José Luis Puerto: una poética de la desposesión

por Asunción Escribano* - José Luis Puerto:...



Ensayo 1


     En la introducción a su obra El tiempo que nos teje [1], José Luís Puerto escribía que “Estos poemas pretenden captar esa realidad subterránea que se oculta tras la apariencia del vivir diario” [2]. Retomando estas palabras, quizá podría yo afirmar que en este texto voy a intentar captar esa concepción subterránea de la poesía que se oculta tras la apariencia del escribir diario en la obra de José Luís Puerto. Aunque quizá mejor que hablar de ocultamiento, habría que hablar de desvelamiento, porque ya desde el primer poema de este libro citado, Puerto habla del deslizarse del galope de la pluma por la metafórica llanura del papel, y describe el propio proceso de escritura como un “mágico festín de palabras” [3] horadado por el tiempo.

     Explicitando su propia experiencia, José Luís Puerto dibuja un poeta en soledad que disfruta de la armonía, sólo amenazada por un “pulso de relojes” [4]. Pero de ese pulso que palpita a lo largo de toda la obra de este poeta, saldrá vencedora la escritura, ya que sólo mediante ella puede el hombre conseguir el Grial ansiado y utópico de vencer al tiempo y ensanchar así, en palabras del autor, “los márgenes ocultos de la muerte” [5].

     Si la muerte puede ser vencida por la palabra, como bien nos lo mostraron de distinto modo Kafka o Sherezade, la palabra es también en la obra de este escritor una llave de acceso al paraíso. Así se refleja en Un jardín al olvido [6]. Este poemario se estructura sobre el recuerdo. Ese recuerdo lejano y modificado en la memoria que se confunde con la belleza de los relatos antiguos. Quizá por ello el texto comienza con la expresión “Era un tiempo” [7] que evoca el principio de tantos cuentos que a todos nos han narrado en nuestra infancia: “Había una vez...”, “hubo un tiempo...” Así Puerto nos trae al presente un espacio que sólo puede vivirse en la infancia, y quizá, volverse a recrear en la poesía. Ese jardín del Edén, “sin tiempo, sin dolor, sin memoria”, un jardín “sin retorno” [8] al que sólo se puede volver mediante la rememoración, nombrando de nuevo la realidad. Por ello es tan acertado el nombre de la antología recientemente publicada por este autor, Memoria del jardín [9], en la que se manifiesta perfectamente cómo mediante la escritura, especialmente la poética, se puede dejar constancia permanente de lo que fue. No ha de extrañarnos, puesto que en el poema se para la lógica cotidiana del mundo, y el lenguaje en él quiebra el corsé asfixiante de la gramática convencional.

     Así se manifiesta en ese precioso poema titulado “La puente”, en el que Puerto escribe:

             Antes que los artículos del nombre
          enjaulados en ásperas gramáticas
          dividiendo las cosas
          en extrañas parcelas
          ya existía La Puente
          en el lenguaje azul de la inocencia
[10].

     Desde siempre ha interesado al hombre averiguar cuál fue el lenguaje original en el que nuestra especie empezó a hablar. El estudio de la lengua del paraíso, esa lengua primera que hablaron los hombres antes de la mítica y a la vez real multiplicación de Babel se ha llevado a lo largo de la Historia de maneras más y menos serias y rigurosas, pero todas ellas movidas por ese deseo de tocar una lengua todavía no contaminada por la historia [11]. Esa lengua la sitúa Puerto en la infancia, un tiempo en el que ni la gramática ni la civilización mal entendida impedían experimentar la unidad de todo lo que existe entre sí, y la capacidad del lenguaje para expresar esta unidad. La poesía es el lenguaje de ese paraíso, ese tiempo en el que, según Puerto:

             en aquel paraíso de inocencia
          el ángel de la luz
          nos mostraba un jardín cordial de mansedumbre
[12].

     El universo femenino, entendido no como una cualidad que pertenece a la mujer, sino como una característica inserta en cada uno de los elementos del universo es fundamental en la obra de José Luís Puerto. En Un jardín al olvido asistimos al “Retrato de mi abuela Juana por José Ortiz Echagüe”, poema donde José Luís Puerto la describe, “Toda en tu rostro la semilla”, “tan serena, tan lenta, tan antigua/ que descansa en profundas raíces enterradas/ en la oscura materia que en silencio germina” [13].

