Iván Humanes / BELANO
Autor:
Iván Humanes
© C. Dolores EscuderoPara Ana María Navales. En su memoria.
Lima y yo no éramos revolucionarios pero sí nos movíamos entre tiburones, en eso
tenía razón Roberto Bolaño. También puede llegar a ser cierto que no éramos
escritores. A veces escribíamos poesía, pero tampoco éramos poetas. Éramos
vendedores de droga. Que se lo digan a Felipe Müller, o a esos tantos que han
dado su mentira sobre nuestra vida y obra para que se publique y salga por ahí
en miles de libros. Que se lo digan al joven García Madero. Que se lo digan a
Bolaño. Lima y yo teníamos conciencia de la muerte. Y eso es lo que nos separa
de cualquier otro.
Es cierto que publiqué acaso un par de novelas. Pero ese acto cobarde no le supone a un tipo escritor. Sí que estuve cerca de esa naturaleza el día en el que desafié a duelo con espadas al crítico Iñaki Echavarne por una mala reseña de mi obra. Eso le acerca a uno a la literatura. Acabar con el crítico a estocadas sí que puede ser de escritor, clavarle la pluma con la que uno ha relatado varias vidas. Escribir sin más, sin presuponer que detrás de la escritura está la necesidad visceral de hacerlo, es de hijos de puta. Todos los que le conocieron decían que Bolaño sí que era escritor. Que si alguna vez alguien pudo escribir y vivir como un escritor, como un eficaz rey del accidente, ése fue Roberto.
¿Y qué hay detrás de la ventana?
Juventud. Amor. Muerte. Nuestra sinagoga, una violenta trinidad. El real visceralísmo fue nuestra premisa poética. Por Los detectives salvajes, obra tumultuosa donde se encuentra mi historia, la de Ulises Lima y la de Cesárea Tinajero, supe dónde pararon los escritos de esta poeta mexicana. En Sonora. Yo acabé en Liberia. Sonora fue también el destino del joven García Madero, que sin el esfuerzo que conlleva la graduación de poeta maldito, se hizo con los poemas de Cesárea, y allí pasó a vivir con Lupe, su amiga y amante. García Madero “cagón” siempre se creyó continuador de la obra visceralista pero nunca asumió el riesgo.
Los poetas detestan que se les recuerde su ignorancia. Eso lo dijo un día Madero y lo hice mío. Es cierto. No todo lo que se publicó en Los detectives salvajes es verdad. O no todo puede considerarse como cierto. Claro, salía de unas bocas que pertenecían a testigos de su propia realidad. ¿Éramos vendedores de droga? Sí, pero también éramos parte viviente del visceralísmo, del malditismo y la vanguardia. Estábamos hasta los topes. ¿Acaso debía recordarle yo al autor su ignorancia? ¿La ignorancia de sus testigos? Un día, tras la crónica que escribía para el periódico, y entre celebraciones y disparos de kalasnikov en Liberia, me dije de llamar a García Madero, de hablar y pedir lo que no era de él, de recuperar a balazos nuestro visceralísmo el mío y el de Lima, que él hizo como suyo, y de saludar a Lupe.
Esto último fue lo único que hice:
―¿Hablo con Sonora? ¿Lupe?
―¿Quién llama?
―Acaso me conozca de oídas. Soy Arturo Belano.
Y seguimos conversando. García Madero, según Lupe, estaba encerrado en su despacho, componiendo prosas matemáticas. Ella no estaba conforme con la vida que llevaba. Tanto desierto, la poesía racional del joven, su sexo retórico... No colgó la primera vez, tampoco las siguientes. Lupe se convirtió en mi otro lugar, el vacío donde no hay disparos. Aunque yo tampoco sabía ciertamente si ella jugaba a ser una perfecta confidente y era la que le trasladaba tras cada conversación informes al enemigo. Me imaginaba su mirada de niña echada a perder. García Madero era capaz de hacer que Lupe me enamorara por el simple hecho de saber que uno, Arturo Belano, no escribía si estaba ocupado en eso del amor y sus variantes, y así confirmar que él era el único continuador de la vanguardia, de Cesárea Tinajero, de la chingadera del visceralísmo.
