Miguel Arnas Coronado / MARÍA ZAMBRANO. DESDE LA SOMBRA LLAMEANTE, de CLARA JANÉS

Autor:
Miguel Arnas Coronado
María Zambrano. Desde la sombra llameante
Clara Janés
Editorial Siruela. Madrid, 2009
ISBN: 9788498413434
132 pag. 14x21. 16 €









De Ortega y Gasset se han dicho barbaridades. No hace mucho escuché que recibió un sueldo del régimen franquista para que volviera. Un soborno, en fin. El pueblo español no comprende, aunque muchos de sus miembros lo practiquen, la ambición de poder por el poder mismo, sin más suplementos. El dinero sí lo entendemos porque somos físicos, muy físicos. El dinero es palpable. El poder es sutil, etéreo. El pueblo español no se encandila con sutilezas, sólo con rotundidades. De esa “fisicidad”, entre otras muchas cosas, hablaba María Zambrano. Y con ella no se han metido como lo han hecho con Ortega. ¿Será, por desgracia, a causa de no haber sido demasiado leída?, ¿será que no es bocado de gusto para quienes desde el más rancio marxismo (también éste se enrancia, lo mismo que se enranció el franquismo, aunque quizá el franquismo nació ya rancio) critican todo aquello que se sale de su dogma?

La poeta Clara Janés ha elaborado un exquisito libro sobre María. Y especifico la condición poética de Clara, aunque es también algunas otras cosas, porque desde ese punto de vista lo escribe. Desde ese, y desde la amistad, el sentimiento, la cercanía… y desde sí misma. Porque Clara Janés, reflexionando sobre Zambrano, exponiendo su pensamiento, expone también su propia poética.

No es un ejercicio solipsista, ni mucho menos, pero sí, en mi opinión, es un ejercicio solidario donde alguien se reconoce a sí misma en otra, y a la otra en sí misma. Tampoco es una cuestión sólo de amistad o de influencia, sino de hermandad.

De la razón vital orteguiana, María Zambrano dio el salto hacia la insuficiencia de la filosofía y de la razón (teórica, práctica o vital) para alcanzar la vida, y digo alcanzar, que no comprender. Tampoco a eso, a comprenderla, alcanza del todo la poesía pero sí la rodea del todo como un ejército capaz sabe rodear al enemigo. De ahí el exabrupto de Ortega: “Estamos todavía aquí y usted ha querido dar el salto al más allá”, el cual más que ofensa parece halago en el sentido de esa frase hecha tan hispana alusiva al exceso de inteligencia o despabile de una persona: “mientras nosotros vamos, ella ya ha vuelto”.

Eficaz viaje hace Janés en este ensayo sobre Zambrano, porque es ensayo y no biografía, que empieza con las primerizas aficiones de la filósofa y remata con sus libros más maduros. Cuenta cómo de niña quiso ser primero caja de música, luego centinela y por fin, caballero. Esos tres símbolos o metáforas de comportamiento se van dibujando en su trayectoria intelectual para acabar de nuevo en música, de nuevo en lo casi-no-expresable. Se nos cuenta poéticamente, como era de esperar en la autora del libro. Y digo eficaz viaje porque es itinerario mental y espacial: desde su infancia (la infancia siempre es música) hasta el primer Madrid prerrepublicano de sus estudios, donde el magisterio de Ortega la hace pasar por ese estado larvario de centinela, pasando por el Madrid que se vuelca en provincias en las misiones pedagógicas, aquella acción caballeresca que muchos pagaron tan cara porque no hay nada que soporte menos el ignorante que la preocupación por su deficiencia, hasta su exilio y casi definitiva residencia en La Pièce, donde vuelve a ser música sin ladear las figuras de centinela y soldado, como demuestra Janés que ocurre en su libro Claros del bosque.

Luego vienen a ser descritos conceptos como la aurora, la noche, el corazón, el río, la quietud... ¿Conceptos filosóficos?, no exactamente, sino poéticos. El poeta, dice Janés siguiendo a Zambrano, “comunica sin alcanzar del todo a comprender… comunica el secreto pero no alcanza a descifrarlo”. San Juan de la Cruz, por quien ambas se sienten fascinadas, dice “y el espíritu dotado/ de un entender no entendido/ toda ciencia trascendiendo”. De ahí mi pretensión de que este libro es, al mismo tiempo, una poética de la misma Clara Janés. Hojeo sus poemas y en cualquiera de ellos encuentro evidencias: si la filosofía rodea la verdad, la poesía mira dentro del pozo por el cual aquella se evade, se esquina, se nos escurre de las manos como el resbaladizo tritón en el agua, pero mira dentro sin alcanzar del todo la anchura y profundidad del pozo, sin que el mismo centinela comprenda totalmente el alcance de su visión. Todo Vilanos habla de ello, y también Los números oscuros. Permítaseme un botón, seguramente una muestra desacertada, pero que apunta; es fragmento de un poema de Fractales: “En la pura confianza/ de la luz/ seguimos/ porque la incertidumbre/ se adormece/ y desde el bosque/ llega la nota del lobo/ con mágico poder/ y aparece el hada/ entre la fronda”. Otro detalle avala esta teoría, posiblemente descabellada, fruto, como le gusta a Clara Janés, más de la intuición que del puro razonamiento: los vínculos que establece entre esa filosofía musical o poética de Zambrano y el pitagorismo o las filosofías o místicas orientales; un orientalismo que la poeta se deleita en cultivar como sabemos por sus traducciones de poesía iraní. Con todo, bastaría quizá con leer el capítulo Desde la sombra llameante, que da nombre al libro, para ver cómo no ando del todo desencaminado aunque los pedruscos de mi ignorancia me hagan tropezar.

Hay momentos íntimos en esta belleza de libro, como los que describen los encuentros entre Rosa Chacel y María en presencia de Clara Janés, o la visita que le hizo ella en solitario y donde María le habló del alba, pero no son menos íntimos que cuando, por ejemplo, la autora hace derivar la explicación desde la música, como algo ininteligible desde la razón seca, hacia el ritmo, el corazón y la palabra, para mostrar un camino que conduce a la espinosa anchura de la poesía y las amplias angosturas de María Zambrano.

No es un libro para leer, es un libro para degustar. Es el placer del sorbito aunque se lea de corrido, en un insomnio o en la iluminación del amanecer. Es un libro para combinar con cantos de pájaros o con el silencio perfecto del conticinio. Libro-jazmín, libro-ebriedad.




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