     En este sentido, la devoción de este poeta por lo que podríamos denominar la intrahistoria del entorno, esas “profundas raíces enterradas” [14] es una de las claves de su poesía. Desde esta perspectiva, allá donde vaya, es, José Luís Puerto, claro vano del paisaje hacia su origen. Podría decirse, incluso, que nada es tan sólo viaje en este poeta sino que su tensión poética se transmuta en interpelación a lo que fue sobre aquello que el pasado (y quienes lo vivieron) no pudo decirnos y para lo que dejó sus huellas. Estelas sólo, pequeños fragmentos de vida que fue y pretende volver a ser cuando se haga realidad el deseo de aquellos que un día nos antecedieron, fueran hombres o piedras.

     Pero volviendo al tema de lo femenino, habría que decir que todo el mundo femenino, tan importante en José Luís Puerto es representado como cauce, silencio, escucha, espera y vacío. Otro gran escritor, José Ángel Valente escribió, que “crear lleva el signo de la feminidad” [15], porque consiste en vaciarse de todo prejuicio para escuchar lo que la palabra auténtica tiene que decirnos.

Por eso Puerto habla en sus poemas de la puente o de las nogales, representando en estos nombres “el reino fecundo de la matriz, del vientre/ y de lo femenino” [16]. Aquel espacio en el que uno es más que nunca. En su siguiente libro en prosa Las cordilleras del alba, [17]el escritor hablará de que “en la imaginación de los niños, las nogales eran las madres y los castaños los padres” [18]. Ese universo femenino -en su más amplio sentido- al que Puerto alude tan frecuentemente en su obra, es el universo de la poesía, espacio maternal-matriz, en el que las cosas todavía no han sido contaminadas por la agresividad de un mundo dominado por el poder tecnológico y económico. Un universo de realidades pequeñas, donde el hombre se sentía cerca de todo, donde había un contacto natural con la tierra y con otros hombres y donde la compasión tenía su espacio sagrado inmutable. De él se siente el poeta heredero y esa cercanía se incrementa conscientemente en cada uno de sus versos como antes ya comentamos.

     Avanzando en el tiempo, José Luís Puerto publica Visión de las ruinas [19],obra en la que, de nuevo, la oposición constante entre el pasado y el presente adquiere un espesor sorprendente, y las palabras se encargan de expresarlo con el léxico de lo rendido: derrota, desamparo, decadencia, ruinas, sombras, o cenizas... o con la contraposición de tiempos verbales: “Aquí otro tiempo estuve”... frente al “Sólo que ahora conozco/ que el tiempo nos derrota” [20]... Ante este paisaje que hace comulgar interior con exterior sólo le queda al escritor

             convocar la memoria
          que desbroce la noche
          que desbroce las ruinas, que desbroce la muerte...
[21].

     Paisaje de invierno [22], publicado en 1993, supone un cambio frente a las anteriores obras. En él se dan cita dos de las cualidades que hacen ser por antonomasia al poeta, la capacidad de mirar y el don de transmitir esa mirada mediante la palabra. “La mirada entra en la palabra” [23] escribe Antonio Gamoneda en la introducción a este libro, y esa suma de mirada y palabra, que es multiplicación de sonoridades, es cifra del universo de José Luís Puerto en esta obra. Los ojos limitan el mundo, seleccionan y contemplan los paisajes que les impresionan la retina y se detienen a recrear cuanto existe. La palabra da fe de ello. Así dice el poeta en “Apunte de invierno”: “Quisiera el paseante ser mirada,/ nada más que mirada” [24]. La mirada contempla por encima del tiempo lo que es y lo que fue, y las palabras sirven para reconstruir el pasado del que hoy somos huérfanos, pero en el que ahora se apunta una esperanza que mira hacia el futuro: “sentir que seremos lo que amamos” [25].

     No es de extrañar, por tanto, que en la obra Estelas [26] escriba el autor, “con ritos, con el canto, con la piedra/ el hombre conmemora lo que pierde” [27]. Estaríamos, nuevamente, ante ese invisible hermanamiento con lo ya acontecido al que nos hemos referido anteriormente. Pero, además, la poesía aparece también en este libro, manteniendo el recuerdo a través de la reconstrucción de una serie de estelas grabadas en palabras, que nos han permitido saber de dónde venimos. Sin pasado no hay futuro, parece decir Puerto. Pero las palabras no son meros signos arbitrarios, sino que están cargadas del afecto que acompañó a lo vivido. “Cuánto amor albergado en las palabras” [28], dice el escritor. Por eso el mejor cincel es el del corazón, que graba las escenas de la infancia: la madre que zurce calcetines, la escuela primaria, o el abuelo...