No supe nada de mi compañero Ulises Lima después de haberle visto en Francia, hará ya varios años. ¿Se aspira a saber más del otro que de uno? Dicen que Ulises despareció en un suburbio de México DF, que vendía marihuana y que sólo iba a dormir después de haber hecho tratos durante el día. Que vivía con una chava que se llamaba Lola. Que tenía un hijo. Acaso las veces que éramos salvajes juntos, detectives, son las únicas que puedan recordarse ahora. Si hubiéramos terminado los dos la historia sin separarnos, nuestra historia, nuestras vidas, no hubiese tenido valor el relato que ahora escribo. Hubiera pasado a ser insignificante. Aquí vale el alejamiento, que cada uno elija su destino, su desierto tártaro. La importancia pública de nuestras desgracias se ocupó de darla y recordarla el chileno Bolaño.
No hubiera sido una mala idea convencer a Lupe para quedar con ella y luego acudir a Sonora. Y entonces una vez recuperar las poesías de Cesárea, y más tarde revolcarme en la cama del joven García Madero con ella. Y repasar con lápiz los pliegues que hubieran dejado los cuerpos en las sábanas, como cierto surrealista hizo, para que el joven recordara que alguien ha estado chingando poéticamente con su mujercita y para que de una vez por todas supiera de qué va eso del visceralísmo. Pese a que no hubiera sido una mala idea, no lo hice. Y no lo hice porque un día, tras la crónica oportuna, en vez de telefonear a Lupe y planear el asalto a Sonora, llamé a Bolaño. La necesidad de contactar con alguien se deja presentir, viene, está en el aire.
Creen que no entiendo pero sí entiendo. Falta de certeza. Eso es lo que importa en Los detectives salvajes, la falta de certeza. Tengo frente a mí una fotografía de Roberto, ha salido en los diarios, hoy mismo. Recuerdo un retrato en la solapa del libro que le dio la fama, nuestro libro, el en el que un servidor y Lima éramos narrados sin tregua. Le miro y parece un visitante extraño que surge de atrás, de más allá de la literatura, que sonríe o acaso dibuja una sonrisa que bien puede ser la suma y resta de todas las sonrisas que sus personajes alguna vez tuvieron. Esos ojos miran desde atrás. Acomplejados. Observan desde un lugar en el que pocos han estado. Preguntan del revés, intentando habituarse a las formas del mundo que se le presenta en la instantánea. Cuando me aventuré a llamarle, la conversación fue una rematada falta de certeza. Y una retahíla de frases que se disparaban sin dejarle hablar:
―Le llamo desde el diario y necesitábamos conocer sobre sus personajes. Háblenos de la pérdida, sobre Belano, ¿era un vendedor de droga? ¿Supuso alguna vez que un vendedor de droga podía dejar de serlo y jugar a escritor? ¿Qué demonios es eso del visceralísmo y por qué carajo hizo que Belano fuera visceralísta y le gustara tanto la muerte, y sólo hubiera muerte en su puta vida, y Liberia llena de muerte? Y la ventana, ¿qué hay detrás de la ventana? –cuando acabé la pregunta, respiré.
Se escuchaban disparos en esta parte. En la otra, más allá de la línea, el mar. Quizás una sonrisa. Dejó pasar demasiado tiempo en blanco.
―Belano es alguien que está y no está. Que se está yendo muy despacio –dijo. Su voz era lenta.
Eso me recordó el capítulo de Los detectives salvajes donde Luis Sebastián Rosado explica cómo hizo el amor, yéndose sin irse, y pensé que Bolaño tenía tantas almas como historias contadas y que quizás yo fuera parte de su alma, el agujero negro, pequeño y peligroso que esconde todo lugar animado.
―¿Acaso es usted Belano? –me preguntó de repente.
Colgué. Mi vista se quedó quieta en ese momento en unos soldados que iban de verde, con sus armas, más allá de la ventana de la comisaría. Sus disparos sonaron ásperos, debieron matar a unos cuántos. Ésa era la torpe poética de mi viaje.
En un primer momento éramos jóvenes, salvajes, y latinoamericanos. Nos había degradado el mundo. El fin de uno es impredecible. Toda la vida buscando, desesperado ante lo que se presenta, lo falso que es cierto. Y así uno va rodando sin irse, perdido. Ya maté una vez, como mínimo, y Cesárea Tinajero moriría después con mi culpa, seguir matando no era algo que me preocupara como lamento moral. En ese momento no sé si era yo mismo que me odiaba, o era Roberto el aborrecido por relatarme con su escritura mi vida de nuevo, por recoger tantas versiones disparadas sobre Ulises Lima y Arturo Belano y marcar sin remedio ese fin.
