Mariel Manrique / NO VOLVERÉ A LEER A SALINGER
Autor:
Mariel Manrique

Cuando son chiquitos, los patos no se hacen demasiadas preguntas. A los patitos alguien los cuida, bien o mal, y les dice lo que supuestamente necesitan saber. Los patitos suelen preguntar, pero no preguntarse. Aprenden a esquivar las piedras ocasionales que arrojan manos malditas y continúan nadando. A veces una mano bendita arroja a la laguna migas de pan. O una mano obstinada hace click y les saca una foto, para llevárselos de recuerdo a casa. Los patitos nunca verán esa foto.
Es hermoso deslizarse o dormir mientras el sol entibia delicadamente las plumas. Como si la laguna fuera la palma de una mano. La aparición de la nieve marca un cambio radical de estación, que al principio no se nota tanto. Se vive como un cuento.
No se puede estar completamente adentro de la nieve. La nieve deja huecos para respirar, batir las alas o escaparse. Los patitos pueden sacudirse la nieve que cae o ignorarla metiendo la cabeza bajo el agua. La nieve se parece a una red. Por los agujeros. Entre copo y copo se ve lo mismo que se veía antes de que la nieve comenzara a caer. Como la lluvia, la nieve no tapa los ojos.
La nueva estación avanza y no mira hacia atrás. No es como un patito, que gira la cabeza para ver quién lo sigue. El agua se enfría mientras los patos se las ingenian para entrar en calor y, una mañana, la laguna amanece congelada.

Hace muchísimos años, viajé en taxi con un chico que preguntó al taxista a dónde iban los patos del Central Park cuando se congelaba la laguna. El taxista no supo qué decir. No estaba acostumbrado a ese tipo de preguntas. El tipo de preguntas en las que uno no puede demorarse demasiado si no quiere quedar atrapado, entumecido e inmóvil. Porque la laguna del Central Park está vacía de patos en invierno.
Cuando el taxista no puede responder, uno comienza a preguntarse a sí mismo. El tipo de preguntas que generalmente trae el frío. No se parecen a flores sino a agujas. No están hechas de piedras ni de nieve ni de lluvia. No dejan huecos por donde salir, a menos que uno se invente un Guardapatos caritativo o se aturda y se engañe pensando en otra cosa. Porque los patos ya no pueden deslizarse y, si se quedan dormidos, corren el riesgo de no despertar.
En la laguna congelada no hay patitos, aunque muchos aparenten serlo, por fuera. El frío desconcierta y, al menor descuido, paraliza. La mandíbula empieza a doler y es como si fuera de noche, aunque no sea de noche. El agua está dura como una roca y la temperatura bajo cero dificulta o impide la visibilidad. Un espejo de vidrio es todo lo que hay. ¿Ves el vidrio, podés ver que cada vez hay más vidrio?
Es la estación de las horas eternas y las sombras largas. Y la pregunta anuda la garganta como una soga que no tiene piedad y mata, por asfixia, la infancia. La infancia no nos sigue como se siguen los patitos que nadan en fila india. Atrás está el recuerdo de una laguna tibia, a la que es posible que hasta le inventemos, a la distancia, la tibieza y el sol. Somos capaces de hacernos los mejores recuerdos para empujar el cuerpo hasta el amanecer.
No sé, honestamente no sé, a dónde van los patos del Central Park cuando la plácida laguna se transforma en una garra helada. Me lo he preguntado muchas veces, desde el día en el que Holden Caulfield, al preguntarlo al taxista, se lo preguntó. Escuchar a Holden una sola vez fue suficiente.
La soga rodeó el cuello y alcanzó su grado de máxima tensión. No volví ni volveré a leer a Salinger. De ahí en más vivir ha sido diseñar estrategias para aflojar esa soga todo lo que sea posible. Buscar fotografías o ramitas para encender un fuego, una linterna vieja que atraviese la niebla, una manta que impida la parálisis del corazón.
Hace décadas que Salinger se declaró públicamente muerto. Que ahora esté muerto en privado no cambia, para nada, las cosas. Uno baja del taxi y de ahí en más sigue solo, solo de soledad terrible y necesaria, tratando que los vidrios no desangren el pie y que el pie no se pegue, no decida pegarse, al hielo.