     Sin embargo, no siempre las palabras son suficientes para nombrar el dolor. En esta obra también se esconde una pregunta que escapa a la escritura “¿Cómo nombrar lo derrotado?”...[29] La palabra es entonces un Jano bifronte que habla del dolor al tiempo que nombra la belleza. También es ella cauce de alabanza que permite recrear como don la creación del universo. Todos los nombres son el Nombre, y todo tiende a la unidad de Todo. Y sólo el poeta es capaz de darse cuenta y de bautizar de nuevo el mundo.

     En Señales [30]por el contrario, la palabra es la ventana de acceso al mundo, es como escribe Puerto, la “partecilla ligera/ de materia inflamada” [31]. Un símbolo de aquella realidad que nombra, un “fulgor contra la muerte” [32]. El poeta se queja en este libro de que las palabras ya no convocan a las cosas, ya no son sacrales, sino utilitarias.

     Igual que las personas que amamos se han ido, igual que el tiempo perfecto de la infancia ha quedado lejos, la palabra es también signo de lo perdido, ahora ya no convoca, sino que sirve para ejercer la fuerza. Y así Puerto escribe:

             difícil es saber
          a quién hay que invocar.
          Cada vez que lo hacemos/ surge el espacio del vacío
           y allí ante nuestra voz
          nunca está lo nombrado 
[33].

     La palabra verdadera es la pérdida y la cesión, la del espacio hueco en el que resuena el mundo. Por eso el escritor, consciente, anhela:

             Cómo querría ahora convocar
          las palabras antiguas,
          las voces primordiales
          atravesadas por
          la pobreza y su música
          que tanto me decía del jardín.
          Cómo querría ahora
          atravesar la herrumbre de las pérdidas
          y pronunciar cerezo, campocasa,
          campaninas, helada, castañares,
          conventino, la Puente, cirigüeñas...
          Qué salvación sería
          volver a aquellas sílabas tan puras,
          a aquel decir sagrado
          de la pobreza
[34].

     La poesía de Puerto está invadida de palabras sonoras y sagradas. Las palabras entre las que creció y que hoy ya se han perdido, como también las realidades que nombraban. Como una letanía que consuela, José Luís Puerto rescata del olvido un nuevo diccionario, el de los términos que nombraban los lugares sagrados, los espacios maternos: Corderina, saúco, cirigüeña, artesa, levadura, farraco, urmiento, campocasa, salaero, respiración, lilas, dinteles, lirios, cortinal, lumbre, corazón, madre... que dibujan un paisaje perdido, incluso lingüísticamente.

     La palabra de la poesía, si es auténtica, sólo puede, entonces, sobrevivir en la exclusión, lejos de vanidades y dogmas. Es la palabra que atiende a lo pequeño, a lo que no tiene precio. Por ello, la analogía a la que acude Puerto es la de la actitud de la abeja, y así escribe:

             Como liba la abeja entre las flores
          hazlo tú en las señales
          de lo que se te manifiesta.
          Atiende a lo pequeño,
          Lo no atendido. Canta su rumor.
          Dales palabras. Que se escuche
          otra distinta música
[35].

     Puerto pide, como ya lo hiciera Juan Ramón Jiménez, la palabra clara y verdadera, la que tiene emoción, la intensa y limpia,

             la que lleva en su música
          siempre el rumor del ser,
          el rumor de la vida
[36].

     La poesía se vuelve así, voz de lo que no la tiene, canto a lo pequeño que salva. Espacio sagrado de lo verdadero y, sobre todo, silencio y soledad, “lugar del silencio”, “lugar no común”, “desposesión”, “exilio”. La poesía se sitúa en el límite, en el lugar desde el que las aristas del mundo amenazan. Y en este espacio la lengua y el corazón pronuncian el mismo discurso, y así lo describe el poeta:

             Camino de las raíces,
          por el bosque, entre la fronda;
          la voz del corazón dice:
          lo que amamos sólo importa
[37].

     En su libro Las sílabas del mundo [38] la poesía se anuda a esa descripción tan plástica con la que comienza:

             Es la imagen de un hombre
          que va por el camino frente al mundo
          en un día de lluvia
[39].