Ignoro cómo llegué a decidir el viaje. Tenía que huir de ese lugar. Liberia era el ejemplo de la jaculatoria (de la eyaculación arrabalesca) que afirmaba que la vida continúa y se extiende: “se ensanchan los cementerios”. Regresar a un territorio puro, sin destrucción evidente, no estaba dentro de mi ruta. Rimbaud nunca lo hizo, se quedó en el abismo hasta la muerte. Es indudable que yo nunca fui un buen poeta, como lo fue el francés. Salí como pude de Liberia y viajé a Barcelona. No fue difícil saber dónde vivía Roberto, un par de contactos con la editorial y asunto resuelto. Tampoco me resultó complicado saber quiénes eran sus camaradas literarios, que no tenía círculos donde participar ni fiestas donde acudir, que para él sólo existía la ficción, la soledad en su casa de la playa y el escribir con café y coca-cola hasta que el cuerpo dijera no, o reventara la vista. Procuré no visitarlo. Rodé durante días por Barcelona sin importarme nada. Sabía que no había venido para sólo estar, que nunca aparezco en ningún lugar para nada, que siempre me acompaña la caída.
Pero una semana después de llegar a la ciudad, murió Roberto Bolaño. A los cincuenta años. Me enteré por los diarios. Insuficiencia hepática. Arrastraba desde lejos la enfermedad. Recordé la primera vez que hablé con un sacerdote, me dijo:
―Hay algo extraño en ti, tienes que ver con la muerte. –Yo era un muchacho. Y le creí.
Escribí una nota de duelo para su esposa pensando en esas palabras. Pero no la envié. Luego la rompí en pedazos. Decidí quedarme algún tiempo más en la ciudad y el dinero me dio para alquilar una pieza en un barrio triste. Pese a que transcurría el tiempo, algunas firmas en los periódicos seguían recordando en las revistas al escritor chileno. Era inevitable preguntarse quiénes de los que ahora le adoraban le habían acompañado en las horas bajas.
Entonces conocí a Rolando. Estaba sentado en un bar tranquilo, fumaba y ojeaba un libro de Hemingway, ése yanqui. Me acerqué porque me dijeron que en ése lugar encontraría a otro escritor. Nada más sentarme a su lado me habló de la cuarta parte del iceberg que Hemingway mostraba en sus escritos, que eso es lo que debe procurar la literatura, mostrar y no afirmar, me contaba.
―Como la vida de uno –dije yo.
―¿Ha leído Asesinos? –me preguntó.
―Fui existencialista durante mucho tiempo y eso te aparta de ciertos caminos.
―Y de ciertas verdades.
―¿Bolaño era una verdad?
La pregunta cayó dentro, la pensó durante tiempo y no me contestó, chupó su cigarro y fumó. Su ausencia de respuesta era estima hacia el chileno, pero también era como si yo hubiese pronunciado el nombre secreto que dispara los misterios, la esencia. Repasó con la mano la barba, pensativo.
―Roberto era bueno –dijo después–. Hay personas que creen que esto de la literatura es un jueguecito y prueban a hacer, y esto es una cosa seria. No se trata de sumar letras.
―¿Qué opina de Arturo Belano? –pregunté entonces.
Sonrió.
―Un personaje. Una mancha solar.
En los ojos que me hablaba había parte de ese lugar que muy pocos transitan, venían desde más allá y le obligaban a decir. Lima y yo no éramos revolucionarios. No éramos escritores. A veces escribíamos poesía pero tampoco éramos poetas. Éramos vendedores de droga.
Belano es alguien que está y no está. Que se está yendo muy despacio.
¿Qué hay detrás de la ventana?
Una vez, el chileno escribió que el mundo está vivo y nada vivo tiene remedio, y ésa es nuestra suerte. Nuestra suerte. Quizás lo oportuno sea dejar el periódico encima de la mesa, liberarse de las pertenencias. Doblarlo. Quitarse las lentes. Acabar la bebida. Olvidar todo aquello que fue y que pasó como cuentan. No hay escritores. Ya no los hay. En la esquina de la calle para un taxi. Más allá de un punto no hay nada. En este mundo de mierda sólo hay personas que saben ordenar palabras. Y acaso ni eso. Personajes. Sólo los personajes se divierten y creen que lo hacen bien. Asumen el rol. Reciben premios. Lo oportuno es ir a la tumba de Roberto. Desaparecer. Saber hacerlo.
