
Diría, sin temor a equivocarme, que de entre todos los géneros literarios el más difícil, y desde luego ingrato, es la crítica. Es que no hay más mala crítica que aquella que subraya los méritos de una obra en vez de resaltar los defectos que le impiden elevarse a niveles superiores. Esta característica singular hace que el mérito de este género esté en molestar al autor de otra obra, la más de las veces hecha con cariño, o gestada con ilusión, si no esfuerzo. El crítico no será, por tanto, querido de sus pares sino catalogado con los epítetos peores y con los conceptos, muchas veces, más injustos.
Como sea, una vez recibida una crítica lo más sabio es esperar a que pase el dolor, a que vuelva la tranquilidad espiritual, y buscar la justificación de la crítica recibida. En muchas, tal vez en todas las ocasiones, tenga bases reales. Por supuesto que cada uno de nosotros nos amamos algo más que lo que los demás nos aman y nos somos, por eso, más benevolentes. Si alguien nos dice que escribimos en forma pueril, nuestra reacción será decir que es un estilo directo, y que lo rebuscado no implica calidad. Si nos acusan de rebuscados entenderemos que nuestro decir es demasiado inteligente para un crítico de tan poco vuelo. Si nos encuentran confusos o vagos, pensaremos que las imágenes de nuestra literatura reflejan demasiado directamente el alma o la emoción y que lo importante es expresar. El problema es que solemos quedarnos con esas respuestas primeras y clausuramos la reflexión sobre la crítica como si en ella hubiera mala intención. Con más razón todavía, si en efecto hay algún componente de encono, de burla, de ironía o sarcasmo. Y sin embargo, ni aun así, deberíamos desechar ninguna crítica.
El peor enemigo del género crítico es el adulador. Lo más complejo es que el adulador no siempre dimensiona el daño que hace con su halago. Si se produce una obra que es halagada por la corte de aduladores infaltables, se convence al autor de la bondad de lo obrado con mucha más facilidad que la crítica convence que adolece de defectos. Entonces el crítico es un envidioso, o mal intencionado, o un ignorante. Por éso es más grato ser adulador que crítico. Habrá que considerar también que el crítico debe justificar su crítica con buenas razones, y ni aun así éstas parecerán buenas, mientras que el adulador sólo suelta su halago sin justificación ninguna y es siempre bien recibido además de aceptado como certero y verídico.
Hasta aquí he estado pensando sólo en cuestiones de estilo y forma para expresar lo dicho. En el arte en general, y por supuesto en literatura, para el grueso de los espectadores de arte éste no pasa más allá de lo formal y lo inmediato. Cuantas veces oímos halagar el correcto uso de la composición, o el acierto del color, o cuando más el ambiente bien expresado. Qué pocos son los que llegan a comprender que el arte es una forma de metalenguaje figurativo, lo que significa que gran parte del mérito de una obra no está en su forma superficial o inmediata. No es arte el arte porque la figura esté perfectamente copiada de la realidad: Eso lo hace una máquina en las artes gráficas, un reportero en la literatura, en fin. Si juzgamos el arte de ese modo, lo degradamos. Una obra de arte ha de tener algo más que el estilo y la forma. Más que la corrección de la presentación y mucho más por supuesto que una forma críptica. El arte contiene, sin excepción y como condición básica, una reflexión de autor que se expresa a través del medio. El buen manejo del medio y sus recursos no hacen el arte. Ni siquiera, pues es más de lo mismo, el virtuosismo de efecto. No es cuestión de mover sentimientos ni provocar emociones si el uso virtuoso de ese recurso se queda vacío. Hacer llorar, o reír, sorprender o exaltar, engañar o simular no sirve de nada si no se construye con ellos una reflexión. Otra historia de amor emocionado, o de misterio policiaco, o de amor violento no sirve para nada, es sólo humo si no contienen una reflexión sobre el sentido del amor y el por qué de la emoción en él, o el sentido de la violencia alimentada por herramientas de poder, o el poder que da sobre quien ama el amor que se profesa y el riesgo de la violencia como componente del amor.