     También la escritura auténtica tiene mucho de caminar solo bajo el agua y frente al mundo. Todo parece ser hostil a una palabra que no retumba con fuerza, que no es poderosa y que no resulta eficaz en tiempo breve. Atreverse hoy en día a escribir por nada y para nada es actitud de ingenuos. Pero la propia palabra ingenuo apunta a su verdad, ya que etimológicamente significa “hombre libre”, por ello en el poema citado, Puerto dibuja a este hombre con lluvia y frente al mundo, que esconde un fuego oculto en el interior:

             esos labios sellados
          que albergan las palabras más hermosas
          que hayan podido pronunciarse nunca
[40].

     Son estas palabras las sílabas del mundo que palpitan en el silencio, con las que se hace fuerte frente a todo lo que muere o ya está muerto. En realidad Puerto dibuja una imagen del poeta que trata con los nombres verdaderos de las cosas, con la conciencia y el amor que éstos piden. El poeta obliga así a las palabras a decir de otro modo, a rozar el tiempo del mito, en palabras del autor:

             donde fluye otra luz
          que explica de otra forma nuestro estar en el mundo
[41].

     La escritura es, por tanto, preciso es insistir en ello, comunión con lo creado. Por eso el poeta invita a un tú que puede ser cualquier lector:

             Entrégate, pronuncia
          las palabras dichosas que nos hacen arder
[42].

     La poesía para José Luís Puerto contiene, como hemos visto, multitud de matices: es rostro del dolor, y salvación, expresión de alegría y comunión con lo humilde, y es también semilla que espera en el futuro:

             rizoma oculto que en la tierra
          del corazón se alberga y permanece
          al abrigo del tiempo y de sus ráfagas (...)


     y “busca comunión frente a la muerte” [43]. Fusión entre la escritura y la vida como expresa en el poema “Aunque no lo alcanzamos” en el que escribe:

             Toda la vida entera
          es un tanteo vano
          para dar con las sílabas
          y el sentido del canto
[44].

     Anhelo de “una vida más alta”, como refleja José Luís Puerto en su libro inédito Topografía de la herida del que se incluyen en su antología Memoria del jardín algunos poemas. El hombre de frontera que es José Luís Puerto, a caballo entre León y Salamanca, entre la poesía y la enseñanza, entre España y Portugal, no podía, evidentemente, mostrarnos una poesía de un solo tono. Son así sus versos polifónicos como lo son las obras importantes que tienen algo original que transmitir o algo viejo dicho con voz nueva.

     Finalmente, en su preciosa obra De la intemperie [45], ante un mundo que no respeta lo que en otro tiempo fue sagrado, el poeta se pregunta por la necesidad de su canto:

             Cómo decir
          sagrado
          en este tiempo
          de profanaciones...
[46].

     Ante esta pregunta, sólo es posible la palabra solidaria y la resistencia para no dejarse vencer por lo poderoso, por eso, sólo cabe ir de puntillas por el mundo, sin pisar apenas para no herir lo pisado, en palabras del autor:

             No dejar otras huellas
          que las de unas palabras
          que buscan ser señal
          de un paso por el mundo
          y de un modo de estar
          consigo y con los otros
[47].

     Así el poeta recoge como testigo las palabras y los silencios de los retirados, los olvidados..., “la dignidad indemne de sus sílabas” [48], lugar de refugio, de desaparición, de la desposesión. El poeta auténtico debería imitar la actitud callada de la piedra a quien, sin contradicción, el poeta le pide: “proclama lo que callas, piedra” [49].

     Aun a riesgo de simplificar, podíamos decir que los títulos de sus cinco primeros libros nos manifiestan con claridad la preocupación del poeta por el tiempo, de cuyo paso son verdaderas metáforas: El tiempo que nos teje, Un jardín al olvido, Visión de las ruinas, Un paisaje de invierno, y Estelas. Su superación, entendida como acto de asumir conscientemente lo que es, se nos relatará en Señales, Las sílabas del mundo y Topografía de la herida, donde la preocupación se convierte ya en intento de interpretación. De la intemperie, podría verse como una excelente coda o epílogo, un hipotético final de un camino al que aún le quedan muchas posadas en que descansar, y supondría la asimilación del tiempo (y sobre todo del espacio) que nos toca vivir en toda su dicha.

     Quizá, para terminar, habría que decir que toda la poética de Puerto puede resumirse en ese poema magnífico de su libro De la intemperie, titulado “No sé”, en el que desde el título Puerto adopta la actitud de los sabios: el no saber sabiendo. En él reivindica que le dejen:

             Ay, pronunciar las sílabas,
          las mías, las que llevo
          en esta cicatriz que la memoria
          deja como señal mientras vivimos
[50].

