Rainer Maria Rilke / de POEMAS A LA NOCHE

Autor:
Rainer Maria Rilke




V

Mira. Espacio través hay ángeles que hacen palpables
sus perpetuos sentimientos.
Nuestra incandescencia sería su frescor.
Mira, hay ángeles ardiendo espacio través.

Mientras a nosotros, que nada más sabemos,
se nos niega una cosa y otra sucede en vano,
entusiasmados por un fin avanzan ellos
a través de su territorio ya todo construido.






IX

Fuerte, inmóvil candelabro, colocado al borde:
se hace exacta la noche en lo alto.
Nos disipamos en oscura indecisión
junto a tu base.

Es lo nuestro: ignorar la salida
del lugar cuyo interior nos confunde.
Tú surges de nuestros obstáculos
y los inflamas como altas cumbres.

Tu gozo está por encima de nuestro reino,
y apenas captamos lo que cae y se posa;
como la pura noche del equinoccio primaveral
te alzas dividiendo un día y otro.

¿Quién sería capaz de instilar en ti algo
de la mezcla que nos enturbia en secreto?
Tú tienes el esplendor de toda magnitud
y nosotros somos expertos en lo más pequeño.

Cuando lloramos somos sólo conmovedores,
donde posamos los ojos estamos a lo sumo despiertos.
Nuestra sonrisa es apenas seductora,
y si seduce, ¿quién la sigue?

Quien sea. Ángel, ¿me lamento?, ¿me lamento?
Pero, ¿cómo sería entonces mi lamento?
Ah, grito, golpeo dos baquetas, una contra la otra,
y no pienso que me oiga nadie.

No por hacer yo ruido sonará más en ti
si no me sientes porque soy.
¡Alumbra! ¡Alumbra! Haz que de mí se percaten
las estrellas. Pues me desvanezco.






X

Mira: De esta nube que tan salvajemente cubre
la estrella que ahora mismo estaba aquí - (y de mí),
de aquella zona montañosa que ahora alberga la noche
y los vientos de noche, por un rato - (y de mí),
de este río del fondo del valle que apresa el brillo
de un claro de cielo desgarrado - (y de mí);
de mí y de todo esto
hacer una sola cosa, Señor: de mí y del sentimiento
con el que el rebaño, de vuelta al redil,
acepta exhalando el grande, el oscuro
ya no existir del mundo -, de mí y de toda luz
en la oscuridad de tantas casas, Señor:
hacer una sola cosa; de los extraños, pues
ni a uno conozco, Señor, y de mí, de mí hacer
una cosa; de los que duermen,
los desconocidos ancianos del hospicio,
que gravemente tosen en la cama, de
niños soñolientos junto a un pecho tan desconocido,
de tantos seres imprecisos, y siempre de mi,
nada más que de mí y de lo que no conozco,
hacer esa cosa, Señor Señor Señor, la cosa
que mundanamente terrena como un meteoro
reúne en su gravidez sólo la suma del vuelo:
pesando solamente la llegada.






XI

Por qué tiene uno que ir y cargar con cosas ajenas,
como acaso el portador que levanta de un puesto a otro la espuerta
cada vez más llena de lo más insospechado y cargado sigue
y no puede decir: Señor, ¿para qué ese banquete?

Por qué tiene uno que estar ahí como un pastor,
tan expuesto al exceso de influencias,
siendo así parte de este espacio lleno de sucesos,
de modo que apoyado en un árbol del paisaje
cumpliría su destino sin volver a actuar.
Y sin embargo carece, vasta en exceso, su mirada
del alivio silencioso del rebaño. No tiene
más que mundo, tiene mundo cada vez que levanta los ojos,
mundo en todo inclinarse. Lo que a otros deleita poseer
penetra ciego, inhóspito tal música,
en su sangre y al pasar se transforma.


Entonces, por la noche se levanta y tiene ya la llamada
del pájaro exterior en su ser
y se siente atrevido porque en su rostro abarca
todas las estrellas, grávido – oh, no como alguien
que a su amada dedica esta noche
y la mima con los cielos intuidos.




POEMAS A LA NOCHE - Preliminar de Clara Janés - Traducción de Alfonsina Janés y Clara Janés.
(Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. Madrid, 2009)





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