Todo esto que ha sido enfocado a la obra de arte eventualmente criticada es aplicable, también, y debe serlo en especial, a la crítica como obra literaria. Es que la crítica que subraya defectos, que resalta ripios y baches sin contener una reflexión en algún sentido, también, así como la narración vacía de reflexión, es una obra frustrada como arte. Ésto obliga al crítico a ser superior al criticado y a ser evidente en su juicio. La crítica oscura o no justificada puede meter el dedo en la llaga con precisión y dolor, pero si no contiene la reflexión necesaria del por qué de la herida, o la vía para hacer el rumbo correcto, es también vacía como la historia sin más sentido que el brillo estructural o estilístico. Esta conclusión tiende, en apariencia, a desalentar la crítica, sin embargo la idea es que ésta sea esencialmente seria y exenta de interés personal, de envidias u objetivos ajenos al arte.
Si así fuera: ¿Sería mejor tolerada la crítica? De verdad lo dudo. ¿Sería, al menos, mejor entendida? De veras lo dudo. En cualquier arte la crítica que a él se haga sólo establece un diálogo más o menos polémico según los autores de la crítica y de la obra criticada. La seriedad y excelencia de la crítica nunca la harán indolora, pero no se pare sin dolor. No se crea sin fracaso, ni se prospera sin la verdad.
Es frecuente que se confunda la crítica recibida con una agresión. He llegado a percibir que quienes están irreparablemente alejados, con sus obras, de la literatura, o al menos de algún camino que conduzca eventualmente a ella, no son criticados. Más aún, no son tomados en cuenta, o a lo sumo son desalentados. Por ésto, la crítica debería ser bienvenida como un indicador de algún nivel de acierto. Considerado así, habrá que hacerse de algún sentido de realidad para percibir que la perfección de hecho, no existe. Nadie es perfecto ni deja nunca de tener progresos posibles por delante. Quienes ponen esos eventuales desafíos a nuestra vista, son quienes nos critican. Sin contradecir lo antes expresado, entonces, cualquier crítica nos debe mover a reflexión ya sea para aceptarla o rechazarla como un acto de inteligencia y no emocional. El análisis sereno de la crítica es una realimentación requerida para nuestro hacer y será necesario despejar toda perturbación que pueda darle un sentid o equívoco.
De todo lo dicho se deduce que la crítica, para ser provechosa, no sólo requiere de un acto de voluntad y preparación de quien la propone, sino también y muy especialmente de quien la recibe, de modo que se transforme en un diálogo fructífero y no en una batalla más por la precedencia jerárquica en el campo literario. Estimo que el arte no debería estar sometido a competencias ni jerarquías, pero entiendo la imposibilidad de evitar esta triste contaminación debida, no a la condición del arte, sino a la de los artistas. Es así como muchas veces el criticado descalifica al crítico por un problema de jerarquías: "¿Quien es éste que se atreve a ponerse en mi nivel y osa criticarme?". ¿Cuántas veces se ve, también, actitudes absurdas que defienden un hacer deficiente descalificando la corrección como rigidez?: "Yo ignoro toda regla impuesta, pues tengo ciertos talentos superiores que me avalan y quienes se sujetan a aquellas normas son rechazados por grandes mayorías". Estas actitudes llenas de soberbia estropean cualquier obra y cualquier proceso de superación, tanto en quien hace arte como en quien hace crítica.
Dentro de la aridez del tema de la crítica se superpone un hecho que difícilmente se separa de ésta y que sería necesario distinguir. Toda persona que observa una obra, en arte o cualquier otra actividad, estará siempre premunida de una opinión, hecha de gustos personales, costumbres, aprendizajes culturales, prejuicios y más. Quienquiera que se enfrenta a una obra de arte tiene derecho a esa opinión, sea documentada o no. Lo que es necesario, sin embargo, es tener claro que una opinión no es una crítica, ni una crítica es una opinión libre. La crítica debe ser documentada y requiere de un hacer sabio, mientras la opinión no.