     Escribir las sílabas que a uno le han escrito es más que pagar una deuda, es rescatar como verdad lo que a uno le hizo ser, además de reivindicar un valor hoy ya desvirtuado.

     Antes de acabar, quiero aludir a la concepción de la poesía que Puerto defendió en su entrada en la Academia Castellano y Leonesa de la poesía. En su discurso dijo que la poesía es “un territorio que ilumina y revela al ser humano y al mundo” [51], y estas palabras me traen a la memoria una entrevista que hace unos años le hicieron a Ana Mª Matute, en ella, la escritora contaba cómo su madre un día la castigó encerrándola en un cuarto oscuro. Ella sacó del bolsillo un terrón de azúcar y lo partió en dos, y al partirlo descubrió que surgía una pequeña llama azul. En la entrevista ella decía que aquel día, sorprendida ante esa llama, comenzó a ser escritora.

     Creo que la escritura poética tal como nos la presenta José Luís Puerto es esa búsqueda de la llama azul escondida dentro de las cosas, en un mundo que permanece cada vez más a oscuras. El poeta escribe una y otra vez para descubrir ese fulgor que al final consigue iluminar un poco el mundo. Pocos lo han conseguido, y hoy tenemos la suerte de estar ante uno de ellos.


Notas:
[1] León, Diputación provincial, 1982.  
[2] Ibid., p.11.
[3] Ibid., p. 15.
[4] Ibid., p. 15.
[5] Ibíd., p. 49.
[6] Madrid, Rialp, 1987.
[7] Ibíd.., p. 13.
[8] Ibíd.., p. 14.
[9] Salamanca, Diputación de Salamanca, 2006.
[10] Un jardín al olvido, op. cit., p. 39.
[11] Entre ellos, tienen especial interés las obras de Umberto Eco La búsqueda de la lengua perfecta, Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1996; y la de Maurice Olender Las lenguas del paraíso, Barcelona, Seix Barral, 2001.
[12] Ibíd.., p. 26.
[13] Ibíd.., pp. 29-30
[14] Ibíd.., p. 29.
[15] Donde continúa escribiendo: “No es acto de penetración en la materia, sino pasión de ser penetrado por ella. Crear es generar un estado de disponibilidad, en el que la primera cosa creada es el vacío, un espacio vacío”. Material Memoria, Madrid, Alianza, 1999, p. 41.
[16] Un jardín al olvido, op. cit., p. 40.
[17] Salamanca, Amarú, 1991.
[18] Ibíd.., p. 29.
[19] Cuadernos de poesía “Scriptum”, 20, Torrelavega, Cantabria, 1990.
[20] Memoria del jardín, op. cit., p. 76.
[21] Ibíd.., p. 80.
[22] Salamanca, Amarú, 1993.
[23] Ibíd.., p. 10.
[24] Ibíd.., p. 48.
[25] Ibíd.., p. 17.
[26] Alicante, Aguaclara, 1995.
[27] Ibíd.., p. 8.
[28] Ibíd.., p. 8.
[29] Ibíd.., p. 18.
[30] Madrid, Visor, 1997.
[31] Ibíd.., p. 17.
[32] Ibíd.., p. 17.
[33] Ibid., p. 17.
[34] Ibid., p. 40.
[35] Ibid., p. 64.
[36] Ibíd.., p. 88.
[37] Ibíd.., p. 75.
[38] Prames Las tres sorores, Zaragoza, 1999.
[39] Ibid., p. 17.
[40] Ibid., p. 18.
[41] Ibid., p. 24.
[42] Ibid., p. 49.
[43] Ibid., p. 50.
[44] Ibid., p. 72.
[45] Madrid, Calambur, 2004.
[46] Ibíd.., p. 13.
[47] Ibíd.., p. 20.
[48] Ibid., p. 25.
[49] Ibid., p. 36.
[50] Ibid., p. 84.
[51] Hondo oficio de Inocencia, Salamanca, Academia Castellano Leonesa de la poesía, 2000, p. 8.

__________________________________________________________

*Asunción Escribano. Profesora titular de “Lengua y Literatura española” y Directora de la Cátedra de Poética “Fray Luís de León” de la Universidad Pontificia de Salamanca.

Nuestro agradecimiento a Espéculo. Revista de Estudios Literarios. Universidad Complutense de Madrid