Es cierto que publiqué acaso un par de novelas. Pero ese acto cobarde no le supone a un tipo escritor. Sí que estuve cerca de esa naturaleza el día en el que desafié a duelo con espadas al crítico Iñaki Echavarne por una mala reseña de mi obra. Eso le acerca a uno a la literatura. Acabar con el crítico a estocadas sí que puede ser de escritor, clavarle la pluma con la que uno ha relatado varias vidas. Escribir sin más, sin presuponer que detrás de la escritura está la necesidad visceral de hacerlo, es de hijos de puta. Todos los que le conocieron decían que Bolaño sí que era escritor. Que si alguna vez alguien pudo escribir y vivir como un escritor, como un eficaz rey del accidente, ése fue Roberto.
¿Y qué hay detrás de la ventana?
Juventud. Amor. Muerte. Nuestra sinagoga, una violenta trinidad. El real visceralísmo fue nuestra premisa poética. Por Los detectives salvajes, obra tumultuosa donde se encuentra mi historia, la de Ulises Lima y la de Cesárea Tinajero, supe dónde pararon los escritos de esta poeta mexicana. En Sonora. Yo acabé en Liberia. Sonora fue también el destino del joven García Madero, que sin el esfuerzo que conlleva la graduación de poeta maldito, se hizo con los poemas de Cesárea, y allí pasó a vivir con Lupe, su amiga y amante. García Madero “cagón” siempre se creyó continuador de la obra visceralista pero nunca asumió el riesgo.
Los poetas detestan que se les recuerde su ignorancia. Eso lo dijo un día Madero y lo hice mío. Es cierto. No todo lo que se publicó en Los detectives salvajes es verdad. O no todo puede considerarse como cierto. Claro, salía de unas bocas que pertenecían a testigos de su propia realidad. ¿Éramos vendedores de droga? Sí, pero también éramos parte viviente del visceralísmo, del malditismo y la vanguardia. Estábamos hasta los topes. ¿Acaso debía recordarle yo al autor su ignorancia? ¿La ignorancia de sus testigos? Un día, tras la crónica que escribía para el periódico, y entre celebraciones y disparos de kalasnikov en Liberia, me dije de llamar a García Madero, de hablar y pedir lo que no era de él, de recuperar a balazos nuestro visceralísmo el mío y el de Lima, que él hizo como suyo, y de saludar a Lupe.
Esto último fue lo único que hice:
―¿Hablo con Sonora? ¿Lupe?
―¿Quién llama?
―Acaso me conozca de oídas. Soy Arturo Belano.
Y seguimos conversando. García Madero, según Lupe, estaba encerrado en su despacho, componiendo prosas matemáticas. Ella no estaba conforme con la vida que llevaba. Tanto desierto, la poesía racional del joven, su sexo retórico... No colgó la primera vez, tampoco las siguientes. Lupe se convirtió en mi otro lugar, el vacío donde no hay disparos. Aunque yo tampoco sabía ciertamente si ella jugaba a ser una perfecta confidente y era la que le trasladaba tras cada conversación informes al enemigo. Me imaginaba su mirada de niña echada a perder. García Madero era capaz de hacer que Lupe me enamorara por el simple hecho de saber que uno, Arturo Belano, no escribía si estaba ocupado en eso del amor y sus variantes, y así confirmar que él era el único continuador de la vanguardia, de Cesárea Tinajero, de la chingadera del visceralísmo.
No supe nada de mi compañero Ulises Lima después de haberle visto en Francia, hará ya varios años. ¿Se aspira a saber más del otro que de uno? Dicen que Ulises despareció en un suburbio de México DF, que vendía marihuana y que sólo iba a dormir después de haber hecho tratos durante el día. Que vivía con una chava que se llamaba Lola. Que tenía un hijo. Acaso las veces que éramos salvajes juntos, detectives, son las únicas que puedan recordarse ahora. Si hubiéramos terminado los dos la historia sin separarnos, nuestra historia, nuestras vidas, no hubiese tenido valor el relato que ahora escribo. Hubiera pasado a ser insignificante. Aquí vale el alejamiento, que cada uno elija su destino, su desierto tártaro. La importancia pública de nuestras desgracias se ocupó de darla y recordarla el chileno Bolaño.
