Jenaro Talens / CONTACTOS

Autor:
Jenaro Talens




I

La luz no tiene peso, ni volumen, es
una variable desazón, la música invisible
de un sueño que no es sueño, que proyecta en el sueño
su materia precisa, con el rumor preciso, sin imagen, sin
otro fulgor que su presencia, el tacto de quien mira
una ausencia monótona, una mirada ciega
contemplándole al fin, sin atributos, con
la posesión de una promesa vaga, el túnel que devora
tanta heredad. Por qué la luz, por qué
este metal confuso que hace suyo el deseo,
la paradoja de una identidad que se disgrega, y son
nacimientos ahora, y alguien muere, bajo
la tolerancia de las estaciones, no es un sueño, escucho
el ronroneo de una piel, un alba que se inscribe
en esta alquimia dócil donde el rigor se desgasta
como una fina lluvia de verano, como
un crepúsculo blanco, el ojo ayer hostil
hoy se mezcla contigo, eres tú que yo esbozo,
yo semejante a ti, su vidrioso acarreo.
Mordidos por la niebla penetramos en tu madriguera, pensamiento
                                                                                                       [mío,
tu avidez va podando rostros sin lugar ni memoria,
tu desesperación, surcada por palabras, ¿sabrás captar un día
el temblor inconfundible de nuestro mutismo,
esa delgada piedra de la noche donde
la perseverancia de los oleajes nos hace naufragar?
Las manos buscan a tientas el eco de un calor
los contornos de un cuerpo silencioso y frágil como el agua,
la claridad de un río que en el cauce desierto se despoja de
su tibia profecía, su humedad, y avanza, es ya
una oquedad sin nombre, imagen de otro río
en otro sueño antiguo, hacia un mar que no existe,
que es nada más el trazo que nos liga, que
nos atraviesa y nos recoge, el centro de un furor
cuya sombra he bebido, y era espuma, y en
cada estallido el gusto, un resplandor, el agrio
amanecer sin condiciones, sin
la inexpugnable desnudez de las astillas, no,
la luz no tiene peso ni volumen.






II

Y sin embargo es luz.
Puedo tocarla. Es aire.
Toda esta luz de estío,
tan diamantina como tu presencia.
Su solidez me abrasa
con escozor de aurora. Luz de un cuerpo,
piedra huidiza entre los brazos de
un laberinto de vegetaciones
penetra en los confines de tu despertar
con una inercia opaca.
El misterioso regazo, de una concha azul
pende de un soplo, su estupor me aniquila,
eres tú, se desangra por espinas de fuego,
entre sonidos irreconocibles que sólo yo percibo
sin conseguir hollar un cielo que
otros, anónimos aún, atraviesan sin ti,
sin mí que te construyo como tú me construyes
con hojas de un gran árbol
huésped del frío y de la niebla.
La explosión surte intermitente
más allá de la gruta a que retorno,
espejo despoblado por donde desfilan
lluvias, albas inhóspitas,
una escenografía sin actores.
El amor conoce el mediodía exacto por un sabor más áspero,
quizá por un aroma que acompasa las respiraciones
con el ritmo de un goce que ignora la erosión
porque asume la muerte, la emergencia de un fin
en el vasto reino de la noche, del imperio nocturno
donde todo rumor se vuelve transparente
con el silencio de tu piel,
o es esa sombra que nos aglutina
bajo su claridad, disuelta luz que rompe:
qué avidez del deseo por vivir en el otoño prematuro
la putrefacción del sol en las cortinas.






III

La última espiral de la consciencia
son dos bultos insomnes,
la paradoja de un vuelo que cruza por el cuarto con la precisión
de un horizonte inmóvil, como un sol ilegible
surgido de la hondonada misma donde el furor es vértice y
bisagra, un aire transportado con delicadeza
desde el lado imposible de un universo que
fuimos aunque no fuimos, que somos y no somos,
la floración del pubis mientras el tiempo ardía.
El éxtasis indómito no es la monotonía con que
las manos se pronuncian en la madrugada
sin otro norte que las mordeduras
de lo que siempre discurre por primera vez
ante las solicitaciones de una oquedad de hierba
como yacija o pájaro constante. Es la costumbre. Así,
cuando el aire de la mañana me golpea el rostro
asocio el ritmo de mis pensamientos con un olor
desvaído, allá entre los rotos mármoles,
junto a las yedras y las aspidistras, en el jardín antiguo
tan a menudo convocado como testimonio,
el cielo negro de su irrealidad con un latido húmedo,
y ahora, sin transición, el orden nos invade
desde el desasimiento del armario, la lámpara difusa,
la ropa dejada caer anoche como un fardo sobre la moqueta,
todo lo que es real y está ahí, y nos invade,
esa imagen cercana de una presencia largo tiempo escindida,
la solidez de descubrirnos vivos sin el subterfugio que
borra el sudor de los cuerpos reintegrados a su opacidad.



De El Bosque dividido en islas pocas – Antología poética (1960-2008)
(Circulo de Lectores, S.A. /Galaxia Gutenberg, Barcelona 2009)





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