J.M. Coetzee / DE DIARIO DE UN MAL AÑO
Autor:
J.M. Coetzee

La vi por primera vez en la lavandería. Era a media mañana de un tranquilo día de primavera y yo estaba sentado, mirando cómo la colada daba vueltas, cuando entró aquella asombrosa joven. Asombrosa porque lo último que esperaba era semejante aparición; también porque el vestido rojo tomate que llevaba era asombroso en su brevedad.
El espectáculo que yo daba también debió de sobresaltarla: un viejo encogido en un rincón que a primera vista podría ser un vagabundo de la calle. Hola, me dijo fríamente, y entonces fue a lo suyo, que consistía en vaciar dos bolsas de lona blanca en una lavadora de carga superior, unas bolsas en las que parecían predominar las prendas interiores masculinas.
Bonito día, le dije. Sí, replicó, de espaldas a mí. ¿Es usted nueva?, le pregunté, refiriéndome a si era nueva en las torres Sydenham, aunque también eran posibles otros significados, ¿Eres nueva en este planeta?, por ejemplo. No, dijo ella. Cómo chirría el intento de mantener una conversación. Vivo en la planta baja, le dije. Esta clase de tácticas me están permitidas, se achacarán a la locuacidad. Qué hombre tan charlatán, le dirá ella al propietario de la camisa rosa con el cuello blanco, me ha costado librarme de él, una no quiere ser descortés. Vivo en la planta baja desde 1995 y aún no conozco a todos mis vecinos, le dije. Sí, replicó ella, y nada más, una sola palabra que significaba. Sí, oigo lo que dice y estoy de acuerdo, es trágico no saber quiénes son tus vecinos, pero es lo que ocurre en la gran ciudad y ahora he de ocuparme de otras cosas, así que ¿podríamos dejar que este intercambio de cortesías de rigor fallezca de muerte natural?
Tiene el cabello negro, muy negro, una hermosa osamenta. Cierto brillo dorado en la piel, "suavemente radiante" podría ser el término preciso. En cuanto al vestido rojo brillante, tal vez no sea la prenda que habría elegido si hubiera esperado la compañía de un desconocido en la lavandería a las once de la mañana de un día laborable. Vestido rojo y chanclas. Esa clase de chanclas que son una continuación de los pies.
Mientras la miraba me invadió un dolor, un dolor metafísico, que no traté de reprimir. Y de una manera intuitiva ella lo supo, supo que al viejo sentado en una silla de plástico en el rincón le ocurría algo personal, algo relacionado con la edad, el pesar y la tristeza de las cosas. Algo que a ella no le gustaba en particular, que no quería recordar, aunque era un tributo a ella, a su belleza y frescura, así como a la brevedad de su vestido. De haber procedido de otro hombre, de haber tenido un significado más sencillo y directo, podría haber estado más dispuesta a aceptarlo de buen grado; pero viniendo de un viejo su significado era demasiado difuso y melancólico para un bonito día en el que tienes prisa por terminar las tareas.
Transcurrió una semana antes de que volviera a verla (en un bloque de pisos bien diseñado como este, no es fácil seguir la pista de tus vecinos), y solo fugazmente, cuando cruzó la puerta principal enfundada en unos pantalones blancos que resaltaban un trasero casi tan perfecto que podría ser angelical. Dios, concédeme un solo deseo antes de morir, susurré; pero me embargó la vergüenza por la concreción del deseo, y lo retiré.
Gracias a Vinnie, el encargado de la Torre Norte, supe que ella (a la que tuve la prudencia de describirle no como "la joven con el vestido seductoramente corto y los elegantes pantalones blancos", sino como "la joven del pelo negro") es la esposa o por lo menos la novia del pálido, presuroso, rollizo y siempre sudoroso individuo cuyo camino se cruza con el mío de vez en cuando en el vestíbulo y a quien he puesto por mi cuenta el nombre de señor Aberdeen, y también que no es nueva en el sentido habitual de la palabra, puesto que ( junto con el señor A) ocupa desde enero un excelente apartamento en la planta superior de esta misma Torre Norte.
Gracias, le dije a Vinnie. En un mundo ideal se me podría haber ocurrido una manera de seguir interrogándole (¿qué apartamento?, ¿bajo qué nombre?) sin que resultara indecoroso. Pero este no es un mundo ideal.
Su relación con ese señor Aberdeen, que sin duda tiene pecas en la espalda, es una gran decepción. Me duele pensar en los dos uno al lado del otro, es decir, uno al lado del otro en la cama, puesto que en última instancia eso es lo que cuenta.
No solo por el insulto (el insulto a la justicia natural) que representa un hombre tan insípido en posesión de una amante tan celestial, sino por el aspecto que podría tener el fruto de su amor, el brillo dorado de la mujer totalmente desleído por la palidez céltica del hombre.
Editorial Mondadori, 2007