No hubiera sido una mala idea convencer a Lupe para quedar con ella y luego acudir a Sonora. Y entonces una vez recuperar las poesías de Cesárea, y más tarde revolcarme en la cama del joven García Madero con ella. Y repasar con lápiz los pliegues que hubieran dejado los cuerpos en las sábanas, como cierto surrealista hizo, para que el joven recordara que alguien ha estado chingando poéticamente con su mujercita y para que de una vez por todas supiera de qué va eso del visceralísmo. Pese a que no hubiera sido una mala idea, no lo hice. Y no lo hice porque un día, tras la crónica oportuna, en vez de telefonear a Lupe y planear el asalto a Sonora, llamé a Bolaño. La necesidad de contactar con alguien se deja presentir, viene, está en el aire.
Creen que no entiendo pero sí entiendo. Falta de certeza. Eso es lo que importa en Los detectives salvajes, la falta de certeza. Tengo frente a mí una fotografía de Roberto, ha salido en los diarios, hoy mismo. Recuerdo un retrato en la solapa del libro que le dio la fama, nuestro libro, el en el que un servidor y Lima éramos narrados sin tregua. Le miro y parece un visitante extraño que surge de atrás, de más allá de la literatura, que sonríe o acaso dibuja una sonrisa que bien puede ser la suma y resta de todas las sonrisas que sus personajes alguna vez tuvieron. Esos ojos miran desde atrás. Acomplejados. Observan desde un lugar en el que pocos han estado. Preguntan del revés, intentando habituarse a las formas del mundo que se le presenta en la instantánea. Cuando me aventuré a llamarle, la conversación fue una rematada falta de certeza. Y una retahíla de frases que se disparaban sin dejarle hablar:
―Le llamo desde el diario y necesitábamos conocer sobre sus personajes. Háblenos de la pérdida, sobre Belano, ¿era un vendedor de droga? ¿Supuso alguna vez que un vendedor de droga podía dejar de serlo y jugar a escritor? ¿Qué demonios es eso del visceralísmo y por qué carajo hizo que Belano fuera visceralísta y le gustara tanto la muerte, y sólo hubiera muerte en su puta vida, y Liberia llena de muerte? Y la ventana, ¿qué hay detrás de la ventana? –cuando acabé la pregunta, respiré.
Se escuchaban disparos en esta parte. En la otra, más allá de la línea, el mar. Quizás una sonrisa. Dejó pasar demasiado tiempo en blanco.
―Belano es alguien que está y no está. Que se está yendo muy despacio –dijo. Su voz era lenta.
Eso me recordó el capítulo de Los detectives salvajes donde Luis Sebastián Rosado explica cómo hizo el amor, yéndose sin irse, y pensé que Bolaño tenía tantas almas como historias contadas y que quizás yo fuera parte de su alma, el agujero negro, pequeño y peligroso que esconde todo lugar animado.
―¿Acaso es usted Belano? –me preguntó de repente.
Colgué. Mi vista se quedó quieta en ese momento en unos soldados que iban de verde, con sus armas, más allá de la ventana de la comisaría. Sus disparos sonaron ásperos, debieron matar a unos cuántos. Ésa era la torpe poética de mi viaje.
En un primer momento éramos jóvenes, salvajes, y latinoamericanos. Nos había degradado el mundo. El fin de uno es impredecible. Toda la vida buscando, desesperado ante lo que se presenta, lo falso que es cierto. Y así uno va rodando sin irse, perdido. Ya maté una vez, como mínimo, y Cesárea Tinajero moriría después con mi culpa, seguir matando no era algo que me preocupara como lamento moral. En ese momento no sé si era yo mismo que me odiaba, o era Roberto el aborrecido por relatarme con su escritura mi vida de nuevo, por recoger tantas versiones disparadas sobre Ulises Lima y Arturo Belano y marcar sin remedio ese fin.
