Mariano Veloy / EL HIJO DE LA MUJER AHOGADA

Autor:
Mariano Veloy




1

Debido a la profesión de mi padre –era diplomático–, desde los trece hasta los dieciocho años tuve que afrontar la vergüenza de ser el nuevo de la clase con tanta frecuencia, que terminé por aprender el “método instantáneo de integración”. El primer día, cuando a la hora del recreo los nuevos compañeros me rodeaban con actitud escrutadora, no trataba de impresionarles con mis experiencias cosmopolitas. Al contrario, me dirigía a ellos con el tono más desenfadado que sabía, y les preguntaba qué motes habían puesto a los profesores. No era un método infalible –recuerdo la gélida reacción del Pablo Neruda–, pero por lo común daba resultado, y no tardábamos en reírnos juntos del ingenio entre salvaje y naïf que los adolescentes gastan con la autoridad. Así ocurrió a principios de 1994, cuando, a causa de las rocambolescas gestiones del consulado, ingresé en un instituto público de esta ciudad que años más tarde se convertiría en mi lugar de residencia.


2

Los motes del Jaume Balmes no desmerecían a los que había oído en Buenos Aires o París. El Ensaimada Mecánica, el Chiquitor, Luiggi el Fontanero… Todos era divertidos y acertados, sí; salvo el de Belita Ferrer, Miss Snake.
La primera vez que oí aquel mote, respondí con una sonrisa precavida; no fue hasta unas semanas más tarde cuando me animé a interrogar a Octavio Banyuls, el chico de afable corpulencia que me había prestado los apuntes de historia. “Alta, delgada, desgarbada… Es una serpiente, tío.” Dando un mordisco a su bocadillo de queso, Octavio dio la conversación por concluida. Pero lo cierto es que Belita Ferrer no era demasiado alta, ni especialmente delgada y su trasero cuarentón era más respingoso que desgarbado… “A ese ni caso”, intervino Mireia Sanchis. El mote, me aclaró, se debía a la sangre inclemente que corría por las venas de Belita Ferrer. “Por suerte, todavía no hemos tenido ocasión de comprobarlo, pero, por lo que cuentan los de COU, Miss Snake no tardará en morder.”
Ningún chico de la clase llevaba la contraria a Mireia Sanchis (un ángel de pechos increíblemente hermosos), y yo no era la excepción de la regla, así que asentí. Pero tampoco ella me había convencido. Belita Ferrer había mostrado ser una paciente iniciadora del latoso latín.


3

Un viernes de finales de marzo, cuando Belita Ferrer entró en la clase de tercero de bachillerato, se hizo el silencio. Aunque nada en su apariencia lo indicara, todos comprendimos, de un modo instintivo y unánime, que la modélica profesora había mudado de piel, y se presentaba ahora como Miss Snake.
—Examen sorpresa –anunció, en efecto.
Sin que nadie dijera esta boca es mía, guardamos los libros, diccionarios y carpetas en la cartera, y nos dispusimos a enfrentar una traducción de la Guerra de las Galias.
Tras el examen sorpresa, Miss Snake abandonó el aula seguida de una exaltada Mireia Sanchis (“¡Ni siquiera hemos dado la cuarta declinación!”), y el tercero de bachillerato estalló en un indignado murmullo en el que no se omitieron maldiciones ni insultos, ha ido a joder la muy.
Minutos más tarde, cuando algo más calmados mis compañeros trazaban imposibles planes de venganza, me dirigí a Octavio. “Se me ha ocurrido algo.” Este me miró con desconfianza: “¿A ti estas notas te cuentan para la media?” Galvanizado por la metamorfosis que acabábamos de presenciar –¿no hay algo que atrae en lo irracional?–, le pedí a Octavio que olvidara sus pequeñoburguesas preocupaciones sobre la media, y me atendiera: si la seguíamos, si averiguábamos sus costumbres fuera del instituto, si indagábamos en su vida… “Ni hablar, tío, tú estás majara.”
A pesar de la negativa de Octavio, no dejé de darle vueltas a aquella idea, una idea que no sólo era factible, sino que además permitiría resolver el enigma. ¿Por qué no intentarlo? A las cinco, cuando terminamos la última clase, esperé a que Miss Snake saliera del instituto. Y entonces la seguí.