Quien posea una opinión desfavorable sobre una obra de arte no está obligado a documentar, a explicar, o a justificar pues la opinión nace sólo del enfrentamiento con la obra. Este hecho debe estar claro para quien emprende una crítica, que va más allá de la opinión, y debe ser distinguible para el creador que la recibe, de modo de no entrar en confusión. No es poco frecuente ver principiantes en literatura, que se dejen llevar de las opiniones del entorno: "¡Qué bello!", "¡Me gustó mucho!", "¡Siempre me emociona ver tus obras!", o bien: "Tendrías que evitar tanto adjetivo", o "No entiendo qué pretendes decir con ésto" y más, son todas opiniones que el creador debe considerar sólo como tales. Es frecuente que el principiante, ante estas opiniones acoja las felices y emprenda el combate contra las malas. Qué sano sería ignorar ambas, y esforzarse por lograr una crítica seria, amplia, larga, limpia, documentada y sincera.
A veces es más importante cosechar espectadores de nuestro hacer, que opiniones y críticas. Son por lo general un mejor indicador de éxito. Muchas veces es más verdadera la constancia de un cierto número de lectores, por ejemplo, que una muy buena crítica. Claro; no se debe confundir tampoco el interés ajeno al arte mismo, con cultores fieles. Quien quiera que observe el mundo comercial que rodea al arte, podrá ver que el comercio tiene sus propias reglas que no son las del arte. Es necesario también mantener claridad en ésto. Mario Puzo había logrado incursionar en el mundo editorial sin pena ni gloria, aunque con buena crítica literaria, cuando decidió que su interés no era el arte sino el dinero. Fue entonces cuando decidió escribir un libro orientado a la súper venta y produjo El Padrino. Cuantas obras circulan por los circuitos comerciales gracias a buenas campañas publicitarias y reciben buenas críticas con buen sesgo orientado a la venta y no pasan de ser entretención.
Un vicio bastardo en todo ésto, es el de la notoriedad. Se ve con frecuencia a quienes producen para el escozor de la crítica, o critican para el escozor del artista, logrando así cierta notoriedad que el ambiente tiende a confundir con éxito. Una obra vacía de contenido, pero llena de virulencias no se convierte en arte. Tampoco una opinión descalificatoria por el hecho de serlo, se convierte en crítica. Diría que estas actitudes más bien favorecen las luchas jerárquicas y de precedencias, que no hacen al artista ni al crítico.
Por último, quisiera referirme al peor de los errores que se comete en la crítica y en la producción de arte. No deja de ser frecuente que haya quienes opinan en forma crítica basados en contenidos espurios que no comprometen al arte. Decía más atrás que el arte es un metalenguaje y que como tal se supone que lleve la comunicación de una reflexión del autor. Se cree que esta reflexión deba ir asociada con un pensamiento social, político o religioso, o de cualquier otro interés contingente. La ausencia de esas temáticas se juzgan como ausencia de calidad o arte. Los temas citados hacen meros ejemplos. Hay cientos de temas que pueden caer en esta categoría finalmente panfletaria. El arte no tiene mano política ni idea religiosa, ni pertenece a una raza o filosofía, ni a ninguno de ellos como disciplinas o instituciones y por tanto la crítica no puede basarse en el buen contenido en esos entornos para juzgar. No se debe en modo alguno confundir el compromiso con el arte en tanto cuanto son conceptos distintos y el arte no debe sujetarse a casillas ni tolerar apellidamientos. Es igualmente válida la reflexión sobre el abuso de poder que sobre la relación metafísica del hombre con su entorno como reflexión de autor y cualquier otra sin ninguna restricción.
Todas estas ideas sobre la crítica y su relación con el arte no contienen, quizás, nada novedoso ni nuevo, sin embargo es bueno cada tanto reunirlas en una sola reflexión que nos devuelva al fiel de la balanza de una situación que, como muchas otras en toda actividad humana, son fuente de conflicto dentro del mecanismo de crisis y corrección que requiere todo sistema para prosperar.