegiéndonos tras un promontorio.

Cuando la luz se fue, Abinadab me mostró exaltado el extremo de la cordillera. Expliqué que el sol estaba más cerca al poniente, que la sombra generosa concedía la feliz visión. Él dijo que el Arquitecto ultimaba su obra. Cualquier respuesta del aldeano habría sido una insolencia intolerable. Insistí ya sin creer mucho en lo que decía. Habrá transcurrido el infinito cuando la ciencia y la religión converjan, dijo Abinadab y después calló.

Pasan las horas y los días y yo, desde esta vieja silla de cáñamo, en algún lugar del Punjab, sigo tratando de dilucidar que fue lo que realmente sucedió esa tarde.

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(1) La traducción no es precisa (nota del autor).




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