4

El edificio donde vivía Miss Snake, el 202 de la calle Entença, era una construcción de los años setenta. Ladrillo rojo, ventanas blancas, portal granate, interfono plateado. Lo recuerdo bien porque aquel viernes pasé más de siete horas apostado en la farola que había en la acera de enfrente.
Aunque llegué sudando los nervios causados por una persecución de más de catorce manzanas, pronto estos desaparecieron para dejar paso a la duda. ¿En caso de que bajara a la calle, la Snake realmente creería la excusa que había preparado para explicar mi presencia allí, que casualmente un amigo mío vivía en aquella misma calle? Un par de horas más tarde, la duda se había convertido en paranoia. El hombre del perrito, la mujer de la falda plisada, el chico del maletín…, cualquiera podía delatarme a la letal Snake. Para alejar aquellos pensamientos enfermizos, pasé a enumerar, en un silente soliloquio, las descabelladas hipótesis que podían explicar la metamorfosis. Una rarísima alergia primaveral o, quien sabe, una peculiar muestra de bipolaridad o, nada es descartable, una variante del licantropismo… Después de siete horas fumando cigarrillos, fui presa de un vertiginoso pánico que me inducía a abrir tres veces por minuto el billetero donde guardaba la fotografía en blanco y negro en la que mi madre, atrapada en el verano de 1988, sonreía ante el atroz mar de Maracaibo.
Cuando, al borde de la locura y de la medianoche, regresé a casa, mi padre me informó que aquel weekend tenía prohibido salir a ningún lado, concha de chamo.


5

El lunes siguiente Mireia Sanchis me preguntó si era verdad lo que le había contado Octavio. Si Mireia no hubiera sido Mireia (la prefería a un riff de Jane’s Addiction, a una película de Scorsese, a un canuto a última hora del día), habría inventado cualquier historia. Pero Mireia era Mireia, y yo un pobre diablo; así que se lo conté todo: el plan, la persecución, el castigo.
Apurábamos el primer cigarrillo del día ante la puerta del instituto. La mayor parte de los alumnos había entrado ya, pero ni Mireia ni yo teníamos prisa por oír la lección de Black Adder sobre la generación del 27. Yo me hacía el interesante (alzada ceja derecha, voz impostada), mientras Mireia “alucinaba” con mi historia. Le parecía superbien investigar a Miss Snake. “Podemos contar con Octavio, y Sergi… ¡Y Dani!” Esta vez tuve reflejos.
—Ya ha entrado todo el mundo –aduje antes de proponer saltarnos la primera clase–. Por qué no vamos al 366, y te cuento lo que tengo pensado?
Las alas de la nariz de Mireia Sanchis se ensancharon, en sus almendrados ojos brilló la desconfianza; pero al fin admitió que le parecía una buena idea.
Ignorando las maliciosas sonrisas de los comerciales que nos observaban desde la barra, Mireia se agarraba con ambas manos a la taza de café con leche y me miraba intrigada. Yo veía arder el segundo cigarrillo del día como quien ve arder su propia sombra en el infierno (o eso trataba), al tiempo que aseguraba que el fracaso del viernes no me había desanimado.
Al contrario. Estaba más decidido que nunca a descubrir el secreto de Miss Snake. Durante el carcelario fin de semana había tenido tiempo de sobra para reflexionar sobre el caso. “Este mediodía, cuando terminen las clases, la seguiré de nuevo.” Con la excusa de un inexistente partido de baloncesto, tenía algunas horas libres antes de regresar a casa, así que no tenía más que plantarme ante el 202 de la calle Entença, y arriesgar. Entrar en el edificio, preguntar a los vecinos si tenían problemas con ella, tal vez colarme en su piso a través de la ventana de la cocina…
—Si te pillan, te expulsan.
—Lo sé.
—Estás loco.
Just a little bit.
La improvisada táctica del detective-kamikaze, por increíble que parezca, dio resultado: Mireia rió distendida, con franqueza, y aunque se llevó las manos a la boca para disimularlo, viendo sus ojos exaltados, no se me escapó que se había enamorado (un poco) de mi.
Aquel fue el momento propicio, pero el miedo a que Mireia rechazara mis labios venezolanos y nicotínicos dejó pasar la oportunidad.