Ignoro cómo llegué a decidir el viaje. Tenía que huir de ese lugar. Liberia era el ejemplo de la jaculatoria (de la eyaculación arrabalesca) que afirmaba que la vida continúa y se extiende: “se ensanchan los cementerios”. Regresar a un territorio puro, sin destrucción evidente, no estaba dentro de mi ruta. Rimbaud nunca lo hizo, se quedó en el abismo hasta la muerte. Es indudable que yo nunca fui un buen poeta, como lo fue el francés. Salí como pude de Liberia y viajé a Barcelona. No fue difícil saber dónde vivía Roberto, un par de contactos con la editorial y asunto resuelto. Tampoco me resultó complicado saber quiénes eran sus camaradas literarios, que no tenía círculos donde participar ni fiestas donde acudir, que para él sólo existía la ficción, la soledad en su casa de la playa y el escribir con café y coca-cola hasta que el cuerpo dijera no, o reventara la vista. Procuré no visitarlo. Rodé durante días por Barcelona sin importarme nada. Sabía que no había venido para sólo estar, que nunca aparezco en ningún lugar para nada, que siempre me acompaña la caída.
Pero una semana después de llegar a la ciudad, murió Roberto Bolaño. A los cincuenta años. Me enteré por los diarios. Insuficiencia hepática. Arrastraba desde lejos la enfermedad. Recordé la primera vez que hablé con un sacerdote, me dijo:
―Hay algo extraño en ti, tienes que ver con la muerte. –Yo era un muchacho. Y le creí.
Escribí una nota de duelo para su esposa pensando en esas palabras. Pero no la envié. Luego la rompí en pedazos. Decidí quedarme algún tiempo más en la ciudad y el dinero me dio para alquilar una pieza en un barrio triste. Pese a que transcurría el tiempo, algunas firmas en los periódicos seguían recordando en las revistas al escritor chileno. Era inevitable preguntarse quiénes de los que ahora le adoraban le habían acompañado en las horas bajas.
Entonces conocí a Rolando. Estaba sentado en un bar tranquilo, fumaba y ojeaba un libro de Hemingway, ése yanqui. Me acerqué porque me dijeron que en ése lugar encontraría a otro escritor. Nada más sentarme a su lado me habló de la cuarta parte del iceberg que Hemingway mostraba en sus escritos, que eso es lo que debe procurar la literatura, mostrar y no afirmar, me contaba.
―Como la vida de uno –dije yo.
―¿Ha leído Asesinos? –me preguntó.
―Fui existencialista durante mucho tiempo y eso te aparta de ciertos caminos.
―Y de ciertas verdades.
―¿Bolaño era una verdad?
La pregunta cayó dentro, la pensó durante tiempo y no me contestó, chupó su cigarro y fumó. Su ausencia de respuesta era estima hacia el chileno, pero también era como si yo hubiese pronunciado el nombre secreto que dispara los misterios, la esencia. Repasó con la mano la barba, pensativo.
―Roberto era bueno –dijo después–. Hay personas que creen que esto de la literatura es un jueguecito y prueban a hacer, y esto es una cosa seria. No se trata de sumar letras.
―¿Qué opina de Arturo Belano? –pregunté entonces.
Sonrió.
―Un personaje. Una mancha solar.
En los ojos que me hablaba había parte de ese lugar que muy pocos transitan, venían desde más allá y le obligaban a decir. Lima y yo no éramos revolucionarios. No éramos escritores. A veces escribíamos poesía pero tampoco éramos poetas. Éramos vendedores de droga.
Belano es alguien que está y no está. Que se está yendo muy despacio.
¿Qué hay detrás de la ventana?
Una vez, el chileno escribió que el mundo está vivo y nada vivo tiene remedio, y ésa es nuestra suerte. Nuestra suerte. Quizás lo oportuno sea dejar el periódico encima de la mesa, liberarse de las pertenencias. Doblarlo. Quitarse las lentes. Acabar la bebida. Olvidar todo aquello que fue y que pasó como cuentan. No hay escritores. Ya no los hay. En la esquina de la calle para un taxi. Más allá de un punto no hay nada. En este mundo de mierda sólo hay personas que saben ordenar palabras. Y acaso ni eso. Personajes. Sólo los personajes se divierten y creen que lo hacen bien. Asumen el rol. Reciben premios. Lo oportuno es ir a la tumba de Roberto. Desaparecer. Saber hacerlo.