6

Aquel mediodía, al apostarnos en la farola que había frente al 202 de la calle Entença, le ofrecí un cigarrillo a Mireia; pero esta, atenta solo al portal de color granate, declinó. Yo sí encendí un cigarrillo. Y luego guardé el paquete en el bolsillo del pantalón.
Tras unos minutos en silencio, señalé que era curioso que a ambos nos atrajera el caso de Miss Snake y, procurando que mi tono no delatara que sólo hablaba para llamar su atención, me dispuse a contarle el origen de mi fascinación por las transformaciones.
—El año pasado, cuando estuve en Varsovia, mi viejo me apuntó a unas clases de dibujo que daba un momio llamado Tadeusz. Llevaba unos bigotes así, como del siglo XIX, y pintaba realismo social. Obreros, campesinos, tractores, fábricas… Todo idílico. A mi Tadeusz no me caía especialmente mal, aunque siempre se metía conmigo por cómo dibujaba las orejas. “Ese oreja, Marcelo.” ¡Qué fijación! El caso es que un día, al terminar la clase, me pidió que me quedara un rato. Yo pensé que volvería a las orejas. Pero no. El tipo me dijo que yo le recordaba a su juventud, y se puso a hablar de París. Imagínate… Por lo visto, cuando terminó el bachillerato, un primo de su madre lo había mandado a estudiar allí durante un año. Nada serio, en realidad. Iba a una academia cutre, la Martínez o algo por el estilo, y aprendía las técnicas para pintar bodegones, gravados para libros, planos de arquitectura, that kind of stuff. Al pobre Tadeusz, que llegó creyendo que en París todo el mundo era vanguardista, aquello no le convencía, pero ¿qué podía hacer? Sólo se permitía subir sus noches libres hasta Montmartre, y espiar a los pintores surrealistas que solían pasarla charlando y bebiendo en algún café del barrio. Tadeusz nunca se decidió a entablar conversación con ellos. Se conformaba con sentarse cerca y escuchar lo que hablaban. “Ahora me arrepintiendo, claro.” Tadeusz hablaba así, te prometo. Un hombre curioso. Imagina que llegó a clasificar a los contertulios surrealistas en tres categorías. A) Los cándidos snobs. Ricos que, a pesar de tener alma de “oficinario”, se reían “con enormes mandíbulas” gracias a aquellos pintores chiflados. B) Los locos sensibles, a quienes se distinguía por alguna “taro”. La histriónica esquizofrenia de Artaud, la morbosa cultura de Leiris, la poligamia del “furiente” Ernst, el lírico mutismo de Miró, los ávidos bigotes de Dalí… C) André Breton.
Herido por la indiferencia que Mireia Sanchis mostraba hacia mi extraordinaria historia –ella sólo tenía ojos para el 202–, le pregunté si sabía quién era André Breton. “Sí, y también sé quién es el Ensaimada Mecánica.” El dedo de Mireia Sanchis señalaba hacia el portal en donde, en efecto, Ensaimada Mecánica ahora entraba.


7

—Misterio resuelto.
—¿Misterio resuelto? Yo veo, más bien, un nuevo misterio.
—¿De verdad no te das cuenta, Marcelo? Son los dos lados de la moneda del mal, y por tanto es sumamente lógico que se entiendan.
—¿La moneda del mal? ¿De qué estás hablando, Mireia?
—Piénsalo. La Snake es una mala imprevisible y pasional. Un examen sorpresa, y sin haber dado la cuarta declinación, y espabila. El Ensaimada, en cambio, es el metódico retorcido. Hace la física más complicada de lo que es, y suspende con un 4.9, y así es la vida señores. Pero en el fondo son iguales.
El razonamiento de Mireia me había convencido, pero no terminaba de comprender hacia dónde apuntaba. ¿Qué proponía? ¿Abandonar?
—Al contrario, Marcelo. Tenemos que averiguar qué traman.
Haciéndonos pasar por repartidores de correo comercial, nos colamos en la portería del 202 y, tras averiguar en los buzones que Miss Snake vivía en el Segundo A, nos dirigimos hacia la escalera.
Subimos.
Al llegar al segundo piso, Mireia me preguntó: “¿Qué hacemos ahora?” Yo le indiqué que guardara silencio y me acerqué hasta la puerta A. Después de comprobar que del otro lado no llegaba ningún ruido, susurré: “Vamos arriba”.
Una vez en el rellano del tercer piso, nos agachamos para ver la puerta de Miss Snake, pero Mireia no estaba segura de que aquella fuera una buena idea.
— ¿Y si sale algún vecino?
No tuve tiempo de responder a su pregunta. Antes, Ensaimada Mecánica salió de la puerta A del segundo piso, cruzó el rellano a grandes zancadas y, sin esperar al ascensor, tomó las escaleras y se precipitó a la calle.
—Larguémonos.
Mireia Sanchis había pronunciado aquella palabra en voz muy baja, sin convicción alguna, mirando golosa la puerta de entrada del piso de Miss Snake, que había quedado abierta de par en par.


8

El recibidor del piso de Miss Snake daba a un pasillo al fondo del cual se veía la luz que provenía de una puerta entornada. Avanzamos hacia ella y, sin apenas respirar, nos acercamos tanto que casi la rozábamos. Parecía que nuestros corazones fueran a estallar. Mireia agarró el paño y empujó. Frente a nosotros, Miss Snake. Ni siquiera oíamos nuestra respiración. Sólo a Miss Snake, que me silbó: “Ven”. Mireia Sanchis tiró de mi camisa. Pero yo no me moví.


9

Miss Snake, echada en la cama, observaba con ojos perezosos cómo yo me abotonaba la camisa.
—André Breton –anuncié con una solemnidad que no disimulaba mi intemperancia–, era el Papa del Surrealismo, pero Tadeusz siempre lo detestó.
Como la interrogante mirada de mi profesora de latín me invitó a proseguir, le conté la historia de Tadeusz y hasta qué punto este detestaba la manía por el canon profesada por Breton.
—A pesar de ello –añadí a tanta velocidad que me comía las sílabas–, mi profesor de dibujo debía a aquel poeta beligerante su único cuadro vanguardista. Una noche oyó cómo Breton contaba la historia de René Magritte. Breton la había contado con todo lujo de detalles y luego había escupido aquella pregunta. “¿A quién pueden interesar los traumas del hijo de la bobita Ofelia?”
Miss Snake se había incorporado y me escrutaba no sin cierta ironía.
—La madre de René Magritte –aclaré– se suicidó lanzándose a un río vecino a su pueblo. No recuerdo el nombre. Lo importante es que aquella imagen espoleó a Tadeusz. Y que Tadeusz regresó a su habitación, tomó los pinceles y dejó que los colores se derramaran. Pintó sin atender a las estúpidas reglas de la Academia Martínez. Pintó con “la estridente del dolor”. Y luego subrayó aquel caos con “el luto de una lapicera negro”.
Me apoyé en la pared, con la camisa a medio abotonar, sintiéndome de pronto inmensamente desconsolado, y así terminé mi historia:
—El resultado fue El hijo de la mujer ahogada. Yo vi ese cuadro y era realmente inquietante.
Y aún añadí: “Atroz, diría”.


10

Belita Ferrer levantó su cuerpo, ahora completamente humano, y me acarició el cabello. “Anda, ve a buscar a tu chica.”




Subir